Los paisas dicen que el costeño no habla, sino que dispara las palabras en ráfaga, y que para entenderle hay que poner el oído en modo «reproducción a velocidad 2x». Pero qué va, ¡esa es la magia, compae! La gente cree que andamos enredados, pero lo que pasa es que el costeño aplica la verdadera economía del lenguaje: para qué gastar diez palabras si con un «¡Ajá!» bien tirao, una ceja levantada y un juego de manos te resolvemos la vida, te saludamos y te preguntamos por la familia. !Pilla esto!
El costeño no habla despacio porque el calor no da espera y las palabras se van derritiendo. Aquí cada departamento le mete su propio picante a la lengua, y si te descuidas, ¡pailas!
En Barranquilla (Atlántico): La gente no habla, tira ráfagas de «¡Ajá, cuadro!», «¡Qué fué», !habla socio!». Si escuchas que hace «un culo e’ sol», «tronco e’ caló» o cayó un «cipote de aguacero», no le des mente: en Curramba todo lo grande es tronco, cipote o culo. Y si te sueltan un «¡Erda, nojoda, culo e’ problema!», mi llave, ni preguntes, solo busca sombra y aprende a cogerle el tiro a la vaina.
En Cartagena (Bolívar): Cuidado te embolatas buscando «la vaina» por las calles del Centro Histórico, porque en Cartagena la vaina es el celular, el almuerzo, el tráfico, la suegra o el mar. Si ves que se armó un sambapalo, no pidas boleta, ¡que eso es un tropel sabroso! Y si te dicen «¡Qué mondá es esa!», relaja los hombros: no es una clase de anatomía, es el signo de interrogación más efectivo del planeta.
En Santa Marta (Magdalena): Si el calor te tiene desmayao, un samario te mira y te dice: «Ajá, compae, déjate de pleque pleque y tómate un patillazo». Si te ven popoche, prepárate para gastar la primera ronda porque te pillaron que andas billullo, osea con billete. Y si te invitan a vacilar, no te pongas denso: deja la vaina y mete el pie en la parranda.
En Valledupar (Cesar): Prepárate para el impacto gramatical del vos. Un vallenato te clava un «¿Y vos pa’ dónde vais ?» y el cachaco queda haciendo cortocircuito intentando conjugar el verbo. Si te dicen «¡Aguaita allá!», abre el ojo y no te hagas el loco, y ni se te ocurra decir que ya hablas costeño solo porque te sabes dos versos de Diomedes, porque te tiran un «¿vos qué hacéis por acá?» y se te cae el pasaporte costeño al suelo.
En La Guajira: Allá la brisa te vuela la cachucha y las palabras tienen su propio ritmo. Si escuchas «¡Aguaita a ese pelao que viene apurao!», no pienses que es un misil; solo te están avisando que el pelao viene dando chola. Y si te dicen «¡No te pongas de alzao!», bájale dos rayitas a la guapura, que aquí el respeto se da y se exige con una sonrisa, pero sin rodeos.
En Sincelejo (Sucre): ¡Llegamos a la tierra del «¡Oh!»! El cachaco escucha «¡Oh, Carmen, ven acá!» y cree que le están declamando un poema de amor. ¡Mentira! Ese «oh» sabanero le mete más energía a la llamada que una sirena de bomberos. Y si te dicen que andan monda’os, no saques el diccionario: saca la billetera y págale el tinto al compae, que anda pelao.
En Montería (Córdoba): La cosa es con elegancia y sentido del humor. Si ves a alguien añingotao, déjalo quietico que está en cuclillas cogiendo fresco. Si la muchacha está aguacataá, bríndale un suero costeño a ver si revive. Y si un monteriano te suelta «me toca mamar cable», ni se te ocurra llamar a la Electrificadora: el hombre solo está contando que la quincena no le llegó.
Y si llegamos a San Andrés, Providencia y Santa Catalina, ¡nojoda, ahí la vaina cambia de ritmo! En las islas se escucha el español, el inglés y el creole sanandresano, una lengua que tiene identidad propia y que forma parte del alma raizal. Por allá, un “Wa gwaan?” puede servir para preguntar qué pasa o cómo va todo, mientras el “irie” expresa que todo está bien o que hay buena vibra. Y entre el mar de siete colores, el rondón, el coco y la música caribeña, uno termina entendiendo que ser costeño también es reconocer que nuestras islas tienen su propio sabor, su propia historia y una manera inconfundible de hablar. ¡Erda, qué orgullo tan grande ser del Caribe colombiano!
- La Regla de Oro del Cuento Costeño
Da igual si estás en Riohacha, Montería o Magangué: nunca le pares el impulso a un costeño contando un cuento. Todo arranca con un «Mira, compae, te voy a decir una vaina», sigue con un «Nojoda, tú no sabes lo que pasó» y en tres minutos metió en la historia al mototaxista, a la vecina chismosa, al perro de la esquina, al alcalde y a la que vende las arepas e’ huevo. ¡Y todo lo dice sin respirar, sin tomar agua y combinando tres acentos!
Diagnóstico Final: Si después de tres días en la Costa intentas meter un «¡Eche, nojoda!» con tu acento de Bogotá o de Medellín… mi llave, te pillamos al vuelo. Suenas más falso que billete de tres mil.
El costeño no necesita subtítulos: saluda con «¡Ajá!», protesta con «¡Eche!», celebra con «¡Nojoda!» y arregla el mundo alrededor de una mesa con frito o con un par de frías, que no es otra cosa que una cerveza.
Así que si no entiendes nada porque hablamos muy rápido… ¡relájate, coge la sombra, tómate un jugo de corozo, pon la cabeza a descansar y di únicamente: «¡Ajá, mi llave, así es la vaina hey!»!

