Hace más de 20 años no regreso a Caracol, pero nunca me fui del todo. Esta es la historia del pueblo donde nació mi padre, donde mi abuela Edelmira cocinaba en leña, donde vendí bolis de niño y donde aprendí que la verdadera riqueza era el cariño.
Han pasado más de cuatro décadas desde aquellas primeras visitas de infancia al pueblo de mi padre, y más de veinte años desde la última vez que pisé sus calles. Sin embargo, puedo recorrerlo con los ojos cerrados. Sé que ya cambió, como cambian inevitablemente las cosas con el azote del tiempo, pero lo que yo guardo no es su presente, sino la imagen viva de lo que fue: un camino de tierra que se reconoce sin esfuerzo, volviendo a pisar en el recuerdo las mismas esquinas, los mismos patios y aquellos saludos que quedaron suspendidos en el aire de la niñez.
Caracol, en el departamento de Sucre, permanece en mí pensamiento como un territorio hecho de costumbres antiguas. Allí los recuerdos no se desprenden; se quedan adheridos a las casas de bahareque, a las puertas entreabiertas, a las mecedoras y taburetes en las aceras durante las tardes de calor y a esa forma tan nuestra de llamarse de una esquina a otra, como si el pueblo entero habitara en una sola voz alta. En mis recuerdos todo sigue en su sitio, como si la vida hubiera aprendido a repetirse con paciencia, esperando —sin un solo reproche— que vuelva a sentarme en la sombra de siempre.
Yo nací en el barrio Paraíso Puerta Roja de Sincelejo, pero crecí un poco en Caracol, ese pequeño corregimiento de Toluviejo escondido entre caminos de arena, piedras, arroyos y montes donde resistían mis abuelos paternos, Juan y Edelmira.
Llegar allí era entrar en otra lógica del mundo. El tiempo no se medía en relojes, sino en cantos de gallo y en la hora exacta en que pasaba el último bus para Sincelejo. No había energía eléctrica, ni televisores, ni agua potable, ni neveras. Las noticias llegaban por la radio y la vida por caminos polvorientos. Las calles principales estaban marcadas por el rastro de las volquetas que iban hacia el corregimiento Las Piedras a cargar arena. En verano, el polvo era una niebla amarilla suspendida en el aire; en invierno, el barro se tragaba los pasos de la gente como si quisiera retenerlos para siempre en la memoria de la tierra.
Pero a nosotros nada de eso nos importaba. Allí estaban los abuelos. Y sobre todo mi abuela Edelmira, que tenía la sagrada costumbre de convertir la vida en un acto de cuidado permanente. Nunca preguntaba si habíamos comido, porque daba por hecho que el fogón siempre guardaba algo. Nunca preguntaba si queríamos quedarnos, porque la casa era nuestra mucho antes de que llegáramos. Era una mujer pequeña de corazón grande que hacía del cariño la única forma posible de organizar el mundo.
En ese pueblito vivía casi toda la familia de mi padre, Diógenes —hoy sembrado en el recuerdo—, y mi madre Angelmina, una mujer tan querida por sus suegros, cuñados y vecinos que su sola presencia parecía ensanchar el mapa del pueblo.
Cuando entrábamos por una de las callecitas de Caracol buscando llegar primero a la casa de mis abuelos, nunca hacía falta anunciar nuestra llegada. Alguien nos veía pasar y la voz comenzaba a correr de cerca en cerca hasta convertirse en una especie de pregón familiar: “¡Llegaron los hijos de Diógenes!”. Entonces las sonrisas aparecían en las ventanas, las puertas se abrían y el pueblo parecía despertar de golpe. En aquella frase cabían el orgullo por mi padre, el cariño que sentían por mi madre Angelmina y el afecto de una familia que nunca nos hizo sentir visitantes.
Las casas de mis tías se disputaban nuestra presencia en una competencia silenciosa de afecto. Una exigía que fuéramos a desayunar, otra reclamaba que nos esperaba la hora del almuerzo, otra tendía la cama para la noche. Siempre aparecía una gallina, unos huevos criollos, un buen suero atolla buey; cualquier pretexto era sagrado para vestir la mesa. Eran tiempos donde la riqueza no se medía en billetes, sino en la capacidad de cobijar al otro.
El día estallaba temprano con el cantar de los gallos, un despertador sin fallas. Con el primer rastro de luz llegaba el guapirreo, ese lenguaje de voces cruzadas que quebraba la distancia sin necesidad de verse las caras: “¡Epa, compae!”, “¡Ajá, cómo amaneció!”, “¡Buenos días!”. “Oh mayo ya está el café?”. Era la confirmación diaria de que el mundo seguía en pie y de que nadie estaba solo.
Al mediodía o al caer la tarde, el pueblo se imantaba alrededor de la radio. Ahí se escuchaban los partidos, radionovelas como Arandú, Kaliman, el acontecer nacional y los vallenatos. La radio no informaba: unía. Era el hilo invisible que conectaba a Caracol con el mundo, sin obligarlo a perder su propio ritmo.
El transporte también se regía por un código moral. Apenas dos buses conectaban al corregimiento con Sincelejo, y el último pasaba puntual pitando a las cuatro de la tarde. Por eso, el grito de guerra en cada casa era: “¡Apúrate, que te deja el bus!”. Pero hasta esa ley tenía excepciones humanas. Antes de arrancar, el conductor miraba el panorama y preguntaba por los ausentes, porque nos conocía a todos por el nombre de pila. “Esperemos, que falta Fulano”, decía. Y el bus esperaba. Nadie protestaba. El tiempo, allí, todavía pedía permiso para pasar.
Las noches eran otro reino. A las seis de la tarde se encendían las lámparas de gas, pequeñas constelaciones domésticas que rasgaban la penumbra absoluta. A lo lejos, algún campesino regresaba del monte a lomo de burro, confundiéndose con las sombras. Para ir de una casa a otra usábamos linternas de mano de esas que usaban dos o tres pilas. A veces jugábamos cartas mientras escuchábamos historias de brujas reales y espantos que nos erizaban la piel.
Dormíamos en camas de lona —las entrañables camas de tijera—, arropados por colchas de retazos que manos pacientes cosieron para transformar los retazos en abrigo. Cada colcha era un mapa de colores.
Y al despertar, los desayunos de la abuela Edelmira obraban el milagro. El fogón de leña encendido desde la madrugada inundaba la casa con un humo aromático que todavía hoy me persigue el olfato. Patacones de plátano amarillo, yuca harinosa, carne guisada lentamente bajo el tizón… todo servido con la abundancia de quien desconoce la escasez. La nevera de la casa era una tinaja de barro que mantenía el agua tan fresca como si la misma tierra supiera cómo conservar lo esencial.
Cuando tenía como 13 o 14 años mi madre me propuso que vendiera bolis en el pueblo, ella preparaba sabores que parecían imposibles: coco, chocolate, aguacate, patilla, cola con leche, níspero, zapote. Yo me instalaba a venderlos en la esquina de la tienda de mi tío Eladio, mientras mi padre viajaba en la volqueta a comprar arena en los arroyos.
Era un comercio de infancia, pero también mi primera gran lección de vida. Un imperio de sabores que llegó a su fin el día que entró la electricidad y llegaron las neveras; entonces el hielo dejó de ser una promesa mágica para convertirse en una rutina más.
Ir a Caracol era una aventura que comenzaba mucho antes de emprender el viaje. Desde la víspera ya se sentía la emoción de volver a ver a los abuelos, a los tíos y a los primos. A veces viajábamos en bus; otras, en el Nissan rojo de mi tío Plinio, que por aquellos años era casi un símbolo de prosperidad y despertaba la admiración de medio pueblo. Y muchas veces nos íbamos en la chaza del volteo, sentados sobre un pequeño banco de madera o agarrados de la llanta de repuesto, con el viento golpeándonos la cara y las carcajadas perdiéndose entre el ruido del motor.
Cuando aparecía el corregimiento La Palmira sabíamos que faltaba poco para llegar; después venían Los Altos y, casi sin darnos cuenta, comenzaba a asomarse Caracol en el horizonte, como si el pueblo saliera a nuestro encuentro. En ese instante el corazón se aceleraba porque sabíamos que detrás de aquellas primeras casas estaban los abrazos de los abuelos, las voces de los tíos y la alegría de los primos esperándonos. Nadie hablaba del polvo, del calor o de las incomodidades del camino. Cuando se viaja hacia un lugar donde lo quieren a uno, el trayecto deja de ser un viaje para convertirse en felicidad.
En la memoria se quedaron grabadas las parrandas familiares, los regresos cantando versos improvisados y mi papá cantándole a su hermano Plinio con el alma abierta. Cantaba “Mi hermano y yo” de los Zuleta, esa canción que Poncho y Emiliano inmortalizaron y que parecía escrita con la misma sangre que nos corría por las venas.
Años después, la vida dio un vuelco. Volví a Caracol, pero esta vez con una cámara y un micrófono como periodista de televisión. El niño que vendía bolis en la esquina de la tienda del tío Eladio regresaba transformado en «Jota Jota Verbel», un nombre con eco en la radio, la prensa y las pantallas. Aún recuerdo a mi tía Norys pronunciando ese nombre con el pecho inflado, como si cada sílaba fuera una victoria colectiva de la estirpe.
A mis tíos y tías que ya partieron los evoco con una ternura que no requiere explicaciones. A mis primos y primas los llevo tatuados en el alma. Siempre estuvieron ahí para el abrazo, la anécdota y la carcajada. El tiempo y la vida nos dispersaron, pero jamás lograron borrarnos.
- La sombra de la violencia y el retorno prometido
Hace casi veinticuatro años la realidad me asestó un golpe seco: tuve que salir desterrado de Sincelejo. La violencia paramilitar le puso precio a mi cabeza en el momento más álgido y fecundo de mi carrera periodística. Tuve que arrancar mis raíces del lugar donde mi voz era ley en el dial y en las pantallas. Me fui, sí, pero no del todo. Porque uno jamás abandona los territorios donde fue feliz; simplemente aprende a vivir lejos de ellos.
Hoy, al mirar el camino recorrido, entiendo que Caracol nunca fue un pueblo sin luz. Era un pueblo con otra luz: la del afecto sin dobleces, la de la radio unificadora, la del guapirreo al alba, la del conductor que esperaba, la de las colchas de retazos y las parrandas infinitas de una familia que convirtió la existencia en un acto permanente de amor.
Y sé que voy a regresar. Caminaré de nuevo por esas calles con la actitud de quien vuelve a abrir un libro que jamás terminó de leer. Buscaré la esquina de la tienda de mi tío Eladio, aunque las paredes sean otras. Me detendré a escuchar el silencio antiguo de las noches sin luz, ese silencio espeso que no significaba vacío sino presencia pura, habitado por voces, radios encendidas y vidas entrelazadas.
Y tal vez, en algún rincón del tiempo, como si el pueblo se hubiera negado a olvidarnos, volverá a flotar en el viento sabanero aquella frase que lo resumía todo: “Llegaron los hijos de Diógenes”.
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Entonces comprenderé que el tiempo nunca se marchó. Solo se quedó agazapado en la memoria, aguardando a que yo volviera con los ojos más lentos y el corazón más dispuesto. Porque Caracol no es un punto en el mapa; es una forma de la vida que aprendí a amar sin saberlo. Cuando regrese, no iré solo a mirar el pasado: iré a reconstruirlo con fotografías, a armar el gran álbum de lo que es hoy el pueblo. Iré, en fin, a ponerle un rostro nuevo a un amor que jamás ha dejado de amarse.


