«Sus cámaras se han quedado en silencio, pero su legado continuará hablando mientras exista una fotografía capaz de devolvernos al lugar donde alguna vez fuimos felices.»
La noticia comenzó a correr de boca en boca como suelen hacerlo las noticias que duelen. Sin estridencias. Sin necesidad de titulares enormes. Bastó una frase sencilla para que muchos sintieran un nudo en la garganta: había fallecido Rafael Enrique Paternina Molina, el inolvidable FotoPater.
Y de pronto, como si alguien hubiera abierto un viejo álbum familiar, miles de recuerdos comenzaron a desfilar por la memoria de los sincelejanos.
Porque Rafael Paternina no fue solamente un fotógrafo. Fue parte de la historia íntima de esta ciudad. Durante más de seis décadas estuvo presente en los momentos que más atesoran las familias. Estuvo cuando dos jóvenes se prometían amor eterno frente a una iglesia adornada para una boda. Estuvo cuando una madre sostenía por primera vez a su hijo vestido de blanco para el bautizo. Estuvo en las graduaciones, en los cumpleaños, en las primeras comuniones, en las celebraciones que marcan la vida y que el tiempo, inevitablemente, transforma en recuerdos.
Detrás de cada fotografía había una mirada paciente. Un hombre que entendía que una imagen no era simplemente una imagen. Era un instante irrepetible que merecía permanecer para siempre.
Quienes cruzaron alguna vez la puerta de su estudio fotográfico recuerdan más que una sesión de retratos. Recuerdan una experiencia. Allí no llegaban clientes; llegaban familias. Llegaban generaciones enteras buscando conservar un momento de felicidad. Y él, con la serenidad que lo caracterizaba, acomodaba la luz, ajustaba el lente y encontraba la mejor manera de inmortalizar aquello que parecía cotidiano, pero que con el paso de los años se convertiría en un tesoro.
Sin saberlo, Rafael Paternina construyó uno de los archivos sentimentales más importantes de Sucre. Sus fotografías no solo registraron rostros. También documentaron la transformación de una ciudad que creció junto a él. Capturó calles que ya no existen, edificaciones que cambiaron con el tiempo, costumbres que hoy sobreviven apenas en la memoria de los mayores. Sus imágenes fueron registrando silenciosamente la evolución de Sincelejo, como si estuviera escribiendo una gran crónica visual de la región. Y en esa tarea de narrar la historia con imágenes le correspondió también retratar el dolor.
El 20 de enero de 1980, cuando ocurrió la tragedia de las corralejas que dejó una herida imborrable en el alma de Sincelejo, allí estaba FotoPater. Su lente registró una de las jornadas más dramáticas que ha vivido la ciudad. Aquellas fotografías trascendieron el valor documental para convertirse en memoria colectiva. Gracias a ellas, generaciones que no vivieron aquel episodio han podido comprender la dimensión de una tragedia que cambió para siempre la historia local.
Esa fue quizá una de sus mayores virtudes: comprender que el fotógrafo no solo retrata personas. También retrata épocas. Por eso hoy resulta difícil encontrar un hogar sucreño donde no exista alguna huella de su trabajo. Tal vez una fotografía enmarcada en la sala. Tal vez un retrato guardado en un cajón. Tal vez una imagen amarillenta dentro de un álbum familiar. Allí está FotoPater. Silencioso. Presente. Acompañando la historia de quienes alguna vez sonrieron frente a su cámara.
La muerte suele tener la costumbre de llevarse a las personas. Pero hay hombres cuya obra desafía esa realidad. Rafael Paternina pertenece a esa estirpe de seres humanos que logran sobrevivir al tiempo. Porque mientras exista una de sus fotografías colgada en una pared, guardada en un álbum o protegida en la memoria de una familia, él seguirá estando aquí. Seguirá observándonos desde cada imagen, contándonos quiénes fuimos, recordándonos los rostros de quienes ya partieron. Seguirá enseñándonos que la memoria es uno de los patrimonios más valiosos que posee un pueblo.
Hoy Sincelejo despide a uno de sus hijos más queridos. A un artesano de la luz. A un guardián de los recuerdos. A un cronista que escribió con imágenes la historia de varias generaciones. Sus cámaras se han quedado en silencio, pero su legado continúa hablando y hablará por muchos años más.
Quiero imaginar que, en algún rincón del cielo, Rafael Enrique Paternina Molina ya encontró la luz perfecta para una nueva fotografía. Quizás camina entre paisajes eternos buscando el mejor encuadre, mientras observa desde lo alto a la ciudad que tanto amó.
Porque los grandes fotógrafos no desaparecen cuando mueren, simplemente revelan su última imagen y se convierten para siempre en parte de la memoria. Paz en su tumba. Gracias por enseñarnos que una fotografía puede detener el tiempo, pero jamás podrá borrar el cariño de un pueblo entero.
Con la partida de Rafael Enrique Paternina Molina, Sincelejo despide a uno de sus más grandes cronistas visuales. Durante más de seis décadas inmortalizó la historia, las alegrías y las tragedias de generaciones enteras de sucreños.



