Hay frases que, dichas por un gobernante, adquieren una dimensión política que va mucho más allá de las palabras. “Me quedan dieciséis meses y nueve días”, dijo Dumek Turbay durante la entrega de las obras de Puerto Duro. Y desde entonces la frase quedó dando vueltas como el reloj de la torre. Porque Dumek ya está contando el tiempo que le falta para entregar el cargo y cuando un alcalde comienza a contar públicamente los días que le quedan, la pregunta inevitable no es solamente qué hará después. La pregunta es mucho más incómoda: ¿Como quedaran las finanzas cuando se vaya?
Sería injusto afirmar que esta administración no ha hecho obras. Las ha hecho. Muchas. Cartagena ha visto intervenciones, pavimentaciones, escenarios, parques, recuperación de espacios y proyectos de infraestructura que forman parte de la vitrina con la que el gobierno de Dumek quiere ser recordado.
Pero precisamente porque las obras existen, la discusión debe ser más seria. No basta con preguntar qué se construyó. Hay que preguntar cuánto costó, quién lo contrató, quién lo ejecutó, quién hizo la interventoría, cuánto terminó pagando la ciudad y si el resultado corresponde realmente a la inversión realizada.
Ahí comienza la verdadera discusión. Porque una obra puede ser necesaria y, al mismo tiempo, generar interrogantes sobre su contratación. Puede ser bonita y tener un precio que merezca explicación. Puede ser útil y aun así requerir una revisión rigurosa de sus costos y puede convertirse en bandera de un gobierno sin que eso signifique que la ciudadanía tenga que renunciar a preguntar.
El gobierno de Dumek Turbay tiene derecho a mostrar sus resultados, pero Cartagena tiene exactamente el mismo derecho a examinarlos. Y aquí es donde el discurso oficial debe someterse a una prueba mucho más exigente que una inauguración: ¿Cuánto costó? ¿Quién ganó el contrato? ¿Cómo se escogió al contratista? ¿Qué experiencia tenía? ¿Qué antecedentes registraba? ¿Hubo modificaciones, adiciones o sobrecostos? ¿Quién vigiló la ejecución? ¿La obra se entregó dentro del presupuesto y del plazo previsto?
Y si hubo cuestionamientos, ¿quién respondió? Estas preguntas no son ataques. Son preguntas de control y si las respuestas están claras, documentadas y respaldadas por los organismos de control, mucho mejor. Porque un gobierno transparente no debería temerle a una auditoría. La transparencia no se proclama desde una tarima: se demuestra abriendo los contratos.
Resulta preocupante cuando una noticia incómoda termina convertida en una confrontación contra el periodista y, desde el propio despacho del mandatario, surgen calificativos como “canallas” contra quienes se atreven a cuestionar su gestión. La discusión, sin embargo, no debería centrarse en quién mostró el puente, sino en el problema que la noticia puso sobre la mesa: ¿por qué estaba deteriorado y quién debe responder por ello?
El periodista no rompió el puente. La cámara no produjo el daño. La noticia no creó el problema. La noticia simplemente puso el problema frente a los ojos de la opinión pública y esa es precisamente una de las funciones esenciales del periodismo. Mostrar lo que funciona y mostrar también lo que no funciona. Porque una administración democrática no puede pretender que la prensa sea una extensión de su oficina de comunicaciones. El periodismo no está para administrar la reputación de los gobernantes. Está para preguntar. Para contrastar. Para investigar. Para incomodar cuando sea necesario.
Dumek ha dicho que quiere volver a ser alcalde en 2031 y aspira a ocupar el cargo cuando Cartagena llegue a sus 500 años. Eso cambia completamente la lectura política de sus últimos meses de gobierno. Porque entonces la elección de 2027 no será una elección cualquiera para su proyecto. Será la primera estación de su regreso.
Dumek no puede ser alcalde durante el período inmediatamente siguiente, pero sí podría intentar regresar en 2031 bajo las reglas constitucionales vigentes. Por eso necesitará algo fundamental: un sucesor y aquí comienza la verdadera batalla. ¿Quién será el candidato? ¿Quién recibirá el respaldo de la estructura política de Dumek? ¿Quién tendrá la capacidad de defender su administración? ¿Quién continuará sus proyectos? ¿Y quién, sobre todo, tendrá la independencia suficiente para revisar lo que recibió? Porque una cosa es dejar un sucesor y otra muy distinta es dejar un sucesor que pueda convertirse en auditor. Ahí está la pregunta que nadie debería esquivar. ¿QUIÉN VA A LEVANTAR LAS ALFOMBRAS?
Si en 2028 llega a la Alcaldía una persona completamente independiente, tendrá la obligación de revisar la administración anterior. No por persecución. Por responsabilidad. Tendrá que revisar contratos. Obras. Presupuestos. Interventorías. Adiciones. Modificaciones. Pagos. Cronogramas. Contratistas y todas aquellas decisiones que comprometan recursos públicos.
Y aquí aparece uno de los asuntos que más inquietud genera en determinados sectores de Cartagena: los cuestionamientos alrededor de costos, posibles sobrecostos y la participación de contratistas cuyos antecedentes empresariales o judiciales han generado controversia pública. Eso debe investigarse con documentos y no con rumores. Porque una cosa es que un contratista tenga cuestionamientos o antecedentes reportados públicamente y otra, muy distinta, afirmar que existe corrupción sin que una autoridad competente lo haya establecido, pero justamente por eso hay que investigar para que nadie pueda decir que la olla estaba tapada.
Si todo fue transparente, que se abra. Si los contratos estuvieron correctamente estructurados, que se demuestre. Si los precios fueron razonables, que se expliquen. Si los contratistas cumplieron, que se documente y si existieron irregularidades, que los organismos competentes determinen responsabilidades. Lo que no puede ocurrir es que el debate desaparezca porque las obras tienen buena fotografía.
El candidato que reciba el respaldo de Dumek tendrá que responder algo mucho más importante que un programa de gobierno: ¿Usted será el alcalde de Cartagena o el continuador de Dumek? Porque si llega a gobernar con la obligación política de proteger al padrino que lo llevó al poder, la ciudad perderá algo esencial: autonomía institucional.
Un alcalde debe poder decirle NO a quien lo ayudó a llegar. Debe poder revisar una contratación de su antecesor. Debe poder cuestionar una obra. Debe poder ordenar una auditoría. Debe poder entregar información a los organismos de control y debe poder decirle a Cartagena, sin miedo: “Esto encontramos y esto vamos a corregir”. Eso es democracia.
Lo contrario sería convertir la Alcaldía en una cadena de favores políticos que se transmite de administración en administración y en esta historia hay otros protagonistas: los concejales. Los mismos que aparecen en las fotografías oficiales. Los mismos que acompañan inauguraciones. Los mismos que levantan la mano en las sesiones. Porque el Concejo no fue elegido para hacerle coro al Ejecutivo. Fue elegido para ejercer control político y cuando existan dudas sobre contratos, obras, costos o contratistas, los concejales tienen una obligación elemental: preguntar. No mañana. No después de las elecciones. Ahora.
Porque también ellos tendrán que responderle a la ciudad. La política tiene memoria y Cartagena también. El reloj queda pero la historia queda. Dumek tiene, según sus propias palabras, 16 meses y 9 días. Puede parecer suficiente pero el tiempo político se evapora.
Todavía tiene oportunidad de hacer algo mucho más importante que inaugurar. Puede dejar las cuentas abiertas. Puede explicar los cuestionamientos. Puede ordenar que la información contractual esté disponible. Puede permitir que los organismos de control revisen. Puede demostrar que las obras de su administración no solamente son visibles, sino también defendibles desde el punto de vista técnico, financiero y jurídico.
Porque si aspira a regresar en 2031, su mejor campaña no será una fotografía. Será un archivo limpio. Su mejor argumento no será una tarima. Serán cuentas claras. Su mejor legado no será una colección de inauguraciones. Será una ciudad que pueda decir que recibió obras, pero también transparencia.
Y aquí está el verdadero problema para Dumek. No es solamente que se le acabe el mandato. Es que después del mandato comienza el juicio de la historia y ese juicio no lo hacen los funcionarios que aparecen en las fotografías. Lo hacen los ciudadanos, los periodistas, los organismos de control, los documentos, los contratos, lo hacen las obras después de que se apagan las cámaras.
Y si Dumek Turbay quiere regresar en 2031 para convertirse, como ha dicho, en el alcalde de los 500 años, tendrá que entender que la elección de 2027 no será solamente una batalla por escoger a su sucesor: será también una batalla por definir si su proyecto político continúa, se transforma o termina sometido al escrutinio de una nueva administración.
Por eso la pregunta que Cartagena debe hacerse desde ahora no es únicamente quién será el próximo alcalde. Es otra. ¿Queremos un sucesor de Dumek o un alcalde de Cartagena? y hay una pregunta todavía más incómoda: Si todo está bien, ¿por qué debería preocuparle a alguien que llegue un alcalde independiente dispuesto a revisar hasta el último contrato?
Que se abra la olla. Que entre la luz. Que hablen los documentos. Que respondan los contratistas. Que expliquen los funcionarios. Que investiguen los organismos de control y que la ciudadanía juzgue. Porque las obras pueden durar años. Los contratos pueden quedar archivados. Los funcionarios pueden irse. Los aliados pueden cambiar de camiseta. Pero el dinero público sigue siendo de todos y ese dinero merece algo más que una inauguración. Merece respeto.
Dumek está contando sus días, Cartagena debería estar contando sus preguntas. Porque el verdadero cronómetro no marca cuánto falta para que termine el gobierno. Marca cuánto tiempo queda para que la ciudad conozca, sin maquillaje y sin propaganda, el verdadero costo de la obra pública.



