Los acontecimientos de esta semana sobre las platas sucias y corruptas en las campañas electorales no sorprenden a nadie. Lo más probable y triste es que tampoco influenciará a nadie en las próximas campañas y elecciones municipales y departamentales. Esos son apenas fuegos artificiales para distraer a la gente y una vez más esgrimir odios entre los uribistas y petristas a ver quien da más palo virtual.
Todos saben que la compra de voto y de conciencias es una práctica común en todas las elecciones. Los famosos tamales, la tanqueada de gasolina, los 50.000 mil pesitos, la promesa de puestos, la obligatoriedad en algunas instituciones de votar en este o aquel candidato con la amenaza de perder su puesto de trabajo etc.
Los favores políticos se pagan muy caros o con puestos a diestra y siniestra según la “cantidad” de favores que fueron investidos en las respectivas campañas. No deja de ser curioso y hasta vergonzoso el modo hipócrita como varios exponentes políticos reaccionaron a los acontecimientos recientes como si fueron santos e inmaculados en el tema.
Pero somos los ciudadanos los que elegimos a nuestros representantes a los cargos públicos, y cómplices de todo lo que sucede para el bien y para el mal. Que tristeza observar la pelea virtual entre ambos bandos justificando y condenando este o aquel involucrado en casos corrupción cuando más les convienen. Sin dudas y ojalá que todos los casos de corrupción, manejos oscuros y tráficos de influencias que surgieron en las pasadas y más recientes elecciones sean investigadas exhaustivamente caiga quien caiga.
Si miramos profundamente el fenómeno de la corrupción, nos daremos cuenta que este mal contrasta radicalmente con los principios de la Doctrina Social de la Iglesia. ¿Por qué afirmamos esto? Porque la corrupción:
- “instrumentaliza a la persona humana utilizándola con desprecio para conseguir intereses egoístas.
- Impide la consecución del bien común porque se le opone con criterios individualistas, de cinismo egoísta y de ilícitos intereses de parte.
- Contradice la solidaridad, porque produce injusticia y pobreza, y la subsidiaridad porque no respeta los diversos roles sociales e institucionales, sino que más bien los corrompe.
- Va también contra la opción preferencial por los pobres porque impide que los recursos destinados a ellos lleguen correctamente.
- En fin, la corrupción es contraria al destino universal de los bienes y a la voluntad de Dios”
La Doctrina Social de la Iglesia también nos recuerda que es nuestro deber esforzarnos por construir una sociedad cuyas estructuras faciliten al hombre luchar contra el mal, y elegir el bien. Pero también nos hace darnos cuenta que las estructuras sociales o los sistemas políticos y económicos, por ellos mismos nunca van a producir el bien. Sino que siempre van a necesitar la intervención moral del hombre, quien iluminado y fortalecido por la gracia de Dios, transmite a la sociedad los valores como el bien, la verdad, la solidaridad, la gratuidad, y así podemos dar vida a esas estructuras sociales.
Puede ser una utopía o no, pero debemos, como creyentes, luchar por la transparencia de las instituciones, saber elegir a quienes nos representan en las instituciones con el poder de nuestro voto, aunque son muchos los creyentes votantes, candidatos y elegidos los que caen en la tentación corrupta de la venta y compra de votos a cambio de favores o para llegar al poder, en una auténtica prostitución de consciencias.



