En los años setenta, André, llegó a Cartagena de Indias, procedente de Inglaterra, un 11 de noviembre. Así describe, el sentimiento que lo embargó: “La entrada al puerto de Manga, produjo en mí un desasosiego, que me impidió contemplar la llegada de las gaviotas recién levantadas portando el mensaje de Bienvenida a las fiestas”. “Cartagena es mágica” -dijo alguien a mi lado- La miré y sonreí.
Reconocí que era cierto, Cartagena de Indias, era seductora e imponente. La fiesta del 11 de noviembre, una completa y deliciosa locura, donde se daba rienda suelta a las explosiones del espíritu, y el cuerpo se sometía al frenesí de la música que sonaba todo el día.
El buscapié, la maicena, las bolsas de agua, los encapuchados y los diferentes disfraces rompían por unos días las reglas sociales de una ciudad cerrada y clasista.
Negros y blancos, olvidados de sus diferencias raciales y políticas, dejaban de lado los prejuicios y se dedicaban a tomar y rumbear al son de vallenatos, cumbias, porros y salsas, en las grandes casetas construidas por la alcaldía.
Las reinas de belleza, llegadas de los diferentes Departamentos del país, se paseaban en elaboradas carrozas, cumpliendo así con el apretado programa diseñado por doña Tera Pizarro de Angulo. Todos gritaban y se peleaban por estar en primera fila, deseosos de escoger a su candidata preferida para ocupar el cetro y la corona como la mujer más bella de Colombia.
Los clubes sociales emperifollados, al ritmo de las mejores orquestas, recibían a los padres de las representantes colombianas, periodistas importantes y demás paripé, quienes aprovechaban para mostrar sus mejores galas.
La arquitectura colonial, que data del Siglo XVIII, con sus balcones adornados con plantas colgantes de variados colores, las Palenqueras pregonando sus dulces… todo en ella resplandecía para mostrar su grandiosidad.
La ciudad Heroica o Corralito de Piedra, superó todas mis expectativas: sus callejuelas, desprendían el olor a guayaba madura, que se mezclaba con el de las plantas que colgaban de los balcones coloniales. Sus murallas y castillos, eran un baluarte incomparable. El cartagenero desprendía positivismo, sin afectaciones, y te brindaba un espacio de hermandad dentro de los suyos.
“Me conquistó esta tierra de paz, donde el tiempo esperaba, donde se decía que de la prisa solo quedaba el cansancio, donde la tranquilidad, estaba por encima del diario vivir, de las aglomeraciones, y donde primaba el sentido del humor, una gran humanidad y el contacto físico de un sincero abrazo”.
André, se casó, y fue feliz. Un día, su hijo mayor contempló con estupor, su vil asesinato. Contra el asfalto, quedaron tirados sus bellos momentos. Se equivocó de hora, de calle, de día, la voracidad estaba haciendo guardia. No vale eso de ¡sinvergüenza, hijo de su puta madre! El retroceso económico-social que hoy impera, lo convirtió en víctima del hambre. Ese día, algún malogrado de la vida, solo pensó en él o en poder alimentar a su familia.
Me gustaría decirte querido André, que los que pretendieron revolcarnos por los suelos, los que se han llenado los bolsillos, y los que tenían las llaves del cementerio y querían regresarnos a la época bananera, han perdido. ¡Pero no puedo! Cartagena quisiera pegar un grito y no la dejan…

