Shakespeare en su obra el Mercader de Venecia aborda la importancia de la bondad como valor moral, además nos muestra que la ley es una espada de doble filo, ya que las causas justas pueden darse por ley o por naturaleza. Reflexiona sobre las consecuencias de hacer negocios con ligereza. Del texto en comento, quizá la interpretación más común sería: ¿Cómo podrás esperar clemencia si no concedes ninguna? Frase que ejemplifica ampliamente que no podemos pedir lo que no estamos en capacidad de dar o soportar.
Los mejores seres humanos suelen ser bondadosos, en ellos anidan comportamientos benévolos y amables. La bondad se aprende y sus primeras lecciones se reciben desde la infancia. En la maldad, la crueldad, la envidia y la perversidad no cabe la bondad, son conductas que la contradicen.
Se puede y se debe educar a la gente para que sea compasiva y bondadosa, que pueda aún en el límite de una acción decidir para bien, incluso más allá de la norma. Por ejemplo, no se debería ser indiferente ante el sufrimiento del otro, menos arguyendo, como es común escuchar… No es mi problema.
Frente a actuaciones humanas heroicas o humildes, nos asiste preguntarnos cuáles son los actos bondadosos que están implícitos en ellas. La bondad puede entenderse como una respuesta a la acción solidaria, parte de la entrega efectiva a una causa benéfica. El ser humano bondadoso posee comportamientos favorables que son comunes en su realidad cotidiana o inmediata.
Ante situaciones de crisis se puede conocer la esencia del ser humano, en los mejores se evidencia la bondad y como expresión de ella la solidaridad. Bárcenas (2006), define la solidaridad como una respuesta humana a las contradicciones del tiempo presente. Igualmente, se le puede ver como la acción magnanima de ayuda a los demás que están en situación de vulnerabilidad en un momento dado.
En esta pandemia son muchos los ejemplos a favor y en contra, que vistos desde la solidaridad nos llaman a la reflexión. Es cierto que todos estamos afectados, que nadie está seguro, pero también es válido plantear que dentro de la crisis hay comunidades o personas que están peor. Voces que piden ayuda vienen y van desde todos los sectores, es una realidad porque el deterioro es general. Muchos han pedido la solidaridad, pero ellos mismos no la han practicado con aquellos que están más golpeados, incluso con limitaciones muy serías, sin ingresos económicos, sin salario. Volviendo a Shakespeare, aquí cabe, entonces, la pregunta: ¿Cómo podrás esperar clemencia si no concedes ninguna?
La pandemia sacó las más excelsas virtudes y también los más criticables defectos del ser humano. Sin duda, ante situaciones que ponen en riesgo la supervivencia los extremos se hacen muy evidentes. Los reclamos y los juzgamientos, las inculpaciones, las quejas y reclamos se tornan pan de cada día, existan o no razones para ello. Quizá sea una expresión del desespero o la espera cómoda de soluciones a conveniencia particular y sin tener en cuenta el bien común. En esto Séneca tenía razón al decir:<< Que el verdadero fruto de las buenas acciones está en haberlas realizado >>.
Bondad y solidaridad como virtudes morales han sido de amplio trato por parte de filósofos y juristas, por solo citar dos grupos, se lee en Sócrates: << Por el contrario, de tantas opiniones como hemos discutido, todas las demás han sido combatidas, y la única que subsiste inquebrantable es ésta; que se debe sufrir antes una injusticia que hacerla, y que en todo caso es preciso procurar no parecer hombre de bien, sino serlo en realidad>>.
Ahondado en estas profundidades, se lee en Unamuno, la diferencia entre ser bueno y vanidoso: <<No es lo mismo obrar el bien que ser bueno. No basta hacer el bien, hay que ser bueno. No te basta tener hoy en tu activo más buenas obras que ayer, es preciso que seas hoy mejor que ayer eras>> Se puede interpretar que atesorar buenas obras no siempre te hace bueno. Debe primar la bondad como valor moral, de lo contrario se trataría de simple vanidad, de vacía apariencia.
Finalmente, está como conclusión extraída de la lectura del Mercader de Venecia, que lo pactado se debe honrar, pero no siempre el cumplimiento puede estar por encima del ser. Tampoco se puede pedir que desde el trono se cumplan asuntos no acordados y que per se, dada la posición ocupada, existan pactos a obedecer sin mediación de aceptación mutua.



