La situación generada por la Covid-19 nos ha afectado psicológicamente en gran medida. Parece evidente que no estábamos preparados para enfrentar este escenario: nuestros líderes no dan abasto con las necesidades, las empresas intentan sobrevivir y los adultos nos encontramos agobiados por cargas inmensas en las que la aceptación, el sufrimiento y la resistencia son las principales reacciones.
A nuestras preocupaciones cotidianas se han añadido el autocuidado, la necesidad de trabajar y asegurar al tiempo el cuidado de la familia sin apoyo de escuelas o guarderías, las pérdidas personales, el impacto financiero y laboral; duras circunstancias, claro; y mientras tanto ¿qué pasa con nuestros niños?
Aunque Colombia ratificó la Convención sobre los Derechos del Niño, en la que priman sus intereses sobre todas las cosas, y nuestra Ley 1616 de 2013 presenta como su razón de ser: «garantizar el ejercicio pleno del Derecho a la Salud Mental a la población colombiana, priorizando a los niños, las niñas y adolescentes», debemos preguntarnos si realmente estamos garantizando su salud mental en medio de las circunstancias actuales.
Nos limitamos a decirles que deben lavarse las manos y no abrazarnos cuando llegamos, que la abuelita falleció, que no volverán al colegio durante un tiempo, que los cuidará la vecina o que estamos en casa pero trabajando y no podemos jugar, sin comprender que perciben nuestras angustias, pérdidas, dolores, desprendimientos y miedos, y los absorben.
Están construyendo las bases de su personalidad y desarrollando sus capacidades para convertirse en adultos funcionales y los estamos dejando crecer solos en medio del miedo, enfrentarse a muertes, angustias, culpas y duelos no elaborados por todo tipo de pérdidas, con una serie de órdenes e información sin contexto, y sin instrumentos para enfrentar la situación.
A la carga de su ya pesada cotidianidad dejamos que se le sume la situación actual, potenciada en algunos aspectos durante este periodo, como el abuso y la violencia intrafamiliar, y esperamos que salgan bien de ello a pesar de que las señales indican que, probablemente, en algunos años, este cúmulo de vivencias mal procesadas estalle. Incluso es posible que ya hayamos observado algunos indicios y comportamientos para llamar la atención, como retrocesos ─mojar la cama de nuevo, por ejemplo─, mutismo, agresividad y violencia.
Estas son las bases de una generación que crece frágil en medio de una desesperanza aprendida y que seguramente presentará cuadros depresivos; se incrementarán los casos de bulimia, anorexia, crisis de identidad y miedos permanentes; aparecerán en ellos, si ya no están latentes, sensaciones de culpa, daño autoinflingido y toda suerte de complicaciones de salud metal; y estos chicos carentes van a criar y educar generaciones carentes; ¿realmente lo vamos a permitir?
Aún estamos a tiempo para prevenir y trabajar como sociedad. Dejemos de centrarnos en situaciones coyunturales para enfocarnos en solucionar problemas estructurales. Aseguremos a nuestros niños espacios armónicos en el hogar y atención sicológica para ellos y sus familias, involucremos a las empresas, a partir de la responsabilidad social, para generar condiciones para que las familias estén unidas y que los trabajadores tengan herramientas para abordar sus miedos y angustias; en conclusión, seamos verdaderos garantes del más fundamental de los derechos de los niños: el derecho a la vida en condiciones dignas de existencia.


