Hay expresiones que, por repetirse con frecuencia, terminan convirtiéndose en verdades aceptadas, aunque sean profundamente injustas. Una de ellas es la de «exmilitar». Se utiliza para referirse a quienes culminan su servicio activo en las Fuerzas Militares de Colombia, pero encierra un error conceptual y, sobre todo, moral. Porque un hombre puede entregar el uniforme, colgar el fusil, despedirse de su unidad o pasar a la honrosa reserva, pero jamás deja de ser militar en su esencia.
El militar no se define únicamente por el uniforme que viste o por el cargo que ocupa. Se define por un juramento. Un compromiso adquirido libremente con la Nación, con la Constitución y con millones de colombianos a quienes prometió defender, incluso con su propia vida. Ese juramento no prescribe con el retiro; permanece intacto mientras el corazón siga latiendo.
La reciente ceremonia de clausura del programa «Preparación para el Retiro: Los Héroes Vuelven a Casa», realizada en las instalaciones de la Brigada de Infantería de Marina No. 1, invita precisamente a reflexionar sobre el verdadero significado del servicio, el honor y la gratitud que una sociedad debe profesar a quienes dedicaron gran parte de su existencia a protegerla.
Cuarenta y siete Infantes de Marina Profesionales culminaron con éxito su proceso de preparación para la vida civil, después de más de veinte años de servicio ininterrumpido. Más de dos décadas marcadas por sacrificios silenciosos, largas ausencias del hogar, operaciones en condiciones extremas, patrullajes interminables y riesgos permanentes asumidos con la firme convicción de cumplir una misión superior: defender a Colombia y preservar la tranquilidad de sus habitantes.

Muchos colombianos desconocen lo que realmente significa portar el uniforme de la patria. Detrás de cada insignia existe una historia de renuncias que rara vez ocupa los titulares. Mientras miles de familias celebraban cumpleaños, navidades o aniversarios, ellos permanecían en selvas, montañas, ríos y costas, lejos de sus seres queridos, garantizando que otros pudieran vivir en paz. Mientras el país descansaba, ellos permanecían vigilantes.
Por eso resulta imposible aceptar que, al concluir su carrera activa, pasen a ser simplemente «exmilitares». No. Se sigue siendo Infante de Marina, soldado, marino o aviador hasta el último día de la vida. Lo que concluye es una etapa administrativa; lo que permanece es una identidad forjada en el honor, la disciplina, el sacrificio y el amor inquebrantable por Colombia.
La ceremonia presidida por el coronel Nelson Albeiro Cano Holguín, comandante de la Brigada de Infantería de Marina No. 1, trascendió el carácter protocolario. Fue un homenaje a una generación de hombres que entregó sus mejores años al servicio de la Nación. También representó un mensaje que Colombia no debería pasar por alto: detrás de cada retiro hay un servidor de la patria que merece reconocimiento, oportunidades y acompañamiento para iniciar una nueva etapa de vida.
Con demasiada frecuencia la sociedad olvida a quienes hicieron posible que las instituciones democráticas resistieran los embates del terrorismo, del narcotráfico y de la criminalidad organizada. Sin embargo, la libertad de la que hoy disfrutamos no apareció por casualidad. Es el resultado del esfuerzo, la valentía y el sacrificio acumulado de miles de hombres y mujeres que decidieron anteponer el bienestar colectivo a sus propios intereses.
Hoy estos cuarenta y siete Infantes de Marina regresan definitivamente a sus hogares. Vuelven a abrazar a sus familias, a compartir con los hijos que crecieron durante sus años de servicio, a reencontrarse con amigos que esperaron su regreso y a integrarse plenamente a las comunidades que durante tanto tiempo protegieron desde el anonimato. Regresan llevando consigo el mayor de los reconocimientos: la satisfacción serena del deber cumplido.
La Armada de Colombia acierta al fortalecer programas que facilitan esta transición hacia la vida civil. Porque servir a la patria no puede convertirse en un camino de incertidumbre una vez concluye la carrera militar. Quienes dedicaron su juventud a proteger la Nación merecen que la Nación también los acompañe cuando llega el momento de iniciar una nueva misión, ahora desde la reserva y la vida ciudadana.
Hoy dejan las filas activas, pero no abandonan el honor que las caracteriza. El uniforme podrá quedar cuidadosamente guardado. Las botas dejarán de recorrer los caminos de las operaciones. El fusil ya no acompañará sus jornadas. Sin embargo, el espíritu militar seguirá intacto, guiando sus pasos como una forma de entender la vida.
Porque el militar nunca deja de serlo. El servicio a la patria no termina con un acto administrativo, ni con una resolución de retiro, ni con la última formación. Permanece para siempre en la conciencia de quien un día juró defender a Colombia.
A esos cuarenta y siete hombres, y a todos los que han vestido con honor el uniforme de las Fuerzas Militares, solo queda decirles una palabra que el país debería repetir con mayor frecuencia: gracias. Buen viento y buena mar. Desde hoy, la reserva también tiene héroes.



