Este domingo, para fortuna de los colombianos y para vergüenza nuestra, finalizó otro periodo de sesiones del Congreso de la República. Pudiendo ser un protagonista clave que aportara soluciones a la grave crisis social y política por la que atraviesa el país, el Congreso prefirió darles la espalda a las demandas de la sociedad y, por el contrario, continuar legislando como si nada estuviese ocurriendo. Y es que, si bien varias iniciativas legales se hundieron por el rechazo de la gente, la realidad es que a medida que avanzaba la estrategia del Gobierno de desgastar el Paro Nacional a través de ataques mediáticos, represión policial y de una falsa mesa de negociación que nunca tuvo el propósito de llegar a acuerdos, el Congreso poco a poco retomó su nefasto rumbo.
La clara muestra de lo anterior es que prefirieron hundir la “matrícula cero”, que permitía a todos los jóvenes de escasos recursos acceder a educación de calidad sin terminar de desfinanciar a las universidades públicas que hoy se caen en sus propias ruinas como resultado de décadas acumuladas de abandono estatal; o de la renta básica, que les permitía a todas las familias pobres de nuestro país contar con un ingreso mínimo justo, digno, para que además de subsistir, puedan afrontar crisis como la pandemia sin tener que exponer la propia vida en el rebusque, no como esos programas de limosna estatal que actualmente están vigentes; o la prohibición del fracking, tan esperada por las comunidades que viven cerca de los ecosistemas más importante del país como es el caso de Santurbán; o la jurisdicción agraria, que llevaba justicia a los miles de procesos sobre el agro y la tierra que han alimentado el conflicto en el último siglo; o cualquiera de las tantas otras iniciativas que desde sectores alternativos venimos presentando hace años.
No, en lugar de ello, el Congreso prefirió aprobar un “reconocimiento” al carriel antioqueño. No es un chiste, es toda una burla a las necesidades y reclamos de la gente. Y es que desde hace un buen tiempo vengo advirtiendo que el Congreso no representa a nadie. Cualquier atisbo de independencia que pudo tener en el pasado desapareció completamente y hoy solo es un apéndice del Ejecutivo, el notario oficial del Gobierno de turno.
La crisis institucional es tan disiente que los cuestionamientos ya no giran en torno a la legitimidad del legislativo, o a la desconexión del Congreso con la población; no, ya en las calles se cuestiona la existencia misma del Legislativo tal como lo conocemos. El Congreso pudo ser parte de la solución y no lo quiso, pudo ser un puente entre las regiones y el Ejecutivo y no se le dio la gana. Prefirieron humillar a la gente, prefirieron utilizar sus micrófonos para gritarles “vándalos” en lugar de darle voz a los que no pueden ser escuchados.
Prefirieron, desde una cómoda virtualidad, que ya parece otro privilegio más del legislativo y de unos cuantos altos funcionarios del Estado, legislar para los mismos poderosos de siempre y darle la espalda a la gente a la que en menos de un año les estarán pidiendo sus votos.




