Se cumplió el último debate entre Trump y Biden previo a las elecciones presidenciales de Estados Unidos el próximo 3 de noviembre. Si bien los medios de comunicación han destacado el civismo del debate, considero que esta percepción positiva solo es producto del contraste.
Tras el desastre histérico del primer debate y la ausencia de un segundo debate, lo que normalmente nos parecería una discusión mediocre, que no logró profundizar en el proyecto político de ningún candidato, nos parece extraordinario por su somera normalidad. Tal vez porque en la nueva normalidad de la pandemia y de la política contemporánea, lo normal se ha convertido en rareza.
El primer debate presidencial, en efecto, estuvo dominado por los gritos, las incoherencias y las interrupciones de Trump, tanto a su rival como a su moderador, mientras que Biden, incapaz de defenderse, insistía en hablarle directamente a la cámara, haciendo evidente con su tartamudeo su falta de preparación y su ausencia de un discurso político más allá de la crítica a su oponente.
El segundo debate, en cambio, fue reemplazado por un show mediático que tuvo lugar cuando Trump, tras bajar en las encuentras después del primer debate, en menos de 10 días dio positivo (y después negativo) para Covid, y hasta tuvo tiempo de declarar que, experimentando la enfermedad, había aprendido mucho sobre el virus.
El último debate, al igual que el primero, estuvo plagado de información falsa y acusaciones mutuas. Los temas tratados incluyeron el coronavirus y las acciones del gobierno federal para enfrentarlo, la pobreza y los auxilios federales, la seguridad nacional, raza, inmigración y cambio climático, entre otros.
Esta vez la estrategia de Trump fue hablar menos de sí mismo para concentrarse más en el historial de Biden. La estrategia de Biden, por su parte, siguió siendo acusar a Trump como respuesta a cada pregunta, referenciando todo lo que su administración ha hecho mal, sin embargo, a diferencia del primer debate, esta vez Biden cerró cada intervención respondiendo acertadamente lo que se le había preguntado.
En este segundo debate Trump no se comportó como un maniaco. Como de costumbre fue grosero y arrogante, pero sus peroratas no fueron permanentes. Entonces, en comparación con el primer debate, este fue mucho más calmado y por ende «civilizado», sin embargo, el nivel de discusión política siguió siendo muy pobre.
El mensaje fue el mismo: Trump logró reducir su extremismo, pero siguió vomitando mentiras cada segundo y dejó claro con cada intervención que es un narcisista incapaz de sentir empatía por los demás. No le importan los Dreamers, no le importan los afrodescendientes que deben convivir con violencia policial, no le importa la clase trabajadora que gana 8 dólares por hora y no tiene acceso a atención médica, no le importan los 545 niños inmigrantes que su administración separó de sus padres en el 2017, para deportarlos a Centroamérica antes de que un juez federal ordenara su reunificación.
De la misma manera que la pobreza y la ausencia de discusión política en el primer debate, hicieron brillar el encuentro, la naturaleza de Trump y el absurdo de su presidencia convierten a Biden en un buen candidato, a pesar de que no lo es y no lo fue nunca.
Biden era probablemente el candidato menos idóneo de todos los que se presentaron en el Partido Demócrata y el que menos posibilidades tenía de ganar las elecciones: el de mayor edad, ideológicamente el más blanco, el más conservador, el más retrógrado. No es bueno argumentando y además genera el rechazo de esos votantes que, pese a ser conscientes del daño que Trump le ha hecho a la humanidad, no se identifican con ningún partido y están hartos de la tibieza política.
De no haberse convertido en el antídoto al Trumpismo, en el panorama actual, no tendría mayor cosa que ofrecer. Cabría preguntarse, entonces, ¿por qué se postuló? ¿Exceso de confianza en sí mismo? ¿O por la primacía de su proyecto político personal sobre el interés colectivo?
Perfil de la columnista: Cineasta, escritora y profesora universitaria. Egresada de la Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia y de la Maestría en Guión de la Universidad de Ohio, Estados Unidos. Directora y guionista de cortometrajes. Actualmente, trabaja como profesora catedrática en el programa de Comunicación Social de la Universidad del Norte.




