Las imágenes que circulan en redes sociales sobre la represión de las actuales protestas perfilan una brutalidad de proporciones tan bastas, de una crueldad tan exagerada, que sorprende que aún pueda ser justificada por personas aparentemente normales. Es imposible explicar la finalidad de los armamentos vistos en las calles y el comportamiento de miembros de la fuerza pública recurriendo a hipótesis fantasiosas. Pero Duque insiste en hacerlo, como si creyera que a fuerza de negar lo que está sucediendo pudiera convertir su versión en verdad. Su táctica recuerda las palabras que escribió Milán Garzanti en 1970 sobre los Lager: «la gente dirá que los hechos que cuentan son demasiado monstruosos para ser creídos: dirá que son exageraciones de la propaganda aliada, y nos creerá a nosotros, que lo negaremos todo, no a ustedes».
En su libro Los hundidos y los salvados, Primo Levi caracterizó al nazismo como «una falsificación de la realidad, una negación de la realidad, hasta la huida definitiva de la realidad». Según Levi, esa negación de la realidad para suprimir un crimen, con frecuencia, crea un vacío de memoria que permite al mentiroso fundirse con su personaje y terminar creyendo su propia mentira. Ese fue uno de los artificios que utilizaban los jefes nazis para proteger la conciencia de sus perpetradores. Esto explica, de alguna manera, la complicidad de ciertos sectores colombianos con la violencia sistemática que está siendo perpetrada sobre poblaciones inocentes. El uribismo, con su política de contrainsurgencia, ha ejercido un nivel de corrupción y degradación moral, creando complicidades de mayor y menor envergadura.
En primer lugar, la de los empresarios, los grandes actores invisibles responsables del conflicto armado en Colombia. En segundo lugar, la de los medios de comunicación tradicionales. Su escasa difusión de las violaciones a los derechos humanos ejercidas por el gobierno colombiano contra su propio pueblo constituirá una de las mayores culpas colectivas en la sociedad colombiana y la demostración más clara del grado de vileza que ha normalizado el estado colombiano. Finalmente, la complicidad de las personas que defienden su derecho a la indiferencia y se escudan tras una supuesta neutralidad ante el malestar social y los abusos cometidos, cuando en circunstancias como estas ser tibios es criminal. Aquí se ubican las élites y los que quieren acceder a ella. Todos fabrican y reproducen su propia mentira: aquí no está pasando nada.
Pero sí está pasando. De hecho, lo ocurrido ya es demasiado grande para quedar oculto. Además, ha sido registrado con fotografía y video de manera continua y masiva. El poder de las imágenes para incriminar a los perpetradores supera la capacidad de engaño del gobierno de Duque y su intento desesperado por borrar la memoria de lo que está sucediendo. Al estado colombiano se le cayó el maquillaje. Y sus instituciones, por poderosas que parezcan ahora, en el futuro serán incapaces de eximir a los individuos que hacen el trabajo sucio de la responsabilidad de sus propios actos. Duque acabará repitiendo las palabras que Oswald Kaduk, miembro de la SS alemana durante la era nazi, pronunció en el banquillo en 1963: “Yo no fui responsable. Solo fui un mandado. Solo cumplía las órdenes de mis superiores”. Poco valdrá, pues Colombia ya no olvida.



