En el mes de la diversidad sexual y conmemorando el día Internacional del Orgullo que reafirma el sentimiento de respeto por la identidad y las orientaciones sexuales quise dedicar mi columna a una persona arraigada a su tierra sabanera, amante de la champeta y fiel seguidor de la cultura costeña que, a pesar de ser machista y discriminatoria, lo hace inflar el pecho cuando menciona su lugar de origen.
Nacido en las entrañas de un caserío a orillas del caño Mojana donde el canto de las “carraos” (Aramus guarauna) y el olor a “tarulla” (Eichhornia crassipes) enamoran a propios y extraños debió migrar a muy temprana edad con destino a la capital en busca de progreso por la escasez de oportunidades que como él tiene el 90% de la juventud sucreña.
A “calzón quitao” y en medio de carcajadas menciona que siempre supo su orientación sexual y de nada valieron las palizas de su padre quien por temor a la vergüenza y el estigma trató de convencerlo de pensar diferente y quitar la atracción manifestada por sus pares masculinos.
Sin estudios avanzados se abrió campo en el mundo de la peluquería, el diseño de collares y la estética, con lo cual ganaba algunos pesos para ayudar a su familia, aunque esto significara ser la burla de sus vecinos que entre humillaciones e insultos le recordaban que su lugar en la pirámide de la cultura costeña estaba muy por debajo de la base para lograr ser un humano.
Como olvidar el día que varios hombres lo “arrinconaron” en el viejo callejón de un barrio en Sincelejo para robarle las ganancias del día y como si fuese poco abusarlo sexualmente y sin protección, lo cual cambiaria desde entonces el rumbo de su historia.
No se atrevió a denunciar porque tenía claro que a pesar de la protección que estipula el estado para las víctimas de abuso sexual (código fucsia), un “maricon”, “peluquero” y “pobre” no tiene derecho en una sociedad que discrimina basándose en falsas concepciones dejando a un lado el sujeto que sufre en medio del abandono.
Pasados varios meses y de regreso en su pueblo empezó a notar la aparición de ganglios inflamados en axilas e ingle, por lo cual decidió acudir a varios médicos hasta que alguno se le ocurrió pedir un test de Elisa (Prueba VIH) el cual arrojo positivo y desde ese día lo convertiría en el héroe de su propia historia.
El estadio de la enfermedad era lo esperado de acuerdo a la evolución, pero requería iniciar terapia antirretroviral con el fin de evitar una caída de los niveles de inmunidad; arrancaba entonces otra batalla contra un deficiente y corrupto sistema de salud que en Sucre no se escapa de los flujos erróneos y el cartel de influencias.
Debió recurrir a tutelas y hasta pensó en hacer una huelga de hambre para exigir sus medicamentos porque tenía claro que a pesar de estar en una batalla hombro a hombro contra la enfermedad, los trámites administrativos y su cultura homofóbica nunca dejaría de luchar por sus derechos y por demostrar que ser de una orientación diferente no te hace de menor categoría.
Las palabras se quedan cortas para describir la energía y pasión con la que nuestro personaje, quien solicita no mencionar su nombre afronta las contiendas épicas que ha debido enfrentar en su pequeño pueblo donde sueña que a través de la educación y el impacto social logren volar al lado de las garzas mariposas de color arco iris.

