La reciente difusión de una fotografía en redes sociales con diferentes rótulos que muestra al alcalde Dumek Turbay Paz junto al abogado y veedor ciudadano Héctor Pérez Fernández y sus hijos, ha generado distintas interpretaciones. Si bien se aclaró que la imagen fue tomada en 2024, en el contexto de una reunión para tratar temas de seguridad y garantías para veedores amenazados, la circulación de la foto como si fuera reciente abrió espacio a especulaciones y reacciones públicas.
Más allá de la intención con la que fue publicada, la imagen ha puesto sobre la mesa un tema que merece una mirada serena: los vínculos familiares de líderes sociales con entidades públicas, y los debates éticos que pueden derivarse de ello.
De acuerdo con información obtenida por 724 | Noticias, los dos hijos de Héctor han tenido vínculos contractuales con el Distrito de Cartagena: uno de ellos en el área de Talento Humano de mayo a noviembre del año anterior por 33 millones de pesos y otro con un contrato vigente en Distriseguridad en jurídica por seis meses por valor de $30 millones. Esto no representa, desde el punto de vista legal, una irregularidad —pues el derecho al trabajo es constitucional—, pero sí abre espacio para un análisis más amplio sobre los límites y exigencias de quienes ejercen roles de veeduría o control social.
Pérez ha sido reconocido como un veedor activo y crítico frente a las administraciones de turno, y ha insistido en la independencia de su familia respecto a sus decisiones políticas. Sin embargo, la situación invita a reflexionar sobre los desafíos que enfrenta la ciudadanía al exigir transparencia, incluso en lo que respecta a los entornos más cercanos de quienes ejercen este tipo de liderazgos.
En un país donde la confianza institucional es frágil y las relaciones entre poder político y ciudadanía están marcadas por la sospecha, el compromiso ético debe ir más allá de lo legal. La percepción pública, en estos casos, también influye en la credibilidad del ejercicio de control ciudadano.
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Este episodio no debe entenderse como una condena, sino como una oportunidad para abrir un debate necesario: ¿Qué estándares deben guiar el comportamiento de quienes vigilan la administración pública? ¿Cómo lograr que la veeduría ciudadana sea transparente no solo en su discurso, sino en todo su entorno?
Porque en tiempos de polarización y desinformación, el valor de la coherencia ética se vuelve esencial para construir legitimidad y confianza en quienes representan la voz crítica de la sociedad.

