Hay dolores que el tiempo no cura; apenas enseña a soportarlos. Hay ausencias que nunca terminan de aceptarse porque quedan viviendo para siempre en los rincones más profundos del alma. Y hay fechas que se convierten en eternas cicatrices del corazón. Para mí, el 8 de mayo de 2016 es una de ellas.
Aquel domingo, cuando el mundo se preparaba para celebrar el Día de las Madres, mi familia y yo vivimos la despedida más dolorosa de nuestras vidas: mi padre, Silverio Ricardo Herrera Arrieta, emprendía su viaje definitivo hacia la eternidad, hacia el encuentro con Dios.
Han pasado diez años desde aquel instante y todavía me parece escuchar el eco de su voz pausada, de sus consejos sencillos cargados de sabiduría, de sus pasos lentos de hombre noble que dedicó toda su existencia al trabajo, al esfuerzo y al amor incondicional por su familia. Porque mi padre no fue un hombre de riquezas materiales, pero sí fue inmensamente rico en dignidad, principios y valores. Y hoy, en tiempos donde el mundo parece olvidar lo esencial, entiendo aún más la inmensa fortuna que significó haber sido su hijo.
Nació el 28 de febrero de 1928 en las sabanas de San Pedro, casi tocando un año bisiesto. Desde niño conoció el rigor de la tierra, el peso del sol sobre la espalda y el cansancio de las jornadas interminables. Fue campesino antes de entender muchas de las injusticias de la vida. Sus manos agrietadas no hablaban de pobreza; hablaban de esfuerzo, de perseverancia y de amor silencioso por los suyos.
Fue uno de esos hombres que jamás necesitaron títulos universitarios para convertirse en verdaderos maestros de vida.
Mi padre apenas aprendió a escribir su nombre. Nunca pasó por una escuela ni conoció los privilegios de quienes nacen rodeados de abundancia. Sin embargo, fue el hombre más sabio que he conocido. Porque la verdadera educación muchas veces no vive en los libros, sino en el ejemplo silencioso de un padre honrado.
“El viejo Colacho”, como cariñosamente lo llamábamos por su calvicie y su inseparable sombrero —haciendo honor al inmortal Colacho Mendoza—, fue mi brújula moral, mi guía y mi mayor ejemplo. Él me enseñó la responsabilidad cuando apenas era un niño; me habló de ética mucho antes de que yo entendiera esa palabra; me enseñó que la honradez vale más que cualquier riqueza y que un hombre pobre puede dormir tranquilo cuando tiene la conciencia limpia.
Hoy, superando los cincuenta años, puedo decir con absoluta humildad que todavía no logro siquiera acercarme a la grandeza humana que tuvo mi padre a la edad que hoy tengo. Porque existen hombres que no envejecen: se convierten en monumentos morales para sus hijos. Y mi padre fue exactamente eso.
Recuerdo que, aun golpeado por la diabetes, la hipertensión y los achaques inevitables de la edad, parecía invencible. Los años encorvaron su espalda y llenaron de arrugas su rostro, pero ninguna de esas marcas hablaba de derrota. Cada arruga era la huella de una batalla librada por sacar adelante a su familia; cada cana era una historia de sacrificio silencioso.
Muchos padres se ausentan y regresan después de algún tiempo. Otros deciden alejarse de sus hijos mientras siguen vivos. Pero existen padres como el mío, que aun después de muertos permanecen presentes en cada decisión, en cada consejo recordado, en cada amanecer difícil y en cada noche de incertidumbre.
Diez años después de su partida, todavía sigo sintiendo la necesidad de tenerlo cerca. Hay días soleados en los que levanto la mirada buscando una señal suya en el cielo. Hay noches silenciosas en las que daría cualquier cosa por escuchar nuevamente su voz llamándome hijo. Porque uno jamás termina de acostumbrarse a la ausencia de un padre bueno y entonces comprendo que el verdadero amor nunca muere. Solo cambia de lugar.
Hoy solo puedo elevar mi mirada al cielo y decir: Gracias, Dios, por haberme regalado el privilegio de tener el padre que tuve. Gracias por cada año que nos permitiste compartir a su lado. Gracias por ese maestro sin diplomas, por ese amigo sincero, por ese hombre humilde que sembró en nosotros el amor, el respeto, la fe y la dignidad. Porque mientras uno de sus hijos respire, Silverio Herrera Arrieta jamás morirá del todo. Como escribió el apóstol Pablo en 2 Timoteo 4:7: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.” Y como dijo Victor Hugo: “No hay nada más poderoso que el corazón de un padre dejando huellas en la vida de sus hijos.”



