En un país donde los relevos ministeriales son más frecuentes que los logros de gobierno, Colombia parece haber encontrado en el mandato de Gustavo Petro una nueva marca en el desorden institucional. La reciente noticia —aún no confirmada oficialmente, pero ampliamente difundida por diversos medios y redes sociales— sobre la posible salida del Mayor General (r) Pedro Sánchez Suárez como Ministro de Defensa, a tan solo semanas de su nombramiento, no solo resulta desconcertante, sino que confirma una constante: la inestabilidad del gabinete de Petro, donde la fugacidad en los cargos dejó de ser la excepción para convertirse en regla.
Pedro Sánchez asumió la cartera de Defensa en marzo de 2025, en reemplazo del ampliamente criticado Iván Velásquez, un civil cuya gestión estuvo marcada por el desconocimiento del sector, decisiones erráticas y una tensa relación con la cúpula militar. Con más de 30 años de carrera en la Fuerza Aérea Colombiana, Sánchez generó expectativas dentro de las reservas militares y sectores moderados, que lo veían como un técnico prudente, con una trayectoria sólida y alejado del ruido político. Sin embargo, su llegada al Ministerio parece haber sido más un intento del presidente por “militarizar” el discurso sin abandonar su narrativa ideológica, que una apuesta real por la técnica.
Lo que sorprende —y alimenta el escepticismo— es la velocidad con la que habría caído en desgracia. De confirmarse su salida, Sánchez rompería récord como el ministro de Defensa con menos días en el cargo, en un gobierno que ya suma más de 51 ministros en menos de tres años. Muchos de ellos han salido por discrepar con el mandatario, no alinearse a sus directrices ideológicas o simplemente por convertirse en blanco de una de sus ya comunes “pataletas presidenciales”. El gabinete de Petro ha operado como una puerta giratoria: entra quien es útil, sale quien osa contradecirlo.
Aquí surge la parte más incómoda: ¿Qué llevó a un general con una carrera limpia y técnica a aceptar una silla tan inestable? ¿Ignoraba el General Sánchez que cualquier intento de autonomía en un gobierno controlado por impulsos podía costarle la cabeza? ¿O fue la ilusión del protagonismo político, la posibilidad de figurar, lo que lo empujó a dar el salto?
Pese al corto tiempo, Sánchez alcanzó a emitir señales bien recibidas: fortalecimiento de la Fuerza Pública, cercanía con la oficialidad y una gestión más técnica que política. Pero esa misma independencia pudo haber sellado su destino. En un gobierno donde la obediencia ideológica prevalece sobre la idoneidad, cualquier disidencia se percibe como traición.
Su nombre quedará en la memoria institucional como el de un oficial en quien se pudo confiar, pero que eligió mal el momento, el lugar y, sobre todo, al jefe.
Ahora, la gran incógnita es: ¿Cómo reaccionará Pedro Sánchez? ¿Guardará silencio, aceptando su caída con disciplina, o saldrá a contar lo que vio en los pasillos de un ministerio donde las decisiones estratégicas parecen dictadas por impulsos emocionales? ¿Se convertirá en voz crítica o se diluirá en el anonimato de los cuarteles?
Más allá del destino del general, el país necesita una reflexión seria sobre el rumbo del Ministerio de Defensa. La seguridad nacional no puede depender del humor presidencial ni de la docilidad de sus ministros. Se requiere continuidad, estrategia, conocimiento técnico y liderazgo con visión de Estado. La inestabilidad promovida desde la Casa de Nariño alimenta la percepción de improvisación, debilitando aún más la ya golpeada institucionalidad.
Si se confirma la salida de Sánchez Suárez, lo preocupante no será solo que un buen oficial haya sido descartado, sino que la defensa del país vuelva a quedar a la deriva, víctima del capricho de un presidente que parece no entender que gobernar también es delegar, confiar y construir.
Porque, al final, no será Petro quien pague las consecuencias de esta inestabilidad. Serán todos los colombianos. Mientras él cambia de ministros como de discurso, el país sigue deshilándose… como una madeja perdida en medio del caos.

