En Arroyo Grande, la tecnología no llegó para reemplazar la tradición, sino para potenciarla. Aquí, la conectividad no es solo señal de WiFi: es sinónimo de esperanza.
En medio del calor y los caminos de tierra de Arroyo Grande, un corregimiento rural a las afueras de Cartagena, una revolución silenciosa está ocurriendo. No se trata de protestas ni de grandes obras de infraestructura visible, sino de algo más poderoso: el acceso al conocimiento.
Más de 160 habitantes —entre ellos estudiantes, docentes, madres cabeza de hogar y emprendedores— están siendo protagonistas de una transformación que no solo les da acceso a Internet, sino que los capacita para aprovecharlo.
Detrás de esta iniciativa están ISA y sus empresas Ruta Costera e InterNexa, quienes, en alianza con la Fundación Barco y con el apoyo tecnológico de Microsoft y ADITUM, le apostaron a algo inusual en la ruralidad colombiana: la alfabetización digital como motor de desarrollo.
Gracias al modelo de gestión social Conexión Desarrollo, ISA ha conectado a 180 hogares de Arroyo Grande con Internet de alta calidad, utilizando tecnologías inalámbricas adaptadas a zonas rurales. Pero la conexión no es el fin, sino el medio: allí empezó una serie de formaciones que han permitido a niños, jóvenes y adultos apropiarse de herramientas digitales, impulsar sus negocios, y construir sueños que hasta hace poco parecían lejanos.
“Hoy puedo vender mis productos por redes sociales, llegar a más personas y hasta reducir gastos. Nunca pensé que podría hacer esto desde mi casa”, dice con orgullo María del Carmen Pérez, emprendedora de productos de belleza natural. Como ella, 23 representantes de negocios locales han mejorado sus ingresos gracias a la formación en marketing digital, innovación y contenido estratégico.
El proyecto no termina en Arroyo Grande. Es apenas el inicio de un piloto que se expande hacia Arroyo de Piedra y Arroyo Las Canoas, con una proyección de impacto para más de 13 mil personas en esta región del Caribe.
“Este no es solo un tema de conectividad. Es una estrategia de transformación real. Queremos que la tecnología no solo llegue, sino que se quede y se convierta en una herramienta de cambio”, afirma Jorge Andrés Carrillo, presidente de ISA.
La Fundación Barco fue clave en la implementación educativa del proyecto. Estudiantes de grado 11 y docentes participaron en talleres que fortalecieron su capacidad investigativa, su aprendizaje autónomo y su proyección de vida. Además, más de 60 miembros de la comunidad —muchos sin experiencia previa en tecnología— ahora manejan herramientas digitales básicas con las que pueden emprender, estudiar y participar más activamente en su comunidad.
“El desarrollo de un territorio comienza cuando su gente puede acceder al conocimiento. Con esta alianza, estamos sembrando futuro”, señaló Alfonso Otoya, director de la Fundación Barco.
La iniciativa cuenta con el respaldo de Ruta Costera, que lidera la vía Cartagena–Barranquilla y que ha decidido ampliar su impacto más allá del concreto. “La infraestructura no debe limitarse a lo físico. Tiene que transformar vidas, y por eso apoyamos proyectos como este”, destacó Natalia Abello, gerente general de la concesión.
Este piloto es un ejemplo de cómo la colaboración entre empresas, fundaciones y comunidades puede reescribir el destino de zonas tradicionalmente excluidas del progreso tecnológico.



