Hoy no escribe el analista, ni el reservista, ni el abogado, ni el ciudadano que reclama. Hoy escribe un ser humano que cree. Un cristiano que, con el corazón en la mano y la mirada al cielo, suplica a Dios Todopoderoso —dador de la vida— que calme las lluvias, que aquiete los ríos y que tenga misericordia de su pueblo.
Córdoba sufre. Montería gime. Sucre resiste. Bolívar llora en silencio. Pero es Córdoba —desde su capital hasta sus zonas rurales— la que hoy soporta el peso más duro de una tragedia que no cabe en cifras ni titulares. El agua ha tomado lo que no le pertenece: casas, cultivos, animales, recuerdos y, en algunos casos, la vida misma. Se desbordaron los ríos, pero también el dolor.
Frente a esta realidad, el cristiano no grita primero: ora. No acusa de entrada: examina su conciencia. No se cree dueño de la verdad: se reconoce pequeño. “Clama a mí, y yo te responderé” (Jeremías 33:3).
Hoy clamamos, Señor. Desde el barro, desde los techos improvisados, desde los albergues, desde las orillas rotas del río Sinú. Clamamos no solo para que cesen las lluvias, sino para que despierte el corazón humano.
Porque en medio de esta tragedia surge una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿Qué está pasando realmente? ¿Es solo un fenómeno natural? ¿Es una prueba? ¿O también hay responsabilidad humana?
La fe cristiana no permite señalar a las víctimas como culpables. Hacerlo sería una crueldad incompatible con el Evangelio. Cristo fue claro al rechazar la idea de que el sufrimiento sea un castigo directo por el pecado personal (Lucas 13:1-5). Nadie merece perderlo todo bajo el agua. Nadie “pecó” para que su casa se inundara.
Pero la fe tampoco nos autoriza a cerrar los ojos ante la negligencia, la desidia, el abandono histórico, la falta de planeación, la corrupción que drena recursos y la ausencia del Estado donde más se le necesita. Allí sí hay pecado. Pecado social. Pecado estructural. Pecado de omisión. “El que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado” (Santiago 4:17).
- ¿Se limpiaron los cauces?
- ¿Se protegieron las riberas?
- ¿Se atendieron las advertencias técnicas?
- ¿Se priorizó la vida o el cálculo político?
Estas preguntas no nacen del rencor, sino del amor por la verdad. Porque la fe cristiana no es evasión de la realidad; es compromiso con ella.
Hoy, al ver a familias enteras aferradas a lo poco que les queda, comprendemos mejor las palabras del salmista: “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Salmo 46:1).
Y ese auxilio se manifiesta también a través de manos humanas: soldados, socorristas, voluntarios, campesinos ayudándose entre sí, mujeres cocinando para todos, hombres cargando lo que el agua no logró llevarse. Allí está Dios. No en el ruido, sino en la solidaridad.
Este es un acto de contrición colectiva. No para autoflagelarnos, sino para corregir el rumbo. Para recordar que cuidar la tierra es un mandato divino: “El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara” (Génesis 2:15).
Cuando descuidamos la creación, cuando urbanizamos sin conciencia, cuando talamos sin responsabilidad, cuando gobernamos sin previsión, la naturaleza —que no es enemiga— termina presentándonos la factura.
Hoy, desde la fe más sencilla y más honesta, pedimos tres cosas:
- Misericordia. Que Dios tenga compasión de Córdoba, Sucre y Bolívar. Que el cielo se serene y las aguas regresen a su cauce.
- Conversión. Que autoridades, gobernantes y ciudadanos entendamos que la vida humana está por encima de cualquier interés. Que la prevención no es un lujo, sino un deber moral.
- Esperanza. Porque incluso en el lodo, Dios no abandona.
“Los que siembran con lágrimas, cosecharán con alegría” (Salmo 126:5). Que esta tragedia no nos endurezca, sino que nos una. Que del dolor brote responsabilidad. Que de la fe nazca acción. Y que cuando el agua baje, no baje también la memoria. Hoy oramos. Mañana reconstruimos. Con Dios al frente y con la conciencia despierta.





