Hay días en los que la humanidad parece cansada. Cansada de las guerras, de la violencia, de las injusticias, de las divisiones y de tantas noticias que nos hacen preguntarnos hacia dónde estamos llevando este mundo. Hay familias que hoy lloran. Hay padres preocupados por el futuro de sus hijos. Hay jóvenes que han perdido la ilusión. Hay personas que sonríen frente a los demás, pero llevan por dentro una batalla silenciosa. Y, sin embargo, en medio de todo eso, hay algo que nadie puede arrebatarnos: la fe.
Cuando las respuestas humanas no alcanzan, queda la oración. Cuando las fuerzas se agotan, queda la confianza en Dios. Cuando el camino parece oscuro, queda la certeza de que el Padre Celestial no abandona a sus hijos. Por eso, este domingo quiero elevar una oración por la humanidad.
Padre Celestial, escucha nuestra oración. Mira a Colombia y mira al mundo. Mira nuestras familias, nuestros hogares, nuestros niños y nuestros jóvenes. Mira a quienes están enfermos, a quienes sufren necesidades, a quienes han perdido a un ser querido y a quienes enfrentan en silencio dificultades que solamente Tú conoces.
Dales fortaleza para continuar. Dale pan al que tiene hambre, esperanza al que está desesperado, consuelo al que llora y una oportunidad al que siente que todas las puertas se han cerrado. Protege a quienes arriesgan su vida sirviendo a los demás. Acompaña a nuestros soldados y policías, a nuestros médicos, enfermeros, maestros, campesinos, trabajadores y a todos aquellos que cada día cumplen con su deber buscando el bienestar de los demás.
Bendice nuestras familias. Que en nuestros hogares vuelvan a existir el diálogo, el respeto, el perdón y el amor. Que ningún problema sea más grande que la voluntad de permanecer unidos.
Que nuestros hijos encuentren en sus padres un ejemplo y no solamente una autoridad; que encuentren un abrazo, una palabra de orientación y una razón para creer en el futuro.
Padre Celestial, también te pedimos por quienes tienen en sus manos decisiones que afectan a millones de personas. Dales sabiduría para gobernar, humildad para reconocer sus errores y sensibilidad para entender el sufrimiento de quienes más necesitan protección y oportunidades.
Pero también te pedimos por nosotros. Ayúdanos a dejar de señalar al otro y comenzar a revisar nuestro propio corazón. Enséñanos que la paz comienza en casa, que el perdón libera y que una palabra amable puede cambiar el día de alguien.
Que nuestra fe no sea solamente una expresión de domingo. Que sea nuestra fuerza cada día. Porque orar no significa quedarse de brazos cruzados. Significa actuar después de haber puesto nuestras preocupaciones en las manos de Dios. Significa trabajar, luchar, servir y seguir adelante, confiando en que no caminamos solos.
Tal vez hoy alguien necesite escuchar precisamente esto: no pierdas la esperanza. Puede que todavía no veas la respuesta, pero eso no significa que Dios no esté obrando. Puede que la puerta todavía no se haya abierto, pero eso no significa que permanecerá cerrada para siempre. Puede que la noche parezca demasiado larga, pero después de la oscuridad siempre vuelve a amanecer.
Este domingo, hagamos de la oración nuestro refugio. Oremos por nosotros, por nuestras familias, por Colombia y por toda la humanidad y cuando no sepamos qué decir, simplemente digamos: “Padre Celestial, aquí estoy. Confío en Ti. Haz Tu voluntad en mi vida y no permitas que pierda la fe”. Porque mientras exista fe en el corazón, siempre habrá una razón para levantarse. Y mientras podamos orar, nunca estaremos solos.

