Lo que comenzó como una iniciativa comunitaria para recolectar fondos terminó convirtiéndose en un ejemplo de organización ciudadana y trabajo conjunto con el Estado. En el barrio El Paraíso de El Carmen de Bolívar, sus habitantes pasaron de vender arroz chino en las calles a ver pavimentada una vía que durante años fue símbolo de abandono.
La historia se remonta al 24 de noviembre de 2024, cuando los residentes del sector, cansados de esperar soluciones, decidieron organizarse para recaudar recursos. A través de la venta de arroz chino —preparado en fogones improvisados y con el esfuerzo colectivo del barrio— comenzaron a reunir fondos con un objetivo claro: mejorar las condiciones de su calle.
La iniciativa no solo permitió recoger dinero, sino que fortaleció el sentido de comunidad. Cada plato vendido representaba un aporte al sueño común de dejar atrás el polvo, el barro y las dificultades de movilidad que por años afectaron a los habitantes.
Meses después, el esfuerzo encontró respaldo institucional a través del programa COMPI (Construcción de Obras Motivadoras de Participación Integral), estrategia impulsada por la Gobernación de Bolívar que busca articular el trabajo entre las comunidades y las Juntas de Acción Comunal para ejecutar obras locales.
Gracias a esta articulación, el 9 de agosto de 2025 iniciaron las obras de pavimentación en el barrio. Los trabajos avanzaron incluso en jornadas nocturnas, mientras la comunidad asumía un rol activo como veedora del proceso, vigilando la calidad y el cumplimiento de la obra.
El proyecto fue destacado por el gobernador de Bolívar, Yamil Arana, quien a través de redes sociales resaltó el resultado como un ejemplo de trabajo conjunto entre ciudadanía e institucionalidad.
Hoy, la calle pavimentada es más que una mejora en infraestructura: representa el resultado de la organización comunitaria, la perseverancia y la corresponsabilidad. Para los habitantes de El Paraíso, no se trata únicamente de concreto, sino de un logro construido paso a paso, desde la iniciativa propia hasta la ejecución final.
Este caso se suma a otras experiencias similares en el departamento, donde el programa COMPI ha permitido transformar espacios a partir de la participación activa de las comunidades.
La historia de este barrio deja una lección clara: cuando la ciudadanía se organiza y encuentra canales de articulación con el Estado, los proyectos dejan de ser promesas y se convierten en realidades tangibles.



