- ¿En qué momento olvidamos el espíritu navideño?
En mi niñez, apenas asomaba diciembre en el calendario cuando ya la cuadra entera se reunía para decorar nuestra calle y sus andenes, postes y jardines. Todos los vecinos participaban: doña María ponía música, don Pedro llevaba la pintura y las brochas, don José prestaba la escalera, doña Carmen nos daba tinto a todos, los Alonso dibujaban el Papá Noel y el arbolito en la mitad de la calle, y las Tamayo y sus novios y amigos, todos de la misma cuadra, ponían las guirnaldas y los demás adornos en los postes de energía y los techos de las casas, mientras nosotros jugábamos y veíamos sorprendidos cómo la magia se apoderaba de todos alrededor.
En las noches la calle se transformaba en la casa de todos. Alrededor del pesebre comunal dejábamos las cartas al Niño Dios y se recogía comida, ropa y juguetes para entregar en la iglesia del barrio como donación para familias o personas menos afortunadas.
Nos reuníamos a rezar la novena y cantar villancicos al compás de instrumentos que pasaban de mano en mano sin egoísmo, mientras de no-se-sabe-dónde salían pocillos y pocillos de aguadepanela y carajillo, acompañados de natilla y de una cantidad infinita de postres, colaciones y todo tipo de deliciosos manjares navideños preparados en ollas enormes en diferentes casas; todo distribuido salomónicamente entre los presentes, fueran vecinos o no.
El veinticuatro era mejor. Cada familia daba cuanto podía y recibía en la misma medida y con el mismo amor hacia los demás; todos sacaban los muebles al frente y compartíamos un maravilloso derroche de comida, risas, amistad, bebida, besos, abrazos y felicidad.
Los tiempos cambiaron y aunque se fue disminuyendo el número de personas, las costumbres continuaron. De la cuadra pasamos a la casa. Manjares, sonrisas, bebidas y amor continuaron; y cada vez que sonaba el timbre y veíamos entrar a tíos, primos, abuelitos y todo familiar que quisiera unirse, era mayor nuestra alegría. No importaban los regalos, aunque esperábamos a que dieran las doce para poder abrirlos, era simplemente la enorme felicidad y fortuna de compartir con nuestros seres queridos. La magia seguía allí.
«No hay nada más triste en este mundo que despertarse la mañana de Navidad y no ser un niño», dijo hace algún tiempo Erma Bombeck, una famosa comediante estadounidense; infortunadamente, a medida que crecemos, perdemos el verdadero sentido de la navidad y ese espíritu desinteresado y amoroso de nuestra niñez.
¡Recuperémoslo entonces! Este año, más que cualquier otro, recordemos que la navidad es para agradecer los bienes espirituales y no los materiales; que es una época para dar y no para recibir; que en este tiempo debemos olvidar nuestras preocupaciones diarias para enfocarnos en desbordar amor, unión y paz con nosotros mismos, con nuestras familias y con nuestros semejantes.
También es el tiempo perfecto para enseñar a nuestros niños que más allá de las cosas materiales, son esos enormes regalos espirituales, que tal vez hoy valoramos un poco más, los que en verdad recordaremos, como pasar tiempo juntos, poder tener a nuestros seres queridos con nosotros, vivir en paz y armonía, agradecer todo lo que tenemos, y aprender unidos el valor de saber sin cuántas cosas somos felices. ¡Feliz navidad!


