Durante 34 años he contado las historias de los demás. He caminado senderos peligrosos de polvo y silencio, he cruzado ríos desbordados por el miedo, donde el dolor flotaba como los cuerpos sin nombre. Recogí testimonios de madres que les mataron sus hijos, de pueblos sin voz, de tragedias que nadie quería escuchar. Hoy quiero seguir contando parte de mi historia. No por vanidad. No por nostalgia. Sino por gratitud.
Porque cada vez que el miedo me alcanzó, cada vez que sentí el filo de la muerte rozarme la piel, Dios puso un ángel en mi camino. No tenían alas ni resplandor. A veces eran rostros comunes. Otras veces, solo una presencia, un instante, una voz que me salvó sin saberlo. Pero siempre —siempre— llegaron en el momento justo.
- El miedo tenía nombre: Montes de María
Los Montes de María no eran un paisaje: eran una advertencia. En los años noventa, el aire olía a pólvora y a sangre seca. El humo de los hornos clandestinos se mezclaba con la neblina. Las fosas comunes eran más que comunes. Y el que hablaba de más… dejaba de hablar.
El 12 de marzo de 1996, Chalán, Sucre, despertó con una imagen que estremeció al mundo: un burro cargado de explosivos había volado una estación de Policía. No era una metáfora del abandono. Era la brutalidad en carne viva.
Junto al fotógrafo de El Universal, Santiago Pérez, subimos a una vieja moto Yamaha y salimos hacia la zona. No existían redes sociales ni transmisión en vivo desde el sitio de los hechos. El periodismo era artesanal, y las noticias, cuando lograban salir, viajaban por microondas de Telecom, desde casseteras pesadas y frágiles.
Ese día —y no tengo duda— un ángel iba en la moto con nosotros. Porque después supimos que la vía estaba minada para emboscar a la fuerza pública. Y aun así, pasamos. La moto, tan frágil como nuestra esperanza, se convirtió en el vehículo de la vida.
- Cuando la muerte pisa el freno
En otra cobertura, tras un ataque al peaje de Palo Alto, zona de San Onofre, íbamos contra el reloj en un Mazda 323 negro. Yo al volante. Mi colega Yadira Perdomo Vergara de copiloto. Detrás, el camarógrafo Dairo Hernández Aguas. Teníamos que llegar a tiempo a Telecom. —“Jota, el carro está mal de frenos”, me advirtió Yadira. Pero el deber —como tantas veces— pesó más que el miedo. A 500 metros del peaje “La Esperanza”, vi el letrero. Pisé el freno. Nada. El pedal se hundió como si pisara un recuerdo. La caja de cambios tampoco respondió. —“¡Nos quedamos sin frenos!”, dije con el alma apretada.
La caseta se acercaba. La barra de hierro era un verdugo inmóvil. Pero entonces, alguien —o algo— levantó la barrera justo a tiempo. Pasamos como a 130 km/h. Una loma llegando a La Palmira nos detuvo. Llegamos a Sincelejo en primera y segunda, y como punto final —a falta de frenos— terminamos chocando contra un listón de madera en un parqueadero.
En Bogotá solo preguntaron si la nota había llegado. Nadie supo del milagro. Después hicimos “vaca” para arreglar el carro. Lo del susto… se volvió risas y hoy solo es un recuerdo.
- Una balacera infernal
Ese mismo peaje fue escenario de otra escena: una balacera infernal. Nos quedamos atrapados en el fuego cruzado entre guerrilleros de las FARC y fuerza pública. Las balas golpeaban una roca que nos servía de escudo. A mi lado, el camarógrafo Omar Fonseca. Entonces, un camión cisterna cargado con gasolina pasó como un bólido por el medio del tiroteo. Pensé en una explosión. Pensé en nuestras familias. Corrimos como si la muerte nos respirara en la nuca. Pero el camión pasó intacto. Ese día, el ángel corrió más rápido que nosotros.
- Curvas, cauchos y corazonadas
Una tarde, salimos de Magangué hacia Sincelejo tras el cubrimiento de una noticia en esa zona de Bolívar. Las llantas del Mazda 323 estaban desgastadas. Lo sabíamos. Pero el periodismo no espera. El tacómetro del carro marcaba ya 120 km/h, en una curva cerrada, algo dentro de mí —una voz, una intuición, un susurro de Dios— me dijo: —“Baja la velocidad”. Lo hice. Segundos después, la llanta explotó. El carro se desvió hacia un frondoso árbol y chocó bruscamente de lado. Asustados, pero vivos, cambiamos la llanta… y seguimos. Porque así era nuestro oficio: tragarse el susto, secarse el sudor y seguir contando.
- Chengue: donde la tierra lloró sangre
Lo de Chengue fue otro nivel de horror. Éramos varios corresponsales. A la madrugada, 30 campesinos habían sido asesinados por paramilitares, uno por uno, con una mona de romper concreto. A golpes. A sangre.
Cuando intentamos llegar, comenzó un operativo. Desde un helicóptero, abrieron fuego. Con Dairo Hernández, caímos en un hueco. Las balas zumbaban a nuestro alrededor como insectos furiosos. No pudimos entrar a la zona de la masacre. No vimos los cuerpos. Pero volvimos con vida. Y eso, en esos días… era un milagro.
- El cielo también arde
En otra cobertura, subimos a un helicóptero acompañando una operación militar para cubrir el desmantelamiento de un campamento guerrillero. Íbamos con miedo, con la adrenalina a flor de piel. En el aire, a mitad del trayecto, fuimos impactados por balas desde tierra. El estruendo retumbó en los oídos y en el pecho. El helicóptero se sacudió como si fuera de papel. El piloto mantuvo el control. El artillero que escoltaba respondió con firmeza. Y, una vez más, el ángel estuvo ahí. No nos derribaron. No nos detuvieron. Solo nos recordaron lo frágiles que somos… y lo valientes que intentamos ser.
- Ríos turbios, verdades ocultas
Navegar por el río Cauca o el Magdalena no era un paseo. Era una oración flotante. Íbamos en lanchas desvencijadas, cruzando rutas donde el silencio era más letal que las balas. Un día, hombres armados nos detuvieron. —“¿Son periodistas?” Mi voz tembló. Entonces, un hombre encapuchado apareció. —“No los toquen. Yo los conozco.” Nunca supe quién era. Nunca vi su rostro. Solo sé que ese día… el ángel enviado por Dios estaba junto a nosotros.
- Los que no tienen alas, pero vuelan contigo
No todos los ángeles usan sotana. Algunos visten camuflado, portan fusiles y tienen ojos de niño. En una zona roja, un patrullero joven me escoltó sin que se lo pidiera. —“Usted cuenta lo que nadie quiere contar”, me dijo. Sus palabras eran más blindaje que cualquier chaleco.
Otros ángeles fueron mis colegas. Los que compartieron galletas en una morgue. Los que me cubrieron la espalda cuando el rumor de un atentado corría más rápido que una cámara. Los que me dijeron: —“Sal de la ciudad. Tu nombre ya lo tienen en una lista.” Y salí, sin despedirme a refugiarme como taxista en una ciudad donde solo conocía la avenida principal.
- El día que nos enteramos que ya estábamos condenados
Fuimos a una oficina de inteligencia porque un ángel —de esos que no se ven pero aparecen cuando más se necesitan— nos mandó hasta allá. No teníamos cita, ni respaldo oficial. Solo miedo. Y una sospecha que ya nos venía pesando en la espalda como un morral lleno de piedras.
Al llegar, nadie preguntó mucho. Bastó con un nombre y una mirada. Un agente nos reconoció, no por nuestras caras, sino por la sombra que ya se cernía sobre nosotros. «Ustedes están en una lista», nos dijo. Así, sin rodeos. Sin anestesia. Una lista maldita que no perdona, escrita con la tinta del silencio y la amenaza.
«Informantes de la guerrilla», decía al lado de nuestros nombres. Informantes. Así, con esa palabra que en muchos rincones del país equivale a una sentencia de muerte. No importaba que no fuera cierto, que nunca hubiéramos tenido vínculos. Para ellos, ya éramos traidores. Para ellos, ya habíamos hablado demasiado.
Pero ahí, en medio del miedo, también se encendió nuestra voz. Mi camarógrafo y yo levantamos la frente, con la dignidad que nos da el oficio, y desmentimos esa versión con pruebas, con trayectorias, con nuestro trabajo a cuestas. Explicamos lo que somos y lo que hemos sido siempre: reporteros gráficos y periodistas, no informantes. No soldados camuflados, no espías de nadie, solo contadores de verdades.
Fue una lucha silenciosa y tensa. Pero al final, logramos que nos sacaran de esa lista. Nos reconocieron como lo que somos: comunicadores, no amenazas. El agente, quizás entendiendo el peso de esa rectificación, nos miró con respeto. Aun así, su advertencia quedó colgando en el aire como una nube oscura: «Tengan cuidado. Ya los habían marcado.»
Salimos de esa oficina con la garganta seca y el corazón hecho trizas. Caminamos sin hablar, escuchando cada paso detrás de nosotros, cada motocicleta que se acercaba, cada sombra que se movía más rápido de lo normal. Desde ese día, ya no vivimos: sobrevivimos con la verdad como escudo. Porque cuando estás en una lista, hasta respirar se vuelve una osadía.
Y todo comenzó con una visita que no teníamos planeada… pero que quizás nos salvó la vida y nos recordó por qué seguimos haciendo periodismo. Aunque duela. Aunque cueste. Aunque nos quieran silenciar.
Epílogo de fe
Hoy, después de más de treinta años recorriendo trincheras de palabras y balas, me duelen los huesos… pero no el alma. He cruzado territorios donde la vida se mide por el miedo, he callado para sobrevivir y he hablado para que otros no fueran olvidados. He visto la esperanza desangrarse en una esquina, pero también la he visto renacer donde parecía imposible.
Y si hoy sigo aquí, escribiendo este tipo de crónicas con el corazón entre los dedos, es porque cada vez que estuve al borde del abismo, alguien apareció. No con alas, pero sí con alma. Dios me puso ángeles: con botas pantaneras, con acentos que abrazaban como familia, con libretas manchadas de sudor y valentía, con una mentira piadosa que me salvó… o con una mirada que me decía, sin decir: “No estás solo”.
Esta crónica es para ellos. Para los que me cuidaron sin saber mi nombre. Para los que me prestaron su fe cuando la mía temblaba. Para los que corrieron a mi lado huyendo del miedo, sin prometer nada, solo estando ahí. Porque si algo me ha enseñado este oficio —más allá de la justicia, la verdad o la noticia— es que ningún periodista, por valiente que parezca, sobrevive solo.



