En el barrio Torices de Cartagena de Indias, en una casa sencilla de techos bajos y paredes frescas, adornada con fotos amarillentas y un radio siempre encendido, vivía en sus últimos años, el hombre al que el Caribe entero conoció como “El Rey del Trabalenguas”: Eliseo Nicolás Herrera Junco, quien el pasado 14 de junio habría cumplido 100 años.
Lo conocí en esa casa hace más de una década, sentado en una vieja mecedora, cuando el tiempo ya le pesaba pero la memoria seguía ligera. Me recibió con una sonrisa traviesa, la misma que alguna vez puso de moda en el escenario con versos imposibles y melodías que parecían juegos de niños, pero que exigían oídos atentos y pies ligeros. Así era Eliseo: un juglar urbano, un poeta del chiste fino, un cronista de barrio con acordeón ajeno y lengua propia.
“Yo hacía música para la gente que se atrevía a confundirse”, me dijo entre risas. “Cantaban y bailaban sin saber si estaban diciendo algo con sentido o no. Y eso era lo sabroso”.
Eliseo fue cantante, compositor, humorista involuntario y, sobre todo, un cultivador de la tradición oral del Caribe. No se parecía a nadie. Desde sus años con Los Corraleros de Majagual hasta sus apariciones con la Sonora Córdoba, cada canción suya era una especie de acertijo musical, una especie de trampa feliz.
Aunque muchos lo recuerdan por el célebre trabalenguas de los tres tigres, fue con “La Adivinanza” que Eliseo selló su legado. Con un ritmo frenético y una letra que parecía inventada por duendes traviesos, la canción se volvió su sello:
🎶
¡Ajá!, ¿quién me adivina (este trabalenguas)?
¡Ajá!, ¿quién me adivina (este trabalenguas)?
Clarito, lo digo (¡ajá!, ¿Quién me adivina?)
Clarito, lo digo (¡ajá!, ¿Quién me adivina?)
🎶
Y luego llegaba el verdadero enredo:
Pupún-sipigapa
Ripi-ripiyopo
Mepe-quepe-mopo
Lapa-ropo-papa…
Una explosión de sílabas absurdas, que sin embargo lograban lo más difícil: poner a bailar hasta al más tímido. “La Adivinanza” fue grabada con Los Corraleros y arrasó en radios, carnavales y fiestas, desde Sincelejo hasta Maracaibo.
Pero más allá del trabalenguas, su repertorio parecía una enciclopedia viva de la fauna tropical: El pájaro picón, La culebra cascabel, La burrita, La cigarra, La palma de coco. En cada tema, un animal, una fruta, una planta, una picardía. Eliseo retrató con humor y alegría la cotidianidad de su entorno, entre la bonga y el paseo, la gaita y el mapalé.
Nació un 14 de junio de 1925 en Cartagena de Indias, y aunque fue cartagenero de nacimiento, su espíritu era del Caribe profundo. Integró la orquesta de Colpuertos, recorrió ferias, carnavales y plazas del litoral con su gracia a cuestas, y su fama cruzó fronteras. En Venezuela, lo premiaron con la Estrella de Oro por subir la sintonía de una emisora a punta de trabalenguas.
En sus años dorados, orquestas como la de Wilfrido Vargas, Juan Luis Guerra o la Billo’s Caracas Boys grabaron sus temas. Hasta el mismísimo Frank Pourcel, el gran director francés, se atrevió con La burrita. ¿Quién diría que de una esquina del barrio Torices saldría un artista traducido en acordeones de otros idiomas?
Tenía 11 hijos, 55 nietos y 15 bisnietos. Y todos, según decía con orgullo, sabían al menos un trabalenguas suyo. Su familia fue testigo de sus glorias, pero también de sus silencios: cuando las luces del espectáculo bajaron, vivió tranquilo con una pensión de Colpuertos y las regalías que —milagrosamente— sí le llegaban. “Soy de los poquitos compositores que puede decir que vivió de lo que compuso”, me dijo con una sonrisa resignada.
El homenaje de los 100 años
El pasado sábado 14 de junio, en el Teatro Adolfo Mejía de Cartagena de Indias, se celebraron sus 100 años con un homenaje que fue más fiesta que ceremonia, más memoria que nostalgia. Allí estuvieron sus familiares, músicos de ayer y hoy, su bisnieto Fabián que heredó la lengua inquieta, y su eterno compañero Alfredo Gutiérrez, quien lo resumió así: “No ha nacido uno igual”.
La agrupación Típicos Corraleros de Eliseo revivió clásicos como “La estera”, “La yerbita”, “El molinillo” y “Entre chanza y chanza”. El teatro se convirtió en pista de baile improvisada, y los trabalenguas se volvieron grito colectivo.
Estuvieron el cantante Miguel Lemus, y su familia, recibiendo reconocimientos del IPCC, Discos Fuentes y el Concejo Distrital. Una exposición fotográfica mostró imágenes inéditas, recortes de prensa y carátulas de discos que contaban su historia con colores desgastados por el paso de los años.
Pero quizás el mayor homenaje fue comprobar que, 100 años después de su nacimiento, Eliseo sigue presente en los parlantes de los barrios, en los carnavales, en las fiestas de patio, en las bocinas de los buses urbanos, y en la lengua traviesa de los niños que, sin saberlo, repiten su legado.
- Su música, una herencia del Caribe
Eliseo Herrera no fue solo un artista. Fue una forma de hablar, una manera de narrar lo cotidiano con ritmo, una resistencia cultural hecha canción. Compuso más de 100 temas, todos salpicados de picardía, creatividad y costumbrismo. Cada canción es una postal sonora del Caribe profundo. Una manera de ver el mundo con humor, picardía y ternura popular. Entre sus títulos más populares están:
- El baratillo
- La adivinanza
- La culebra cascabel
- Tres puntá
- La mafafa
- La manzana
- Tingo al tango
- El vampiro
- El vivo y el bobo
- La bonga
- Recuerdos corraleros
- Tamborito de carnaval
Hoy, cuando su nombre vuelve a sonar con fuerza, sabemos que no murió. Vive en cada carcajada, en cada confusión rítmica, en cada persona que repite sus trabalenguas que lo volvieron eterno con acento costeño.
En sus presentaciones con Los Corraleros de Majagual, sus trabalenguas eran los más esperados, porque no solo era una prueba de lengua sino de resistencia verbal. Él agregaba frases veloces, improvisadas o modificadas, convirtiéndolo casi en un reto escénico.
Aunque no inventó todos los trabalenguas que cantaba, sí fue el artista que los llevó a otro nivel dentro de la música popular colombiana, haciendo de cada uno de ellos su sello personal y convirtiéndose merecidamente en «El Rey del Trabalenguas.»



