No puedo olvidarme de las palabras proféticas de John Fitzgerald Kennedy: “La humanidad debe terminar con la guerra o la guerra terminará con la humanidad”. Y a esta afirmación, a la que nos adherimos como creo que lo hace toda persona sensata a la luz del quinto mandamiento de “No matar”, agregaría el corolario de “No defender las guerras perdidas”.
Y decimos “guerras perdidas” porque, sin importar cuál es el bando al que se pertenece, siempre una guerra será una guerra perdida. Nunca hay vencedores; más aún, diríamos que, si queremos buscar algún vencedor, sólo se lo podrá encontrar entre aquellos que promueven la paz. Vencen las guerras sólo los pueblos que no las hacen.
Se nos quiere, infantilmente, poner en la disyuntiva de elegir bando o país. Que quede bien claro que nuestra única opción posible es la paz, de frente al terrorismo, del fanatismo y la crueldad de la revancha. Aquí no hay que elegir bando sino apostar de manera empecinada por esa “nueva civilización del amor” donde cada persona, su felicidad y dignidad, sea el centro de nuestros esfuerzos y desvelos personales y estructurales.
Que quede claro que una sola lágrima, decapitación y muerte de un niño, de la religión o nacionalidad que sea, tiene en la balanza de Dios y de toda persona de buena voluntad más peso que las toneladas de argumentos que se puedan poner en el otro platillo y que pretenden justificar estas atrocidades que nos asombran a diario.
Necesitamos escuchar con urgencia este grito, porque hay que empezar a secar las lágrimas de tantos niños y ancianos inocentes: los preferidos de Dios, los que puso el Señor “en el medio” y los presentó como ideal y condición a la hora de discutir quién era “el más grande” y cómo entrar en el Reino de los cielos. En quienes el Señor se quiso identificar: “Lo que a ellos les hicieron, a mí me lo hicieron” (Mateo, 25).
Dice Nietzsche, el vencido es rencoroso y nunca admitirá la derrota, y es algo que terminara reavivándose con el tiempo. Mientras que el vencedor se siente invencible y fuerte, termina cometiendo el error de confiarse y de cerrar los ojos ante ese despertar de los que fueron derrotados.
Definitivamente que es cierto aquello de que no hay gloria en la guerra. Vencidos y vencedores todos salen con heridas que perduran quizás por siempre. Las guerras desgarran y causan males tanto a los culpables como a los inocentes que se trasforma en odio, resentimiento y rencores insanables. Pero, los políticos se niegan a ver esta realidad entre otras tantas cosas, porque de una u otra manera, ni ellos ni sus seres más allegados, difícilmente participan de forma directa o materialmente en la misma y esa testarudez para admitir este hecho, radica en que, por saciar sus ambiciones de poder, de soberbia y llenar sus bolsillos de fortunas incalculables, no titubean en llamar a la guerra, a la revuelta, al caos u otras estrategias de conflicto.
En una guerra no hay vencedores, solo muertes, destrucción y traumas que perdurarán por muchas generaciones. A nosotros creyentes nos toca doblar rodillas y orar por la paz y la conversión de todos los pecadores para que cesen los conflictos y se dé espacio al dialogo y a la tolerancia.

