Se dice que Napoleón Bonaparte, emperador francés y conquistador de buena parte de Europa, desarrolló una desmedida ambición de poder y conquista para compensar las desventajas derivadas de su baja estatura. De esa interpretación histórica nació la expresión popular «complejo napoleónico».
Existen gobernantes que entienden el poder como un mandato para servir. Otros, en cambio, lo asumen como una licencia para imponer, intimidar y exigir obediencia. En estos últimos suele advertirse un estilo de liderazgo que, en el lenguaje popular, se identifica con el llamado complejo napoleónico: una metáfora utilizada para describir a quienes parecen necesitar demostrar permanentemente su autoridad, reaccionan con intolerancia frente a la crítica y convierten el ejercicio del poder en una exhibición constante de fuerza.
No se trata de un diagnóstico psicológico, sino de una forma de interpretar determinadas conductas públicas. Desde esa perspectiva, resulta difícil no advertir ese patrón en dos figuras que hoy ocupan un lugar central en el escenario político colombiano: el alcalde de Cartagena, Dumek Turbay, y el presidente electo, Abelardo de la Espriella.
En ambos parece percibirse una característica común: la convicción de que la autoridad solo tiene una voz, la propia. La discrepancia se convierte en un desafío personal y la crítica en una ofensa que exige una respuesta inmediata. En lugar de privilegiar el debate de las ideas, con frecuencia la discusión termina girando alrededor de quién manda, quién tiene la última palabra y quién logra imponerse.
El problema comienza cuando el gobernante deja de escuchar. Quien cree poseer siempre la verdad termina rodeándose únicamente de quienes le dicen lo que quiere oír. Así surge un liderazgo cada vez más aislado, menos dispuesto al diálogo y más inclinado a confundir la firmeza con el autoritarismo.
Cartagena conoce bien esa dinámica. Dumek Turbay ha construido la imagen de un dirigente activo, cercano y visible. Sin embargo, esa intensa presencia pública también puede proyectar la impresión de que la administración gira, principalmente, alrededor de su figura. La política corre entonces el riesgo de convertirse en un escenario de protagonismo permanente, donde la promoción de la imagen del gobernante termina compitiendo con la búsqueda de soluciones a los problemas estructurales que aún esperan respuesta.
Con Abelardo de la Espriella ocurre algo similar en el plano nacional. Su estilo frontal, confrontacional y desafiante ha sido una de sus principales banderas. Esa actitud puede entusiasmar a sus seguidores, pero también transmite la impresión de que la contradicción debe ser derrotada antes que escuchada. Gobernar un país profundamente dividido exige carácter, sí, pero también serenidad, prudencia y capacidad para construir consensos.
Hay otro rasgo que llama la atención. Tanto Dumek como Abelardo parecen proyectar una necesidad permanente de reconocimiento. Cada intervención pública parece orientada a reforzar la imagen de dirigentes fuertes, decididos e incuestionables. La política deja entonces de ser el arte de resolver los problemas colectivos para convertirse en un escenario donde el protagonismo personal ocupa el primer plano.
Esa necesidad constante de validación suele ir acompañada de una competitividad desbordada. Todo parece transformarse en una confrontación: los críticos, la prensa, los opositores e incluso quienes formulan observaciones legítimas. En lugar de responder con argumentos, muchas veces la reacción consiste en reafirmar la autoridad, elevar el tono o desacreditar al contradictor.
Sin embargo, tanto Dumek como Abelardo parecen pasar por alto que la democracia funciona precisamente en sentido contrario. Ningún gobernante es dueño de la verdad absoluta. La crítica no debilita el poder; lo obliga a mejorar. El desacuerdo no constituye una amenaza, sino una garantía de libertad. Los grandes estadistas no son aquellos que consiguen silenciar a sus opositores, sino quienes son capaces de convencerlos o, al menos, de respetarlos.
Por eso preocupa cualquier estilo de liderazgo que privilegie la imposición sobre el diálogo. Cuando la autoridad necesita demostrarse todos los días, cuando cada crítica se interpreta como una agresión y cuando el reconocimiento personal parece convertirse en una necesidad permanente, el ejercicio del poder comienza a perder equilibrio.
No afirmo que Dumek Turbay o Abelardo de la Espriella padezcan un trastorno psicológico; esa sería una conclusión irresponsable. Lo que sostengo es que, al observar su comportamiento político, encuentro rasgos que el lenguaje popular suele asociar con el llamado complejo napoleónico: una inclinación hacia un liderazgo dominante, altamente personalista y poco receptivo al cuestionamiento.
Al final, cuando el ego comienza a ocupar el lugar de las instituciones, el gobernante deja de servir al poder democrático y empieza a servirse de él. Y ese es, quizá, el mayor peligro de un estilo de liderazgo que el lenguaje popular conoce como complejo napoleónico.

