Dicen los viejos de Patillal que, cuando el sol cae despacio sobre la Sierra Nevada y el viento empieza a bajar con olor a guayacán florecido, todavía puede verse a un hombre de camisa blanca caminando por la orilla del río Badillo. No lleva prisa. Va conversando con el agua como quien saluda a un viejo amigo. Algunos aseguran que sonríe. Otros dicen que escribe sobre el aire. Nadie se atreve a llamarlo por su nombre porque saben que los poetas nunca mueren: simplemente aprenden a volverse paisaje. Ese hombre es Octavio Daza.
No el que quedó registrado en un acta de nacimiento un 15 de abril de 1948 en San Juan del Cesar, ni el que la violencia le arrebató al vallenato el 12 de enero de 1980 en Barranquilla. El que sigue vivo es otro. Es el que aprendió a esconderse dentro de un acordeón para aparecer cada vez que alguien canta Río Badillo. El que convirtió un río en una carta de amor y una mariposa en la prueba de que los milagros todavía ocurren cuando una canción nace del corazón.
En Macondo habría sido vecino de José Arcadio Buendía. En el Valle de Upar fue simplemente Octavio: el muchacho que escuchaba hablar a los árboles, que entendía el idioma de los pájaros y que juraba que los ríos también tenían memoria.
Cuando llegó a Patillal siendo apenas un niño, el pueblo entendió que había recibido a alguien distinto. Mientras otros muchachos perseguían iguanas entre los montes, él perseguía palabras. Se sentaba bajo los trupillos y esperaba que el viento le dictara versos. Por eso las hojas caían despacio, para no interrumpirlo. Hasta los burros dejaban de rebuznar cuando lo veían escribir sobre cualquier pedazo de papel, porque sabían que de esas letras nacería otra canción destinada a recorrer el Caribe entero.
Nunca escribió para hacerse famoso. Escribía porque el pecho no le alcanzaba para guardar tanta belleza. Dicen quienes lo conocieron que bastaba una mirada para que naciera un paseo; un adiós para que brotara un merengue; una tarde silenciosa para que apareciera una canción capaz de hacer llorar a los hombres más duros de La Guajira. Si no encontraba un cuaderno, escribía sobre una cajetilla de cigarrillos. Si tampoco aparecía una cajetilla, dejaba el verso sembrado en la memoria hasta que pudiera ponerle tinta.
Así nacieron Frente a mí, Mi novia y mi pueblo, Sanandresana, La tierra tiene sed, Dime pajarito y El cansancio del poeta. Pero hubo una canción que dejó de pertenecerle para convertirse en patrimonio del alma vallenata. Río Badillo. Desde entonces aquel río dejó de ser agua. Se volvió sentimiento.
Quienes llegan por primera vez a sus orillas descubren algo extraño. El agua parece caminar al ritmo de un acordeón. Los peces brincan cuando alguien silba la melodía. Las garzas permanecen inmóviles como si escucharan una serenata antigua y, cuando el atardecer pinta de naranja la corriente, las parejas juran amarse para siempre creyendo que fue idea suya, sin saber que fue Octavio quien les enseñó esa costumbre. Porque los compositores verdaderos no escriben canciones, escriben destinos y también escriben amores.
María Concepción Gámez nunca olvidó aquella primera mirada en una calle de Valledupar. Bastó un instante para que Octavio comenzara a escribirle al amor como si el tiempo fuera demasiado corto. Con ella descubrió que los abrazos también podían rimar y que las despedidas eran capaces de doler tanto que solo un acordeón podía explicarlas. Cuando la distancia la llevó hasta Ocaña, escribió Nido de amor para que el camino no pareciera tan largo.
Cuando una discusión los separó, respondió como solo responden los poetas. No gritó. No reclamó. Escribió El cansancio del poeta y la canción hizo regresar el amor. Porque el vallenato de entonces tenía esa magia: donde terminaban las palabras comenzaban los acordeones. Pero hasta los poetas tienen citas que nadie puede aplazar.
El destino esperó a que naciera Octavio Miguel, el hijo que llevaría su sangre y también su inspiración. Apenas diecinueve días después, la violencia apagó la voz del padre antes de que pudiera estrechar entre sus brazos al niño que apenas empezaba a conocer el mundo. Parecía el final, pero los pueblos donde nacen los juglares no creen en los finales, creen en las herencias invisibles.
Con los años, Octavio Miguel comenzó a escribir como si las canciones llegaran desde un lugar donde todavía conversaba con su padre. Cada vez que interpreta Río Badillo, quienes cierran los ojos juran escuchar dos voces en vez de una. La del hijo que canta y la del padre que nunca dejó de acompañarlo. Han pasado cuarenta y seis años, en cualquier otro oficio, el tiempo habría vencido pero en el vallenato ocurre lo contrario.
Los compositores verdaderos envejecen menos que sus canciones. Por eso, cuando en cualquier rincón del Caribe un acordeón comienza a tocar Río Badillo, el río vuelve a correr con más fuerza, las mariposas amarillas sobrevuelan Patillal, los árboles se inclinan como saludando a un viejo amigo y el viento vuelve a repetir los versos que Octavio sembró para que el olvido jamás encontrara dónde echar raíces.
Porque hay hombres que escriben canciones. Y hay otros, muy pocos, que terminan convirtiéndose en ellas. Octavio Daza pertenece a esa estirpe de poetas que no fueron vencidos por la muerte, porque aprendieron a esconderse entre los fuelles de un acordeón, en el murmullo de un río y en la memoria de un pueblo. Mientras exista alguien que cante Río Badillo, que suspire con Nido de amor o que descubra el mundo a través de un verso vallenato, Octavio seguirá regresando. No como un recuerdo, sino como esos juglares que Dios deja caminando por la eternidad para recordarnos que las mejores canciones nunca terminan cuando se apaga la voz de quien las escribió.
