Cartagena de Indias cerró noviembre con un panorama de violencia tan feroz como indiferente para la administración distrital. Los crímenes siguen creciendo mientras las respuestas del alcalde Dumek Turbay y de su secretario del Interior, Bruno Hernández, brillan por su ausencia.
La ciudad ya suma 326 homicidios en lo que va del 2025, una cifra explosiva que revela una crisis de seguridad completamente desbordada. Pero lo más indignante no es el número: es la frialdad con la que el gobierno distrital parece digerir la tragedia, como si la muerte hubiera sido aceptada como parte del paisaje cotidiano. El contraste es grotesco: mientras las calles se tiñen de sangre y el miedo se instala en cada barrio, desde el Palacio de la Aduana repiten mantras vacíos, comunicados insípidos y la desgastada excusa de que “todo está bajo control” o que la violencia es solo un ajuste de cuentas entre bandidos. La realidad, tozuda y sangrienta, demuestra exactamente lo contrario.
El 13 de noviembre, durante las celebraciones del Bando, Manuel Enrique Suárez Ramos, ingeniero industrial de 32 años, fue asesinado dentro de una vivienda en el barrio Fredonia. Dos días después, el 15, Alexander Altamar, portero de una discoteca en Blas de Lezo, fue acribillado mientras cumplía su turno; nadie en la Alcaldía se pronunció con contundencia.
El 18, el médico Giancarlo Gómez Arnedo, de 35 años, fue ejecutado a plena luz del día dentro de su propio vehículo en El Campestre. La respuesta institucional fue el silencio absoluto. Y el 25 de noviembre, en pleno mes de la No Violencia contra la Mujer, la docente Beatriz Elena Suárez, de 43 años, fue asesinada por su expareja al salir de un colegio. Un feminicidio que estremeció a la ciudad, pero que el gobierno local respondió apenas con un comunicado frío, sin acciones concretas.
Las cifras oficiales son demoledoras: 29 homicidios solo en noviembre, 326 en el año, 235 bajo modalidad de sicariato, 17 mujeres asesinadas —tres feminicidios—, y 24 de los homicidios de noviembre cometidos con arma de fuego. Una radiografía que evidencia que Cartagena está perdiendo la batalla contra el crimen mientras un liderazgo débil, desconectado y complaciente evita asumir la responsabilidad.
A esto se suma un mapa de violencia que se expandió sin control: Policarpa, Olaya Herrera, Mandela, Ternera, San Fernando, Bayunca, Los Cerezos y otros barrios fueron escenario de asesinatos a manos de sicarios, riñas, atracos o hechos aún sin esclarecer. Todo mientras la ciudadanía sigue sin respuestas sobre los millonarios recursos invertidos en el fallido plan Titan24, cuya eficacia es hoy más un slogan que un resultado.
Cartagena de Indias, la capital del departamento de Bolívar, escribió noviembre con dolor, pero la administración de Dumek Turbay parece empeñada en fingir normalidad y se mantienen solo como espectadores.
Ante este panorama los cartageneros viven con miedo, contando muertos y esperando acciones que nunca llegan. La ciudad heroica no puede seguir cargando un liderazgo que observa desde la distancia mientras la violencia la desangra.



