En los últimos años, la brecha entre lo natural y lo artificial se viene ampliando. Esto no sólo sucede en el razonamiento de las personas, sino también, en las nuevas tecnologías que próximamente permearán a la sociedad. Desde hace unas décadas, el desarrollo de híbridos entre humanos, animales y robots es un fenómeno que nos está conduciendo hacia un escenario que categorizará al individuo natural como un ser retrogrado e inferior, como algo del pasado, similar a lo descrito en el mundo distópico de la obra: Gattaca, escrita por Frederic P. Miller.
Los cyborgs son parte de ese mundo artificial. Hoy día, los estudios que empezaron hace unas décadas tienen un desarrollo avanzado y será cuestión de tiempo que empiecen a introducirse en nuestra vida cotidiana.
En el año 2000, EurekAlert publicó el artículo: Half fish, half robot, en el que reveló un estudio de la Universidad Northwestern Chicago, por medio del cual, se dio a conocer la cartilla: Cyborg-Vertebrado. En ella, apareció un experimento, donde científicos dividieron el cerebro de una anguilla lamprea, que mantuvieron vivo en una solución nutritiva y conectando a cables en su corteza visual y motora. Además, el órgano fue ubicado en una máquina del tamaño de un disco de hockey, donde la corteza visual estaba conectada a sensores de luz, mientras su corteza motora controlaba los sensores del dispositivo. Este cíborg fresco fue puesto en un espacio oscuro, dentro del cual encendieron luces para estudiar las reacciones y la orientación de la anguilla.
Desde ese entonces, y quizá antes de eso, investigaciones similares se han venido desarrollando en diversos centros de estudios biológicos, donde se han presentado híbridos que los científicos llaman: “quimeras”.
El pasado 8 de abril, NEURALINK, compañía de Elon Musk, anunció que creó un mono cíborg que puede jugar MindPong. Para esto, los investigadores adiestraron a un macaco de nueve años, llamado: Pager, con el fin de jugar Pong y otros juegos en una pantalla de computadora. Cada vez que el mono hacía un movimiento correcto, un tubo de metal le inyectaba un batido de banano en la boca, mientras su cerebro estaba siendo escaneado por dos chips insertados en su cráneo. Más de dos mil cables se extendían a través de su materia gris, monitoreando su corteza motora. Según Musk, este avance precede a la tecnología de implantación de chips NEURALINK en cerebros humanos, fusionando así nuestra cognición con la inteligencia artificial.
La semana siguiente, la revista Time publicó el artículo: Scientists Report Cheating the First Embryo With Human and Non-Human Primate Cells, en el cual, informó que investigadores del Salk Institute de California, liderados por Carlos Belmonte, declararon haber fertilizado exitosamente unas “quimeras” humano-macacos, que fueron producidas por el cultivo de embriones “macacos humanos” en tubos de ensayo. Estos bebés híbridos fueron abortados a los veinte días.
Las implicaciones éticas de los experimentos que se vienen realizando causan debate. No obstante, hay una sensación de inevitabilidad frente a estos desarrollos científicos. Tal vez, los casos de individuos trans-especie que los medios de comunicación están intentando hacer visibles, para exhibirlos como una moda, más allá que se traten de personas con trastornos psiquiátricos o de personas intencionalmente pagadas para normalizar esa conducta, representan un fenómeno que viene allanando el camino para sensibilizar la aparición de seres híbridos entre humanos, animales y robots en la sociedad.
Hace dos décadas, publicaciones de varios medios internacionales respondieron a estos avances con sospecha y preocupación moral. Sin embargo, actualmente, esos mismos medios relatan el ascenso de la tecnocracia con una mezcla de asombro y admiración. Ellos miran al macaco cíborg de Musk y piensan en un futuro brillante, donde los cojos caminarán, los ciegos verán y los mudos hablarán como máquinas super inteligentes.
En última instancia, la aceptación de estas nuevas realidades será un asunto de convicción espiritual. Muchas culturas tradicionales y religiosas conciben a los seres vivos como sagrados. Cada criatura está dotada de una chispa de conciencia, por la cual, merece dignidad. Incluso, aquellos a los que criamos y comemos debemos buen trato, como decía el Rey Salomón: “[e]l justo se preocupa de la vida de su ganado, pero las entrañas de los impíos son crueles”. En estos contextos, jugar con la estructura fundamental de cualquier ser vivo es una forma de blasfemia, especialmente, en el caso de los humanos.
No obstante lo anterior, para los materialistas, principales patrocinadores de la agenda globalista, un organismo vivo es sólo una colección de células y señales químicas, sin que exista el espíritu y el alma. Para ellos, estos científicos innovadores, simplemente se están uniendo a la marcha inexorable de la naturaleza, que viene desde antes de las máquinas de vapor hasta los dispositivos inteligentes. Muchos de ellos ven el dolor y el sufrimiento como señales cerebrales de un monitor parpadeante.
Algunos poderosos se complacen en cualquier comportamiento que sea placentero y posible. ¿Qué podría ser más placentero que jugar a ser Dios? La cuestión práctica es cómo sobrevivir a la era tecnocrática venidera. Por esto, surgen los siguientes interrogantes: ¿Dónde trazamos los límites? ¿Rechazamos reflexivamente los términos y condiciones de la tecnología? ¿Cuándo es nuestro turno de ponernos chips? ¿Aceptaremos este gran paso?
En un futuro no muy lejano, dentro del mundo competitivo, conseguir un chip cerebral y adquirir una destreza animal será visto como la mejor manera de mantenerse al día en la carrera de ratas. El mono de NEURALINK es un paso más en esta trayectoria.



