La protección de los recursos naturales y el respeto por el medio ambiente es un deber que nos asiste a todos los seres humanos. La conservación del entorno ecológico que nos rodea es una necesidad vital que debe enseñarse a cada generación. Lo más adecuado sería que personas estudiadas y preparadas sean las que marquen las pautas de la educación conservacionista, la cual, no escapa del análisis de las ciencias exactas. Sin embargo, esta labor está siendo robada por un grupo de personas motivadas por el activismo político y por intereses corporativistas.
El pasado 31 de octubre de 2021, el día de la celebración de las brujas, en el que más desaparecen niños en el mundo, fue el mismo día que en Glasgow, Escocia, se realizó la reunión COP26, que reunió a diferentes líderes políticos y personalidades ricas y poderosas de todo el mundo, con el fin de tratar los temas relacionados con el cambio climático. Estos personajes llegaron en sus jets privados y recorrieron las calles de Glasgow en caravanas numerosas de autos, para decirnos al resto de mortales, que somos culpables de emitir mucho carbono a la atmosfera y de acabar con la naturaleza.
En el escenario de la conservación medio ambiental, es necesario distinguir dos tipos de actores: por un lado, están los ecologistas; por otro, los ambientalistas. Los primeros están integrados por individuos que siguen las recomendaciones de personas preparadas, entre las que resaltan, ingenieros forestales e ingenieros ambientales, que procuran el desarrollo sostenible; por su parte, en los segundos se encuentran mayormente personas sin preparación alguna, que se dedican a realizar activismo político y obedecen a intereses corporativistas, como es el caso de su símbolo más popular, Greta Thunberg. Desafortunadamente, estos últimos vienen intentando patentar la defensa de la naturaleza.
Dentro de ese activismo exacerbado de los ambientalistas existe una corriente impulsada por el marxismo cultural: el extincionismo, o como se llama comúnmente, VHEMT (Voluntary Human Extinction Movement). Se trata de un movimiento que predica la necesidad de acabar con los seres humanos, como única manera para salvar el planeta Tierra. Uno de sus postulados es: no traer más hijos al mundo. En una entrevista realizada el pasado 21 de agosto de 2021, uno de sus integrantes, el gallego, Javier Freire, afirmó que es necesario que las personas dejen de reproducirse, así como también, que los animales domésticos dejen de existir en esa condición, porque “son una plaga”.
Lo anterior me hace recordar unas sabias palabras del reconocido crítico estadounidense, Matt Walsh, quien, en una ocasión, afirmó que: “el progresismo es la religión del auto aborrecimiento. Le enseña a los blancos a odiar su raza, a los niños a odiar su sexo, a la mujer a odiar su feminidad, a los patriotas a odiar a su país y a Occidente a odiar su historia. Que cosa más despreciable y tóxica es”. Esta ajustada definición del marxismo cultural, que viene siendo predicado por los globalistas, nos ayuda a entender por qué, desde esta corriente, ha aparecido el extincionismo como una fórmula de auto aborrecimiento humano para resolver todos los problemas en el mundo.
En medio de esta nube de dudas sobre el medio ambiente, los análisis ecologistas brindan mayor confianza que las soluciones de los ambientalistas. Un estudio publicado por la prestigiosa revista científica, Nature Climate Change, concluye que la Tierra es más verde que antes. Según, Josep Peñuelas, investigador que hizo parte del estudio, entre 1982 y 2015, se ha producido un reverdecimiento y un ascenso significativo del 40% de biomasa verde en todo el planeta, como consecuencia del “aumento de los niveles de CO2 atmosféricos provocado por el consumo de combustibles fósiles”. Esto se explica porque, al haber más dióxido de carbono, las plantas han podido generar más hojas que capturen este gas durante la fotosíntesis, lo cual, a su vez, ha permitido frenar el efecto invernadero.
Lo descrito, nunca implica que se deba suspender el desarrollo de tecnologías más amigables con el medio ambiente, así como tampoco, que debamos seguir ahogándonos en el esmog de los carros, sino que un estudio ecológico serio tiene posturas un poco más claras que las predicadas por los activistas del ambientalismo. Por esto, en la actualidad, debe distinguirse a quienes son una herramienta usada por la ONU y los socios del Foro Económico Mundial, para infundir miedo a los seres humanos, a través de un discurso apocalíptico y desesperanzador, que sirva como mecanismo para ejercer mayor control sobre la población. Mejor, seguir las recomendaciones de los expertos objetivos y así evitar daños a la salud por estrés climático.




