En diferentes barrios de Manizales, Caldas y aun sin conocerse, dos niños crecían soñando con levantar una copa, vestir la camiseta de sus ídolos y escuchar el rugido de la tribuna. Hoy, Sebastián Monroy Velandia y Sergio Mejía López unen sus experiencias para dirigir Once Estrellas, un club que no solo enseña a dominar el balón, sino a jugar el partido más importante: la vida.
En las empinadas calles de Altos de Granada, Sebastián aprendió que el fútbol es mucho más que goles: es esfuerzo, es equipo y es familia. En la escuela de la Licorera, cada pase era una ilusión y cada gol, un grito de esperanza. El amor por la pelota lo heredó de su padre, Juan Carlos, hincha acérrimo del Once Caldas, quien vivía cada encuentro como si fuera la final de la Copa Libertadores.
Mientras tanto, en el barrio La Carola, Sergio también perseguía su sueño de ser futbolista y jugaba en canchas de arena con sus amiguitos del barrio. Pero fue apenas a sus 14 años que, repartiendo domicilios en una vieja bicicleta, pudo pagar su primera inscripción en una escuela. Tenía calidad, visión de juego y garra, pero una lesión de ligamento cruzado lo obligó a cambiar de cancha: ya no sería el que marcara los goles, sino el que enseñara a otros cómo hacerlo. Desde entonces, el fútbol no solo fue un juego, sino un camino de vida.
Sebastián quien tiene 32 años, estudió Licenciatura en Educación Física en la Universidad de Caldas y, desde su tercer semestre, ya entrenaba semilleros. Descubrió que la clave no está solo en la táctica o el control del balón, sino en la disciplina, la puntualidad y el respeto por el rival.
Sergio, con un año menos, lleva en la mirada la misma determinación con la que un día soñó ser futbolista. “Siempre supe que quería enseñar”, recuerda. Aunque inicialmente pensó en estudiar Ciencias Sociales, terminó graduándose como Licenciado en Educación Física en la Universidad de Caldas en 2018. Su vida ya giraba completamente en torno al deporte. En el colegio Instituto Universitario, donde terminó su secundaria, comenzó a perfilarse como líder.

Forjó su camino en proyectos deportivos en Manzanares y se ganó la Licencia C de la Federación Colombiana de Fútbol, un pasaporte para entrenar con la exigencia técnica de un club profesional. En la cancha, su silbato marca el ritmo y su voz firme corrige, pero siempre hay un gesto, una palmada o una sonrisa que rompe la rigidez. Para ese grupo de niños, no es solo el entrenador que organiza las jugadas: es el amigo que celebra sus goles. Para él, lo más valioso es el cariño que recibe de los pequeños. “Eso no lo compra el dinero”, asegura.
En ocho años, los dos amigos coincidieron en torneos, ligas barriales y programas comunitarios. Compartieron victorias que se gritaban como goles al minuto 90 y derrotas que se asumían como lecciones para el siguiente partido.
- El pitazo inicial de Once Estrellas
En diciembre de 2024, después de muchas charlas y sueños de banquillo, decidieron que era hora de fundar su propio club. En enero de 2025 nació Once Estrellas. Eligieron uniformes inspirados en el histórico Rosario Central de Argentina, diseñaron un logo que respira pasión futbolera, buscaron canchas y promocionaron la escuela casi puerta a puerta.
“Todo comienzo es difícil, pero cuando ves a un niño dar su primer pase bien hecho, todo vale la pena”, dice Sebastián con una sonrisa de satisfacción dibujada en su rostro. Hoy, varios meses después, el club ya cuenta con 15 jugadores en formación. Las prácticas son casi personalizadas, como si cada sesión fuera una clase magistral adaptada a la historia y talento de cada niño. La meta inmediata es alcanzar los 20 futbolistas inscritos y, a largo plazo, superar los 100 en menos de una década.
Los entrenamientos se realizan en canchas de arena y sintéticas, espacios equipados con todo lo necesario para que el deporte se practique con seriedad, técnica y, sobre todo, con alegría. “Esto es un proceso. Vamos por buen camino”. Para quienes se inscriben, ofrecen una clase de cortesía y actualmente manejan una promoción que incluye dos uniformes completos con la inscripción. Ambos tienen Licencia C y conocimiento técnico, material deportivo y contactos en el medio. El orgullo de ambos no está en los estadios profesionales, sino en ver el progreso de sus alumnos.

- Más que entrenadores, referentes
En la cancha, Sergio es un técnico exigente que corrige como un profesor, pero también abraza como un amigo: “Aquí la disciplina no se negocia, pero nunca olvido que entreno niños”. Sebastián comparte esa filosofía: en Once Estrellas, un buen control de balón importa tanto como aprender a felicitar al rival después del partido.
Ellos desean que cada niño que pise la cancha experimente esa misma magia que un día los atrapó a ellos: la sensación de que el fútbol no es solo correr detrás de un balón, sino un latido constante que acompaña toda la vida. Que descubran que, detrás de cada pase, hay confianza; detrás de cada gol, hay esfuerzo; y que, más allá de ganar o perder, el verdadero triunfo está en aprender a levantarse, a trabajar en equipo y a soñar en grande.
Sí, hay retos: falta de recursos, permisos que se tardan más que un partido de prórroga y padres que exigen resultados inmediatos. Pero la recompensa llega en cada sonrisa después de un gol, en cada abrazo después de un entrenamiento y en cada niño que llega a casa diciendo: “El profe me enseñó algo nuevo”.
- El gol más importante: su futuro
El sueño de Sebastián y Sergio es que Once Estrellas sea un semillero reconocido, con equipos en torneos nacionales y jugadores que lleguen al fútbol profesional. Sus referentes —Juan Fernando Quintero, Neymar, Dairo Moreno y Lamine Yamal— les inspiran a demostrar que el talento y el trabajo duro pueden cambiar vidas.
En Once Estrellas, cada jugador es más que un dorsal: es un proyecto de vida. Aquí no solo se entrena para levantar trofeos, sino para formar líderes, compañeros leales y ciudadanos con valores, porque, al final, el partido más importante no se juega en 90 minutos, sino en cada día que un niño decide soñar, entrenar y creer en sí mismo. Y ese partido, en Once Estrellas, siempre se juega para ganar.

Saben que el camino es largo y la respuesta a si todo va bien, se la dan los abrazos espontáneos de sus alumnos, los goles celebrados con alegría y ese brillo en los ojos de los niños cuando gritan: “¡Vamos, equipo!”.







