Yo, estaba presente hace muchos años, durante este encuentro surrealista, que tanto daño hizo a una de las madres, a dos criaturas inocentes con problemas y a mí, que como observadora amiga, no daba crédito a tan descomunal ignorancia.
Por desgracia, observo con pesar, que la vida sigue igual, que es poco lo que se ha avanzado en este sentido y que el cambio sigue siendo nulo en el concepto mental de muchos padres insulsos.
La escenografía: Todos en la misma cafetería. Alicia, se acercó a nuestra mesa.
- — ¿Puedo hablar con Usted un momento?
- ―preguntó Alicia a mi amiga Rosa, madre de una niña con síndrome de Down.
- — Por supuesto. ¿Qué se te ofrece?
- — Yo, quiero seguir siendo amiga de su hija, la quiero mucho, pero mis padres me lo han prohibido, porque es una pobre emigrante sin dinero, y ustedes, sus padres, llegaron a España desde un sitio en donde se drogan. Dicen que ustedes también lo hacen. ¿Es cierto?
- ― Claro que no. ¿Tus padres nos conocen?
- — No señora, pero lo saben todo.
- Me quedé de piedra. El dolor de la madre de Lucía, era el mío. Alicia, dejó de ir al colegio.
Una llamada de Alicia llorando porque la habían reprendido por contarlo, produjo ira en mí amiga, quien colgó el teléfono con una gran pena. De este sentimiento de incredulidad, brota la necesidad de expresarme. Estoy rabiosa.
La falta de conocimiento, unida a la falta de sensibilidad, saca de nosotros lo peor de nuestra condición humana. El corto camino al que tenemos derecho en este extraño, convulso, inexplicable y a la vez bello universo, le agregamos nuestro convencimiento retrogrado engendrado durante años, negándonos abierta y dañinamente a preparar un nuevo y hermoso horizonte que no lastime, que no hiera, que no dañe el interior de muchos seres que por cosas inexplicables han llegado al mundo con una carencia física, síquica o de cualquier otro tipo, que los presenta ante la aparente “normalidad mundial”, como no aptos para la felicidad, para la ilusión, para la esperanza de tener derecho a vivir.
Es lamentable que con nuestro egoísmo vayamos introduciendo a través del tiempo dentro de esa ingenuidad, odios, recelos, envidias y fobias, sin importar cambiar su esquema interior sin piedad, sin pensar en el daño que les producimos y en lo infelices que los hacemos.
Como no se trata de seguir ahondando en aquella herida, sino de cambiar, de analizar para lograr que sean dentro de lo que cabe, felices, lo conveniente sería, un dialogo abierto entre padres, un conocimiento interno, que nos ahorre el tener que prejuzgar, el tener que suponer y nos lleve a entender que la palabra emigrante, no lleva implícita por obligación la maldad, el odio, el aprovechamiento o la falta de principios. Y, que con nuestro egoísmo, incultura e inmadurez, estamos logrando acabar con el proceder natural y puro de estos niños llamados especiales, para los cuales no deberían existir más barreras ni fronteras, que las de su propia invalidez.
Los padres son la semilla del niño, su ejemplo. Ellos personifican la imagen de lo que debe ser o no ser. Cuanto hacen, cuanto dicen, cuanto son, en el niño perdura. Son su mundo, pues el niño está siempre presente en el adulto.





