Se acerca el 7 de agosto. Más allá del cambio de gobierno que vivirá Colombia, esta fecha debe convertirse en una oportunidad para que los colombianos hagamos una pausa, miremos al cielo y examinemos nuestro corazón. Ningún país puede construir un futuro sobre el odio, la descalificación permanente y la sed de venganza. Como cristiano, creo que Colombia necesita mucho más que un nuevo rumbo político: necesita una renovación espiritual.
Durante los últimos años hemos visto cómo la polarización ha dejado de ser un debate entre dirigentes para instalarse en las mesas familiares, en los barrios, en las iglesias, en las universidades y en las redes sociales. Amigos dejaron de hablarse, familias se dividieron y la diferencia de opiniones pasó a ser motivo de enemistad. Esa no puede ser la Colombia que heredemos a nuestros hijos.
La Biblia nos recuerda: «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5:9). La paz no significa renunciar a la verdad ni a la justicia. Significa aprender a defender las convicciones sin destruir al prójimo.
Hoy, más que nunca, debemos orar por nuestra nación. Orar por quienes gobiernan y por quienes ejercerán la responsabilidad de gobernar. Orar por las Fuerzas Militares y la Policía Nacional, por los campesinos, los empresarios, los trabajadores, los maestros, los jóvenes y los millones de colombianos que cada mañana salen a luchar honestamente por el sustento de sus familias.
Que no siga corriendo más sangre sobre esta tierra bendita. Que cesen los asesinatos, el terrorismo, la violencia política y la criminalidad que tanto dolor han sembrado. Que la gobernabilidad vuelva a fortalecerse sobre los pilares de la Constitución, el respeto institucional y el diálogo democrático. Que la seguridad regrese a los campos y a las ciudades, pero siempre acompañada de coherencia, sensatez y una auténtica justicia social que dignifique al ser humano.
El apóstol Pablo escribió: «Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos» (Romanos 12:18). Esa exhortación sigue teniendo plena vigencia. No podemos exigir reconciliación mientras alimentamos el resentimiento con nuestras propias palabras.
San Francisco de Asís dejó una oración que conserva toda su fuerza: «Señor, hazme un instrumento de tu paz; donde haya odio, que yo lleve amor.» Y Abraham Lincoln expresó una verdad inmortal: «La mejor manera de destruir a un enemigo es convertirlo en un amigo.» Ambas frases nos recuerdan que la grandeza de una nación no se mide únicamente por su economía o su poder militar, sino por la capacidad de su pueblo para reconciliarse.
El Salmo 33:12 declara: «Bienaventurada la nación cuyo Dios es el Señor.» No se trata de imponer una religión, sino de recuperar valores esenciales como la honestidad, la compasión, el respeto por la vida, la solidaridad y el servicio al prójimo.
En estos días previos al 7 de agosto, más que levantar banderas partidistas, levantemos nuestras manos en oración. Pidámosle a Dios sabiduría para los gobernantes, prudencia para los líderes políticos, serenidad para los ciudadanos y esperanza para quienes sienten que la desesperanza les ha ganado la batalla.
Que Colombia transite de la oscuridad hacia la claridad; del enfrentamiento hacia el encuentro; del miedo hacia la esperanza. Que Dios bendiga a nuestra patria y nos conceda el milagro de volver a reconocernos como hermanos, porque solo una nación unida podrá escribir las páginas más luminosas de su historia.



