El acordeón de Náfer Santiago Durán Díaz fue su compañero durante más de ocho décadas, pero también fue su manera de conversar con el pueblo, de contar historias, de cantar ausencias y de mantener viva una tradición que nació mucho antes de que los grandes escenarios y las industrias discográficas convirtieran al vallenato en un fenómeno nacional.
El Rey Vallenato de 1976, nacido en El Paso, Cesar, y hermano de una de las figuras fundamentales de la música de acordeón en Colombia: Alejo Durán, murió a los 94 años. Su muerte cierra un capítulo de una generación de músicos que aprendieron el vallenato antes de que existieran fórmulas comerciales para hacerlo. Una generación que tocaba para la gente, para las parrandas, para las plazas y para la memoria.
Náfer Durán fue, ante todo, un juglar y ser juglar significaba mucho más que saber tocar un acordeón. Era conocer los caminos, escuchar las historias de la gente, convertir una vivencia en canción y hacer que una melodía pudiera viajar de pueblo en pueblo. En sus manos, el acordeón no era solamente un instrumento: era una forma de narrar.
Durante décadas interpretó los cuatro aires tradicionales del vallenato: paseo, merengue, son y puya. Su repertorio conservó la esencia de una música construida alrededor de la conversación entre el acordeón, la caja y la guacharaca, pero también alrededor de las historias de hombres y mujeres de la región Caribe.
En 1976 llegó uno de los capítulos más importantes de su vida, se presentó en el Festival de la Leyenda Vallenata, en Valledupar, cuando el certamen todavía estaba consolidando su lugar como uno de los grandes escenarios de la música de acordeón. Allí interpretó El estanquillo, Teresita, Déjala vení y Altos del Rosario.
Aquella tarde de competencia, el apellido Durán volvió a quedar escrito en la historia del vallenato. Náfer fue coronado Rey Vallenato. Habían pasado ocho años desde que su hermano Alejo Durán había conseguido la primera corona del Festival, en 1968. Dos hermanos, dos coronas y una misma sangre musical.
Pero había algo particularmente hermoso en aquella historia: Altos del Rosario, una de las piezas que Náfer llevó al concurso, pertenecía precisamente a su hermano Alejo. El acordeón parecía hablar en familia.
Años después, en 1983, el Festival de la Leyenda Vallenata declaró a Náfer Durán fuera de concurso, una distinción reservada para quienes ya habían alcanzado la máxima consagración dentro de la competencia. Pero quizá uno de los capítulos más importantes de su historia ocurrió alrededor de una grabación que, con el paso de los años, adquiriría un valor extraordinario.
En 1976, el mismo año de su coronación, Náfer Durán acompañó con su acordeón a un joven cantante que comenzaba a abrirse camino en la industria discográfica. Su nombre era Diomedes Díaz.
El álbum fue Herencia Vallenata, producción de Codiscos que marcó el debut discográfico del cantante de La Junta. Allí estaba Náfer Durán, ya convertido en Rey Vallenato, poniendo su acordeón al servicio de una voz que con el tiempo llegaría a ocupar un importante lugar en la historia del vallenato colombiano.
Náfer no podía saber entonces la dimensión que alcanzaría aquel joven cantante. Tampoco podía imaginar que aquella grabación terminaría siendo recordada décadas después como uno de los primeros capítulos de la historia discográfica de Diomedes Díaz.
Su acordeón acompañó los primeros pasos discográficos de quien posteriormente sería conocido como el Cacique de La Junta y mientras la carrera de Diomedes comenzaba a despegar, Náfer continuaba caminando por la senda de los juglares, componiendo, interpretando y defendiendo una manera de hacer vallenato que tenía en la tradición su principal argumento.
También escribió canciones. Una de ellas fue Sin ti, composición que nació durante una estancia en Mompox y que estuvo marcada por la ausencia de su esposa, Rosibel Escorcia. En esa canción quedó otra característica de los juglares: convertir la distancia, la nostalgia y la vida cotidiana en música. Porque el juglar no necesitaba inventar historias, le bastaba con vivirlas.
Náfer Durán fue además testigo y protagonista de una época en la que el vallenato comenzó a pasar de las parrandas y los patios a los estudios de grabación, de los pueblos a las grandes ciudades y de la tradición oral a una industria musical que terminaría llevando sus sonidos mucho más lejos de las fronteras del Caribe colombiano, sin embargo, su nombre quedó ligado a una palabra que tiene un significado especial en el vallenato: tradición.
Perteneció a esa estirpe de músicos que entendieron que el acordeón también era memoria. Que cada aire tenía una historia. Que una puya podía desafiar, que un son podía lamentar, que un merengue podía narrar y que un paseo podía convertirse en el lugar donde quedaran guardados los recuerdos.
Ahora que se ha ido, queda su música, su nombre en la historia del Festival de la Leyenda Vallenata, queda la memoria de aquel 1976 en que se convirtió en Rey, el vínculo con Alejo, su hermano, el primer monarca del Festival. Queda aquella grabación en la que su acordeón acompañó por primera vez a Diomedes Díaz, quedan sus composiciones, quedan sus cuatro aires y sobre todo, las historias que durante más de ocho décadas ayudó a mantener vivas.
El vallenato pierde a uno de sus grandes juglares pero los juglares tienen una manera particular de morir, se van ellos, queda su música y mientras alguien vuelva a poner un acordeón sobre las piernas, mientras una caja marque el compás y una guacharaca vuelva a rasgar el silencio de una parranda, Náfer Durán seguirá vivo en la memoria de todos aquellos que amamos la música de acordeón.

