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Inicio Nacional

El lugar exacto donde cayó Dilan: o de aquellos textos que uno no quiere escribir.

Por: William José Castro-Toppin / Antigua Ktedra Cartagena.

Opinión 724 Por Opinión 724
26 noviembre, 2019
en Nacional, Opinión
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Muchas formas de morir despiadadas y miserables ocurren diariamente en un país como Colombia, quiere decir que hay muchos y diversos tipos de muertos, pero lamentablemente no de todos podemos escribir, aunque todos se lo merecieran, más allá incluso de que lo queramos, son tantos y tantas que de la mayoría de las veces no nos enteramos, No creo en que existan muertes fruto de nuestro lamentable estado como sociedad que tengan más dignidad o una categoría más alta que otras, pero lo que si es cierto es que hay algunas que se convierten en «símbolo», y por lo tanto, nos resulta casi imposible, a quienes usamos las palabras como materia prima, deshacernos de la responsabilidad de decir algo. Y la de Dilan Cruz es precisamente una de esas, ¿Por qué se preguntaran alguno?, en primera instancia porque la tecnología, las redes, los medios nos permiten ver con facilidad y desde múltiples ángulos -es impresionante- ver una muerte «televisada», y esta la vimos, e increible es que precisamente en la época en que podemos ver cómo funcionan los aparatos de muerte del Estado o de las oligarquías, cientos de personas expresen los comentarios más viles, pese a que todos podemos ver con claridad lo ocurrido.

Es simple, Dilan Cruz fue un colombiano más, sujeto de derechos y deberes, que salió a protestar pacíficamente ante un estado de cosas que no le satisfacían, y por orden directa de los altos mandos del país, a él y a otras personas se les impidió ejercer ese derecho, el artículo 37 de nuestra constitución, habla sin ambigüedades de ello.

Quien haya ido a marchas en Colombia sabrá que la amplísima mayoría de la gente que va allí, sale con la intención de manifestar sin violencia, y a gritar desde el alma y los cojones el tipo de país en que le gustaría vivir, en todas las marchas en que he participado posteriores o simultáneas al proceso de Paz con la guerrilla de las Farc, lo que se siente en esa enorme porción de colombianos es el deseo irrefrenable de vivir en una sociedad diferente, pero sobre todo de heredarles a sus hijos y nietos un mejor lugar para soñar y desarrollarse (Un país al alcance de los niños, diría García Márquez en aquel libro utópico que algún día escribiera, el más utópico que le he leído, parecieran las líneas finales de «Cien años de Soledad» más acordes con la realidad, podríamos agregar la palabra «jóvenes» al título de ese texto, y pues entonces allí aparece el Dilan-símbolo, claramente dibujado, que podría extenderse a su futuro hijo, si todos los escritos y rumores que uno lee son ciertos, de hecho, creemos en el relato de que pronto sería padre, de que estaba a dos días de graduarse de bachiller, de que le fue negado un préstamo en el Icetex, y de que marchaba motivado por exigir más oportunidades de educación, y allí vemos que la muerte-asesinato de este joven pese a ser en un escenario diferente, y perpetrada por autores aparentemente diferentes, toma tintes trágicos parecidos a los de la muerte-asesinato de María del Pilar Hurtado (Y se nos erizó la piel con el llanto desconsolado de su niño), o la muerte-asesinato de 18 niños en un bombardeo, que encima -de modo muy ladino, casi mafioso, pero indiscutiblemente con estilo baaastante uribista- se nos oculta inicialmente y se nos presenta como una operación «impecable», con lo cual entonces, comenzamos a concluir, y evoco el libro-película, que este no es país para viejos, pero que tampoco lo es para jóvenes, y menos para niños, a propósito de Yuliana Samboní, Luego… entonces, ¿Para quién es este país?, Se mata a negros y a indígenas de parajes periféricos de la geografía por ser líderes que velan por el bienestar de sus comunidades, se asesina a hombres y mujeres maduros por pensar diferente, se intenta exterminar a un partido político, y se le deja casi al borde de la desaparición, le pegan tiros a personas que se desmovilizaron confiando en la seriedad de un pacto sellado con garantía internacional y Premio Nobel de por medio, se masacra -no hay otro verbo- de la forma más malparida a miles de jóvenes llevados en camiones bajo la excusa de ofrecerles un trabajo, para luego vestirlos de camuflado ponerle las botas al revés y presentarlos como «guerrilleros dados de baja», ¿Es acaso este país sólo para los familiares del violador de Yuliana Samboní, o para los hijos y las hijas de las personas implicadas en la muerte de Luis Andrés Colmenares, o para los nietos de Álvaro Uribe Vélez, niños y niñas blancos, castaños, rubios, hermosos?. ¿Y que es de los «Camilo Manrique» que fallecen plantación adentro en las hondas encrucijadas topográficas de este hijueputa pero hermoso país?, ¿O de los Jaime Garzón seres pensantes que se oponen crítica y creativamente en cualquier de los opresivos microuniversos como lo son las diversas instituciones colombianas?. No es país para viejos, No es para niños, No es país para jóvenes.

Y encima, pese a la crueldad manifiesta y evidente de esos actos, luego uno tiene que soportar ver a idiotas útiles, pobres y poco instruidos como Miguel Polo Polo decir las sandeces más increibles sobre cualquiera de estos muertos, O a «cristianos» y dizque «pastores» como Oswaldo Ortíz o Miguel Arrázola hacer análisis políticos sesudos y profundos sobre el estado de la Nación, O lidiar con la estulticia de los comentarios de María Fernanda Cabal, y sube y sube la cadena de mando, soportar lo insulso de un discurso de Ivan Duque, o vibrar con la quintaesencia de la hijueputez cuando el jefe mayor se pronuncie, y diga que es legítimo, que es un buen muerto, que es vándalo, que guerrilleros vestidos de civil, que le voy a dar duro en la cara marica, y miles y miles y miles de hijueputicas menores repliquen esos mensajes, soportados sólo en la deshonestidad y el cinismo, o cimentados sólo por la peor de las formaciones académicas posibles, por eso vuelvo y digo, esa conclusión tan severa de un país que me he puesto en la tarea de recorrer, Colombia es un país hermoso pero hijueputa, o hijueputa pero hermoso, aplique la propiedad conmutativa según su pesimismo o su optimismo, reconozcamos que no es sólo Uribe y el uribismo, hay un montón de colombianos con el alma podrida de insensibilidad, y de ambición, todas estas personas que se han enriquecido con la corrupción, y con arrazar a millones de campesinos de sus «tierritas» para que a las fincas de ellos no pueda vérseles ni el borde limítrofe hasta donde llega su cerca, o que se apoderan a través de la ayuda de quien «¡No se robó un sólo peso!» de los recursos que debían corresponder a los más pobres, y luego nos obnubilan con sus vidas decentes, llenas de reinas de belleza, cantantes, modelos, artistas, alcaldes y empresarios que brotan a borbotones de su árbol genealógico «y como era en un principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos, amén».

¿Cabrá todo ese país en el espaciecito pequeño de un asfalto bogotano en el que quedó tendido el sangrante cuerpo de Dilan Cruz?, en un país humanizado, todos deberíamos correr a tendernos en el piso, y llorar un poco, hasta que todo el país quede tapizado de colombianos y colombianas y sólo quede ese huequito frágil, que a escala será del tamaño de la herida del costado de Cristo.

Podríamos lejanamente atinar a decir en borrosa defensa del agente del ESMAD que dada la distancia no le tiró a dar a él, segúúún, o que no le tiró a dar ahí, justo ahí en la cabeza, pero videos muestran varias cosas, que el arma estaba cargada de algo mucho más letal, de algo que no simplemente aturde, sino que incrusta piel, carne, pellejo, hueso (recalzada le llaman, y es claramente violatorio de derechos humanos, y de los códigos de antidisturbios, y que perdonen si no menciono la crueldad en otros casos, la provocación, la fuerza desmedida e innecesaria de una bolillera anestesiante o una patada voladora con ánimo de decapitar si se pudiera, y la patética idea de las noches de pánico inducido en Cali y Bogotá), también es asombrosa la manera cómo el oficial es incitado, animado a darla a «uno», a «cualquiera», y zas resultó que ese cualquiera era Dilan, y es increíble la manera cómo le atinó como si hubiese estudiado física, y supiera de movimientos semiparabólicos, cual discípulo de Wenher von Braun, y vemos como cae este chico, como miles y miles y miles de personas han caído, y al parecer seguirán cayendo en la historia reciente de este país: como un muñeco. El Esmad ni parece inmutarse ante lo evidente, un manifestante ha caído, y estos manes -y viejas- siguen avanzando en la calle como si fuesen empleados del servicio de limpieza barriendo las hojas de la calle. Los gritos y la desesperación, todo es horrible, y el Esmad continúa impávido, sin señal de dudas, como máquinas, como «terminators».

Y a partir de allí, todos empezamos a rogar por el milagro, algo nos dice, la manera de desplomarse, el punto de la herida, el chorro de sangre, que es letal, sin embargo, no perdamos la fe y la esperanza de que este chico se recupere, nos aferramos más cuando sabemos que marcha por educación, que parece espera un niño, siendo adolescente, y surgen otras preguntas, y se gradúa en dos días, y nos alegramos porque la Universidad Pedagógica le ha abierto cupo para que estudie, pero también nos contrariamos pues todo lo que se necesita en este país para que un joven tenga posibilidades de algo, tantos y tantos bachilleres se quedan con una mano adelante y otra atrás -y no falta que salga el profesional pobre que diga hijueputamente: «Yo me esforcé y yo si pasé en la universidad, que es la misma base de pensamiento egoista, que no le permite entender que forma parte de una minoría, y que en Ciencias Sociales el argumento por la individualidad es erróneo y falaz». Pero nada, que va, no se levantó más Dilan, y yo que estaba rogando que no me tocara escribir este texto, le es más fácil a uno, soñar que este joven se levanta, que da declaraciones, que manifiesta estar orgulloso de marchar, que pateó la bomba lacrimógena para proteger a otros marchantes, que quizás sintió esa adrenalina heroica propia de la adolescencia, de jugar a patear lejos un objeto que te ha lanzado la policía -¡o le llovieron en su mente ese montón de imágenes épicas de Ecuador y de Chile!-, Dilan pudo haber sido un estudiante mío, soy un profesor joven, pero de 16 a 18 años es la edad en que a más personas he tratado, y pues, uno sabe las ganas que ellos y ellas tienen de ir a su grado, incluso los «malos» estudiantes, los perezosos, los que de hecho, no marchan, pues no han entendido el país, por más que uno les haga ver la posición vulnerable en la que están, y más si son pobres, negros, indígenas, homosexuales, mujeres.

Debía ser Dilan un chico muy valioso, yo he visto ante mí una bomba lacrimogena caer y empezar a botar ese humo veeerde y espeso, y doblándole la edad a él, lo único que he atinado es a correr, no a pensar en el resto. Duelen esas muertes repentinas cercanas a ceremonias de grado, a olor a diciembre, a velitas, a 24, a 31, y llega Janus, ese dios romano de las dos puertas y nos dice que dejemos el año viejo atrás, que todo va a ser mejor… Peeero parece que este no es país para viejos, ni para jóvenes, ni para niños. Tengo un hijo, que le gusta la veterinaria, y pues aspiro a que algún día estudié en la Universidad Nacional o en la de Antioquia, ¿Sentiré miedo cuándo haya protestas, Cuándo me diga «papi estoy marchando», Si de alguna manera fue una vida a la que lo induje, pues le mostré el país, le hablé de derechos, de la posibilidad mejorar el país?.

Sigo viendo un impulso inmenso en estos momentos de calor y esfervescencia, en que se agitan vientos continentales y mundiales de protesta, de que hay una porción inmensa del país, que quiere otro país, para hacerlo país para viejos, país para jóvenes, país para niños, país para mujeres, o acaso no recuerda a Rosa Elvira Cely, y es que todas las formas de violencia de este país terminan de una u otra forma relacionadas, por qué parecieran haber anidado en nuestra psique, así como la corrupción y el clientelismo, el bala es lo que hay, bala es lo que viene si no marica, el último. Y sin la intención de sonar parcializado, porque deshonesto en estas cosas no soy, el país que está marchando, que lo siento inmensamente más numeroso que el otro país, fundamentalmente quiere acabar con dos cosas, y llamémoslas por su nombre: El uribismo y el Neoliberalismo, el primero más fácil de acabar que el segundo, ambos jodieron a Dilan, aunque haya sido en la ciudad donde «manda» Peñalosa, y si este país sigue este rumbo, creo que todos y todas, sólo tendríamos la posibilidad de irnos y dejarlo desocupado, tan vacío que los terratenientes que se enriquecieron robándose cada centímetro del país se cojan hasta el pedacito de asfalto dónde cayó Dilan, o sino programemos un suicidio colectivo, y todos caigamos muertos al lado de ese mismo pedacito de asfalto sin tocarlo, o mejor, sigamos protestando, de múltiples modos, cambiemos de actitud, identifiquemos bien, en dónde reside el mal, y hagámoslo saber en las calles, en las aulas, en los buses, pero sobre todo en las urnas.

Yo también tuve un compañero, que murió asesinado, y que me prometí a mí mismo, que algún día lo mencionaría en un texto, pues curiosamente su entierro fue el mismo día que debía haberse graduado de abogado, un poco como Dilan, muere el día de su grado, el sólo titular nos debería inundar de la más penosa de las tristezas y la más grande de las vergüenzas por el tipo de sociedad que hemos construido y naturalizado, tenemos el hijueputa talento, puntería y precisión para convertir el día más alegre en la vida de una persona y su familia, en el día más triste. Y mi compañero de estudios se llamaba Manuel Mieles, alguien a quien le gustaba leerme, de hecho en esa época escribía yo a mano, y él creía en mi talento, por ello me pedía los manuscritos para él pasarlos sin cobrarme, y así sacarles copia y difundirlos, a Manuel, como a Dilan, y a todos y todas los muertos y muertas que mencioné aquí (Y al montón de gente de la comunidad LGTBI), y a mentes como las del profesor Correa de Andreis, o a deportistas como Andrés Escobar, las mataron por algo que tiene que ver con el conflicto colombiano, la férrea persistencia del egoísmo de aquel que quiere acumular todo para sí, así los demás no puedan vivir siquiera -¡siquiera!- una pobreza con dignidad al ver morir sus más pequeños sueños.

Sueños, sueño que mueren, y gente enojada con vidrios rotos y paredes pintadas. Hoy escribo desde el hermoso pero hijueputa país llamado Colombia, Mañana desde cualquier lugar de un cementerio.

(Y aunque no lo quería escribir, porque deseaba que este chico se salvara, Luego uno… no puede dormir hasta tanto no lo escriba.

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