Hay países que parecen caminar por senderos oscuros, donde el ruido de la violencia, la corrupción y el miedo pretende ahogar la esperanza de su pueblo. Colombia, nuestra amada nación, atraviesa una de esas horas difíciles. La inseguridad golpea las calles, el narcotráfico sigue devorando generaciones enteras, la corrupción ha carcomido instituciones y muchos ciudadanos sienten que la fe en el mañana se desvanece lentamente.
Pero incluso en las noches más largas siempre existe una promesa de amanecer. La historia humana demuestra que ninguna nación está condenada eternamente al fracaso. Los pueblos resurgen cuando recuperan sus valores, cuando entienden que el cambio verdadero comienza en el corazón de cada ciudadano y no únicamente en los discursos políticos. Colombia necesita más que reformas; necesita una renovación moral y espiritual.
Dice la Escritura en el libro de Crónicas: “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados y sanaré su tierra”. — 2 Crónicas 7:14
Tal vez ahí está la respuesta que hemos ignorado durante años. Hemos querido construir progreso sin honestidad, desarrollo sin justicia y paz sin reconciliación. Ningún país puede sostenerse cuando la corrupción se convierte en costumbre y la indiferencia en norma social.
Hoy Colombia necesita padres que enseñen principios, maestros que formen ciudadanos íntegros, líderes honestos y jóvenes capaces de creer que el éxito no se construye sobre el crimen ni sobre el dinero fácil. El narcotráfico no solo ha destruido vidas; también ha contaminado la cultura del esfuerzo, haciendo creer a muchos que la riqueza rápida vale más que la dignidad.
El gran libertador Simón Bolívar advertía hace siglos: “La corrupción de los pueblos nace de la indulgencia de los tribunales y de la impunidad de los delitos”.
Y cuánta verdad sigue teniendo esa frase en nuestros días. Colombia no puede acostumbrarse a convivir con el miedo ni con la injusticia. No podemos permitir que nuestros hijos crezcan pensando que la violencia es normal o que la ilegalidad es el único camino para sobrevivir.
Sin embargo, tampoco podemos caer en el pesimismo absoluto. Hay millones de colombianos buenos que madrugan cada día a trabajar con honestidad; madres que oran por sus hijos; campesinos que siembran esperanza en la tierra; soldados y policías que arriesgan sus vidas; periodistas que denuncian la verdad; jóvenes que todavía creen en un país diferente. Esa Colombia silenciosa es la que sostiene la nación.
El escritor Gabriel García Márquez expresó una vez que “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Quizá ha llegado el momento de empezar a escribir una nueva memoria colectiva para Colombia, una memoria donde prevalezcan la reconciliación, el respeto y la justicia.
Porque el futuro no puede edificarse sobre el odio permanente. Las divisiones políticas han fracturado familias, amistades y comunidades enteras. Mientras los ciudadanos se destruyen entre sí, la corrupción avanza silenciosa y el crimen se fortalece. Colombia necesita menos fanatismo y más unidad nacional.
La Biblia también nos recuerda en Isaías 41:10: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo”.
Ese mensaje de fe sigue vigente para una nación golpeada, pero no derrotada. Colombia tiene riquezas inmensas, gente trabajadora, cultura, historia y resiliencia. Hemos sobrevivido a guerras, terrorismo, violencia y tragedias que habrían destruido a otros pueblos. Y aun así seguimos levantándonos.
Por eso, esta columna dominical no quiere sembrar desesperanza, sino reflexión. El cambio empieza cuando cada ciudadano decide actuar correctamente incluso cuando nadie lo observa. Empieza cuando rechazamos la corrupción cotidiana, cuando enseñamos valores en casa, cuando defendemos la vida y cuando dejamos de justificar la ilegalidad según nuestra conveniencia política o económica.
Nuestros hijos y nietos merecen heredar una Colombia distinta. Una nación donde el miedo no gobierne las calles, donde el campesino pueda trabajar en paz, donde el joven tenga oportunidades y donde la honestidad vuelva a ser motivo de orgullo.
Todavía estamos a tiempo de volver a la luz. Porque mientras exista fe, mientras quede un colombiano dispuesto a luchar por el bien, mientras haya una oración elevándose al cielo por esta patria herida, Colombia jamás estará perdida.



