Hoy celebramos el día de velitas, que conmemora la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. Vemos luces y arbolitos de navidad por doquier, escuchamos la tradicional música decembrina, nuestros pequeños escriben cartas al Niño Dios y un ánimo diferente se percibe en todos lados: más alegría y más esperanza.
Está por terminar este 2020 que ha sido un año difícil para muchos y que nos enfrentó a situaciones complejas y escenarios para los que tal vez no estábamos preparados. Viviremos una navidad diferente de las anteriores en la cual, ahora más que nunca, es importante reflexionar y hacer un balance personal, emocional, intelectual y espiritual de este año. En ese sentido, propongo algunas reflexiones que pueden ayudarnos a establecer el resultado.
En primer lugar, la pandemia nos enfrentó a la muerte, nos obligó a hablar de ella, nos llevó a sentirla más cerca y a percibir con mayor claridad la fragilidad humana y la posibilidad de perder a familiares, amigos o nuestra propia vida en cualquier momento. Preguntémonos:
- ¿Falleció alguno de nuestros seres queridos? ¿Qué aprendimos de esa pérdida?
- ¿Comprendimos la importancia del autocuidado? ¿Lo aplicamos?
- ¿Estamos sanos y nuestros seres queridos también?
- ¿Les expresamos y demostramos constantemente nuestro amor?
En esa misma línea, este año tuvimos la oportunidad de vivir más en familia, de unirnos y compartir con ellos tiempo de calidad:
- ¿Aprovechamos esa oportunidad?
- ¿Disfrutamos ese tiempo? ¿Lo disfrutan ellos también?
- ¿Nos conocimos mejor?, ¿Aprendimos algo nuevo y valioso de familia y amigos?
- ¿Fortalecimos nuestras relaciones con ellos?
Otro aspecto importante es que dejamos de pensar solo en nosotros. Vimos personas morir, sufrir y sobrevivir y bosques enteros y miles de animales perecer en catástrofes o simplemente, por hambre; despertaron nuestra empatía y nos hicieron comprender que somos vulnerables y que esa pérdida que vemos hoy en el otro, mañana puede ser nuestra. Tal vez muchos quisimos ayudar de corazón; algunos lo logramos y otros no tuvimos oportunidad o medios para hacerlo; cabe preguntarnos:
- ¿Ayudamos a quien pudimos ayudar?
- ¿Servimos a quien pudimos servir?
- ¿Qué nos impidió hacerlo?
Por último, las apariencias y los bienes materiales pasaron a segundo plano. El trabajo desde casa, o el no tener trabajo, nos permitió pasar de la ropa de marca y los accesorios costosos a vivir con ropa cómoda, a dejar de gastar en cosas que no necesitamos; nos desafió a superar nuevos retos, a despertar nuestra creatividad y empeño y a enfocarnos en otros aspectos de la vida. En ese sentido:
- ¿Salimos adelante al enfrentarnos a situaciones adversas o difíciles?
- ¿Hicimos algo nuevo, algo diferente, algo que queríamos hacer y lo habíamos pospuesto?
- ¿Logramos nuestros objetivos?
- ¿Ampliamos nuestros conocimientos, reforzamos nuestras habilidades o exploramos nuevas capacidades?
- ¿Equilibramos nuestra vida laboral y personal?
- ¿Somos felices?
La respuesta a estas preguntas reside en cada uno de nosotros, en nuestras vivencias y en la forma en que enfrentamos la vida y procuramos avanzar frente a los diferentes obstáculos que se nos presentan.
Sin embargo, es importante descubrir que hay mucho por agradecer; mucho que podemos cambiar, modificar o hacer mejor o diferente; muchos objetivos por cumplir; y mucho y muchos por quienes vale la pena seguir adelante. ¡Vamos con todo!


