El 3-2 ante Boca Juniors de Cali puede quedar registrado como otra derrota. Pero lo que ocurrió alrededor del partido vuelve a poner sobre la mesa preguntas que Real Cartagena ya no puede seguir aplazando.
Hay derrotas que duelen por el resultado y hay derrotas que, además del marcador, dejan preguntas incómodas. Lo ocurrido en el estadio Jaime Morón durante el partido entre Real Cartagena y Boca Juniors de Cali pertenece a esta segunda categoría.
El equipo auriverde perdió 3-2 después de estar abajo 0-3. Pero mientras el conjunto intentaba reaccionar en la cancha, la tensión crecía en las tribunas, hasta el punto de que un sector de aficionados ingresó al terreno de juego y fue necesaria la intervención de la fuerza pública. Entonces, el partido dejó de ser solamente un partido.
En medio de ese ambiente apareció una declaración que puede tener repercusiones mucho mayores que los tres puntos perdidos: Antonio Díaz, accionista del club, anunció públicamente que la familia Díaz se retiraría del proyecto y que no continuaría asumiendo pagos de nómina, según sus propias declaraciones durante la transmisión.
Si esa decisión se mantiene, la pregunta deja de ser exclusivamente deportiva. ¿Qué viene ahora para Real Cartagena? Porque un club profesional no puede permitir que una derrota termine convirtiéndose en una incertidumbre sobre su estructura financiera, administrativa o accionaria y aquí comienza la verdadera discusión: el problema no es perder. Eso hace parte del fútbol.
Real Cartagena podía perder contra Boca Juniors. Podía remontar parcialmente. Podía jugar mal, jugar bien, equivocarse o incluso quedar eliminado de una posibilidad deportiva. Nada de eso debería resultar extraordinario. Lo verdaderamente preocupante es que una noche de fútbol vuelva a terminar con interrogantes sobre la estabilidad de la institución.
La invasión de la cancha tampoco puede convertirse en una forma habitual de protesta. La inconformidad del hincha es legítima; cruzar determinados límites, no, y mucho menos si, como sostuvo públicamente Antonio Díaz, hubo situaciones que involucraron a integrantes de su familia.
El fútbol necesita dirigentes que soporten la crítica, hinchas que puedan exigir resultados, periodistas que pregunten y jugadores y técnicos que respondan en la cancha. Pero ninguna de esas exigencias debería convertir un estadio en un escenario de agresión personal.
Antonio Díaz sostuvo que durante los últimos nueve meses realizó esfuerzos económicos para contribuir al funcionamiento del equipo. También afirmó que participó en la llegada de jugadores y que asumió compromisos relacionados con la nómina. ¿Quién garantiza ahora la operación del club?
¿Existe un plan financiero? ¿Hay otros accionistas preparados para asumir los compromisos? ¿La salida anunciada es definitiva? ¿Se trata de una decisión individual o representa un cambio más amplio dentro de la estructura accionaria? ¿Existe un acuerdo para garantizar salarios, operación y obligaciones del equipo? ¿Y qué dicen los demás miembros de la dirigencia?
Real Cartagena tiene historia, hinchada, identidad y una ciudad detrás. Ha jugado en la máxima categoría del fútbol colombiano y ha vivido momentos que forman parte de la memoria deportiva de Cartagena. Por eso mismo, resulta legítimo preguntarse por qué, después de tantos años, la conversación alrededor del club continúa girando con tanta frecuencia alrededor de crisis, resultados, cambios y promesas.
Cambian los jugadores, los técnicos, los dirigentes y los inversionistas, pero la gran pregunta permanece: ¿cuándo tendrá Real Cartagena un proyecto deportivo y empresarial capaz de soportar las malas temporadas sin que cada crisis vuelva a poner en duda el futuro del club?
Ese es el verdadero debate. No si un jugador tuvo una mala noche, no si el técnico acertó o se equivocó, no si se perdió 3-2. El debate es mucho más profundo. Durante años, el discurso del regreso a la máxima categoría ha alimentado la ilusión de los cartageneros, y esa ilusión es legítima. Pero ascender no puede convertirse únicamente en una frase repetida cada temporada.
El fútbol profesional moderno exige estructura, planificación, recursos, formación y estabilidad. Exige una administración capaz de tomar decisiones incluso cuando el resultado deportivo no acompaña. Y exige una relación madura entre propietarios, dirigentes, jugadores, cuerpo técnico, medios de comunicación e hinchada.
Si cada derrota abre una crisis y cada crisis amenaza con convertirse en una ruptura, el problema no está solamente en el terreno de juego: está en la estructura. El episodio del Jaime Morón debería servir para algo más que alimentar la indignación de una noche. Debería obligar a mirar el problema de frente. La hinchada tiene derecho a exigir. Los accionistas tienen derecho a decidir sobre sus inversiones dentro de las reglas correspondientes. Los dirigentes tienen la obligación de explicar. Los jugadores tienen que responder en la cancha y los periodistas tenemos que preguntar, pero todos tienen también una responsabilidad con un club que representa mucho más que 11 jugadores vestidos de auriverde.
El equipo es una marca de ciudad, por eso Cartagena tiene derecho a saber cuál es el proyecto, quién lo sostiene, cómo se financia, qué se pretende construir y qué camino se seguirá cuando los resultados deportivos no acompañen.
Antonio Díaz ha puesto una decisión sobre la mesa. Ahora corresponde conocer qué dicen los demás accionistas y directivos; si la familia Díaz mantiene su decisión de retirarse; si existen recursos para garantizar la continuidad; si habrá una reorganización; si la propuesta de participación accionaria de los hinchas avanza y, sobre todo, si existe un proyecto capaz de darle estabilidad al club más allá de una temporada.
Porque mañana puede cambiar el marcador. Puede cambiar el técnico. Puede cambiar la nómina. Puede cambiar la composición accionaria. Pero si no cambia la forma de construir el proyecto, la historia puede repetirse. ¿Qué Real Cartagena se quiere construir para los próximos años? Cartagena merece conocer la respuesta.

