La lectura es una de las experiencias más maravillosas de la vida. Más que un hábito, es un pasaporte a mundos infinitos, un aprendizaje constante que nos enriquece con una cultura general invaluable. Muchos aprendieron a leer con revistas como Condorito, El Llanero Solitario y El Santo. Yo, en cambio, descubrí mi amor por las palabras en un viejo álbum de poemas que mi madre guardaba en el fondo de un baúl, como si supiera que algún día me encontraría con ellos.
- Fue ahí donde conocí a Julio Flórez y a José Santos Chocano, cuya poesía me atrapó de inmediato. Recuerdo especialmente los versos de Mía o de nadie:
“En la lucha que altivo te provoco,
no mendigo piedad, amor reclamo.
Si mi pobre corazón te adora loco,
tú debes amarme cual te amo.”
- También descubrí a Giovanni Quessep y la belleza serena de su poema El Ruiseñor:
“Digamos que una tarde
el ruiseñor cantó sobre esta piedra,
porque al tocarla el tiempo no nos hiere.”
La poesía tiene ese don único de enseñarnos sin alarde, de abrirnos caminos hacia el alma sin que nos demos cuenta. Con el tiempo, llegaron otros nombres que marcaron mi vida lectora. Me sumergí en las páginas de José María Vargas Vila, cuyas obras, como Aura o las violetas y De sus lirios y de sus rosas, leí con voracidad. En el bachillerato, me impactó la fuerza de La vorágine, de José Eustasio Rivera, y más adelante me encontré con el universo mágico de Gabriel García Márquez. También disfruté de las letras del toluedeño Héctor Rojas Herazo, quien compartió con Gabo los inicios en El Universal de Cartagena.
Hoy, en mi tiempo de retiro, la lectura se ha convertido más que nunca en mi pasatiempo favorito. No es que tenga más tiempo libre, sino que ahora el tiempo lo dedico a lo que de verdad llena el alma. ¿Qué sería de la vida sin la posibilidad de recorrer el mundo a través de los libros? Cruzar mares, surcar cielos desconocidos, adentrarse en historias que abren los ojos y el corazón. Leer es la forma más íntima y enriquecedora de conocer el mundo.
Cuando descubrí a Ernesto Sabato con El túnel, me sumergí en los dilemas más profundos de sus personajes. Después llegaron otros gigantes: José Saramago, con su Ensayo sobre la ceguera y El Evangelio según Jesucristo, y Ernest Hemingway, quien con su estilo sencillo y potente me llevó a paisajes y emociones inolvidables. Luego apareció Albert Camus, con El extranjero, un pequeño libro que guarda la capacidad de cambiarte para siempre.
La lectura no solo nos educa, también nos transforma. Cada libro es un maestro, un amigo fiel que nos acompaña en los días más luminosos y en los más grises. Un buen libro no se agota: cada lectura revela algo nuevo, como si sus páginas supieran cuándo estamos listos para entenderlas de verdad.
Recomiendo visitar librerías y bibliotecas como quien visita a un viejo amigo. Entre sus estantes no solo hay historias, sino también respuestas y preguntas que enriquecen la vida. Personas como Luis Soriano Bohórquez, creador del programa Biblioburros, entendieron esta magia. Con burros cargados de libros, llevó historias y saberes a las zonas más apartadas del país, demostrando que la lectura no solo transforma a quien la practica, sino a comunidades enteras.
Si aún no lo has hecho, abre un libro. Quizá descubras en sus páginas no solo mundos nuevos, sino también una nueva manera de mirar la vida. Porque al final, los libros son, y siempre serán, los mejores amigos.

