Nunca imaginé escribir estas líneas con el corazón tan apretado. No por tristeza, sino por ese nudo que se forma cuando uno intenta ponerle palabras a esos recuerdos que construyeron lo que hoy somos. Esta crónica es mi manera de decirle a Carlos Cataño Iguarán que su legado no se jubila, porque su huella sigue viva en quienes aún creemos que contar la verdad es un acto de amor y resistencia.
A Cataño lo conocí cuando el inolvidable Carmelo Castilla, en un gesto que hoy suena casi legendario, nos reunió a un puñado de periodistas costeños para formar el Bloque Caribe del Canal Caracol. Su idea era clara: que nuestras historias se escucharan con acento propio, que la región hablara por sí misma, sin filtros desde Bogotá. Carmelo era el coordinador de corresponsales. Las noticias pasaban primero por su oficina en Barranquilla, y solo después de su visto bueno, seguían su curso hacia la capital. Así se hacía el periodismo entonces: con criterio, con pasión, con mucho pulmón y cero privilegios.
Yo era el corresponsal en el departamento de Sucre, pero por proximidad también cubría algunas zonas de Bolívar. Fue ahí, en ese mapa compartido, donde Cataño y yo comenzamos a cruzarnos. Primero como compañeros. Luego, inevitablemente, como amigos. Coordinábamos coberturas como podíamos, muchas veces chocábamos porque él se metía en lo que yo llamaba “mi territorio”. Pero nunca pasamos la línea. Porque entre nosotros siempre hubo respeto, y más allá del ego natural del reportero, también hubo admiración sincera.
Carlos tenía esa calma que uno envidiaba en medio del caos. Podía narrar tragedias con serenidad, sin perder humanidad, sin caer en el morbo. Tenía una mirada limpia y una voz que parecía decir: esto también nos duele, pero lo contamos porque es necesario. Más de una vez me dijo: “oye jota tu eres buen cronista”. Yo lo tomaba como un cumplido generoso, pero con los años entendí que era su forma de empujarme, de confiar en mí sin hacer alarde.
Hoy él cumple 35 años en este oficio. Yo, 34. Caminos paralelos, pero cargando las mismas mochilas. Mientras él resistía dentro de la estructura de un gran canal, yo comencé otros proyectos en televisión y radio hasta que decidí construir para mi y hoy de manera independiente estoy al frente del portal 724 | Noticias. Pero ambos venimos del mismo barro. Del barro del periodismo de trinchera. Ese que se hacía sin internet, sin celulares, sin oficinas con aire acondicionado. Solo beepers, cabinas telefónicas en la desaparecida empresa de telecomunicaciones Telecom y una libreta sudada en el bolsillo. El material lo enviábamos vía microondas. Las imágenes se grababan en cámaras 3/4 de casseteras que, años después, cambiamos emocionados por pesadas cámaras Betacam pero con mejor calidad de imágenes.
Los primeros años éramos reporteros 24 horas. Sin turnos, sin horarios. Si pasaba algo en la región, ahí estábamos nosotros. Sin importar la hora, el clima o el peligro. Respondíamos por todo. Hoy, las cosas han cambiado. En algunas ciudades hay tres periodistas contratados, cada uno con su camarógrafo, turnos definidos, tiempos medidos. Nosotros prácticamente era tiempo completo … y luego llegar a casa con el cuerpo agotado y el alma partida por las historias que traíamos en la piel.
Sacrificamos mucho. Tiempo con nuestras familias, cumpleaños, fines de semana, hasta el silencio necesario para descansar. Todo por cumplirle al canal. Por informar con decencia. Por dignidad. Por vocación. Y en medio de todo eso, también fuimos felices. Porque sabíamos que estábamos haciendo algo que valía la pena. Que contábamos lo que nadie más estaba dispuesto a contar.
Carlos tuvo la fortuna —y el derecho ganado— de que las cosas le cambiaran. De disfrutar de vacaciones, de tener tiempo de calidad con su familia, de recoger los frutos de tantos años de entrega. Y eso me alegra. Me honra haber sido testigo de su recorrido. Me honra haberlo tenido como colega y como amigo.
Junto a él, siempre estuvo Julio Torreglosa, el camarógrafo noble y valiente, su cómplice inseparable. Con ellos compartí coberturas en zonas rojas, historias desde lo más hondo del país olvidado, y también pequeñas alegrías que solo entiende quien hace noticia en medio de la nada.
Carlos Cataño Iguarán no solo se retira de Noticias Caracol Se despide una forma de hacer periodismo. Una forma que hoy parece en extinción: honesta, serena, empática. Su estilo no gritaba, no atropellaba. Narraba con el alma. Y eso lo convirtió en referente, en un rostro familiar, en un cronista del alma Caribe.
Hoy se va por la puerta grande. Con el respeto intacto. Con el cariño de miles. Con la certeza de que su trabajo sembró confianza. Y eso, en este oficio, es una victoria enorme.
Desde esta trinchera que aún resiste, desde la independencia que elegí sin arrepentimientos, solo puedo decirte: gracias, Cataño. Gracias por tu ejemplo, por tu palabra justa, por tu ética inquebrantable. Gracias por haber estado, hombro a hombro, en la misma batalla de contar lo que importa.
Yo sigo aquí dando la lucha ahora enfrentándome al poder, bajo amenazas con la enorme responsabilidad de honrar el periodismo. Esta crónica es un abrazo. Es mi forma de decirte que tu legado no se archiva. Tu ejemplo seguirá vivo en cada historia bien contada y seguramente seguirás siendo ejemplo para las nuevas generaciones. Un fuerte abrazo.



