Cuando Ibeth Rocío Londoño Montes colgó su diploma de medicina en 2009, creyó que el camino más duro ya había sido recorrido. Después de seis meses en Uramita, Antioquia, haciendo el rural, empacó ilusiones y regresó a Medellín. Soñaba con ejercer pronto en su tierra natal, Montería, pero los días se volvieron semanas. El teléfono sonó una tarde con un destino improbable: la Serranía del Perijá, ubicada en el extremo noreste de Colombia. La IPS indígena Dusakawi, en Valledupar, buscaba personal médico para atender a las comunidades Yukpa. Aceptó sin dudar. “Nunca me le he arrugado a los retos”, dice hoy con una sonrisa que mezcla orgullo y nostalgia. A eso se sumaba una razón íntima: estaría cerca de su novio Carlos Mario, hoy su esposo con el que tiene dos hijos varones. Lo que no sabía es que estaba a punto de vivir una experiencia que marcaría su vida para siempre.
La propuesta sonaba manejable: 20 días en territorio, 10 de descanso. Le aseguraron que la señal de celular estaba a 20 minutos. Pero el primer intento de comunicarse con su familia le mostró la verdad: una hora y veinte minutos de trocha a lomo de mula para encontrar una barra de cobertura. —Me sentí engañada. Me dio rabia. Quise regresarme, admite. Pero también pensé en esas familias. Llevaban meses sin médico. No podía irme así. Y no se fue.
El centro de salud no tenía energía eléctrica. Una pequeña planta, con gasolina para ocho días, se usaba solo de día para encender la unidad odontológica. Por la noche las velas y linternas eran las únicas herramientas para salvar vidas.
Ella compartía la misión con un odontólogo y dos auxiliares de enfermería que hacían de promotoras y recorrían los caminos a lomo de mula haciendo visitas domiciliarias, desafiando el terreno agreste y la soledad de la serranía. La rutina era exigente: levantarse al amanecer, cocinar con lo poco disponible, atender consultas, improvisar en emergencias sin insumos, y convivir con el silencio, la desconexión y la distancia. Pero también había espacio para el aprendizaje, la humildad y la cercanía humana. Porque en esa región olvidada, ser médico significa mucho más: barrer el puesto de salud, organizar, crear soluciones con lo que haya… o con lo que no haya. “El día empezaba a las 5:30 de la mañana, y a veces ni la noche marcaba el final —recuerda Ibeth—. Dormíamos con la angustia de que llegara una urgencia y no tuviéramos cómo responder.”
Los Yukpa son un pueblo indígena nómada, agricultores itinerantes que sobreviven a ambos lados de la frontera. Su lengua, también llamada yukpa, pertenece a la familia Caribe. Habitan casas sin camas ni muebles, hechas de manera artesanal. Duermen sobre esteras. Viven en comunidad. El hogar es tribal y compartido. Muchas mujeres no hablan español, lo que hacía que ella debiera contar con hombres como traductores incluso en consultas ginecológicas. “Era incómodo para ellas… y para mí”, recuerda.
Pero lo que más la impactó fue la situación de las niñas: no iban a la escuela, y cuando llegaba su primera menstruación, podían ser tomadas como esposas, incluso por hombres adultos. —Ver niñas de 10 u 11 años siendo ofrecidas como mujeres fue lo más duro que viví. Es un sistema cultural que, aunque ancestral, carga con una violencia que no pude ignorar.
El drama de la salud en el Perijá era tan cotidiano como brutal. Le tocaba atender desde gripes hasta heridas por macanas, un tipo de arma que los Yukpa usan en peleas. Pero las urgencias fueron la prueba definitiva de su temple. Una noche, una mujer con vómito y diarrea llegó deshidratada. Sin luz, ni equipo, intentó canalizarla con la luz de una vela. Falló. No se rindió. Usó una sonda nasogástrica. La salvó.
Otra tarde, un hombre llegó con el cráneo abierto. Caminó durante horas con un trapo en la cabeza. —»Cualquier otro no habría llegado vivo. Él sí. A veces pienso que es el cuerpo, a veces creo que es el alma. O las dos cosas».
A esa zona el gobierno enviaba mercados cada 15 días. Arroz, carne, huevos, algo de verdura. Pero el hambre seguía ahí. La tierra era fértil, pero nadie sembraba. —Les llevaban el mercado, pero no les enseñaban a sembrar. Y así, todo se perdía. Lo poco que teníamos, se acababa. A veces mandábamos a buscar comida a horas de distancia. No había ni un huevo.
La desnutrición era el enemigo silencioso. La consulta médica también era clase de nutrición, charla de orientación, espacio de consuelo. Pero sin educación básica, ni acceso, ni política pública real, la medicina era resistencia pura.
Durante 20 días, Ibeth trabajó, lloró, aprendió y enseñó. Vio cómo se salvan vidas sin insumos. Cómo se gana respeto sin imponer nada. Cómo se camina por senderos que el Estado no ha pisado. Cómo se ejerce la medicina más allá del estetoscopio. —Llegué con una idea, y salí con otra. Me enseñaron palabras, me ofrecieron lo que tenían. Me abrieron su mundo. Y aunque no he vuelto, ese lugar no ha salido de mí.
Hoy, con años de experiencia, Ibeth no duda: todo médico recién graduado debería pasar por una experiencia como esta. —Nos falta empatía. Cuando uno está en hospitales de tercer o cuarto nivel, es fácil juzgar. Pero allá… allá es donde uno realmente aprende lo que significa ser médico. Asegura que volvería en jornadas cortas, con insumos, con comunicación, con caminos. Pero volvería. Porque el corazón no olvida donde alguna vez fue útil.
La historia de Ibeth no es una fábula. Es una verdad que arde. En el Perijá, donde se canaliza con velas, se atiende con intuición, y se salva con fe, la salud es un privilegio improbable. La niñez es vulnerable y hasta que el Estado no escuche a sus médicos rurales, hasta que no entienda a sus pueblos indígenas, seguirá creyendo que el país termina donde empiezan las ciudades.




