La continua manía de quejarse por quejarse, aburre, fastidia y agota. No hay normalidad que resista esta parte negativa que muchas personas convierten en su capricho favorito. Todo les hiede, no existe persona capaz de manejar el mundo mejor que ellos. Son Dioses encerrados en un autoengaño monumental difícil de aguantar para los amigos o parientes e imposible de resistir para el cónyuge e hijos.
Una cosa es hacerlo por un dolor físico iniguantable o una grandísima pena moral. En esos casos, la queja contribuye a minimizar el sufrimiento, a descargar dicha pena aunque sea de a poco. Por tanto, es saludable, sin pasarse.
La exageración del dolor, no es un acto de buena voluntad. Exceptuando que se oculten traumas psicológicos, la incesante manía de quejarse esconde una negatividad excesiva, que no remedia ni mitiga ninguna circunstancia así sea de dolor. Para la gran mayoría, se convierte en el deporte elegido que practican a toda hora y por todo. Dicho deporte no solo los afecta a ellos, también a su entorno, a quienes colocan en la tesitura de: me mato o lo (a) mato.
Decir, que despoja de humanidad al más cercano, que termina por tirar la toalla: ¡que se muera! Aunque en el fondo, no lo desee. Se dice que el que tanto se queja, está insatisfecho. Seguro que así es, pero no se debe llevar ésta manía a un estado permanente de insatisfacción por todo.
Ningún humano por más que nos quiera o aprecie, resistiría esa constante avalancha de lamentos a diario. En vez de tanta negatividad, de tanta frustración, deberíamos buscar ayuda o preocuparnos por cambiar nuestra actitud, a sabiendas de que si queremos, la solución está en nuestras manos.
Solo basta con despojarnos del victimismo y tratar de ser felices a como dé lugar, sin buscar aliados a quienes seguir martirizando. Muchas veces, esta estrategia es utilizada por personas con un alto grado de culpabilidad que quieren hacerle ver al mundo o auto convencerse de que siguen siendo las víctimas, con el objetivo de que los demás pasen por alto sus errores.
Un autoengaño que aumentará su culpa y por tanto su insatisfacción. También puede ser una estrategia inconsciente de autocomplacencia, una puesta en escena de manipulación a través del sufrimiento, para reclamar atención y ponerse a salvo de cuestionamientos, dada su incapacidad de hacerse responsable de las circunstancias. En muchas ocasiones, logran despertar su objetivo de consideración en los demás, quienes optan como solución escucharles por compasión o por quitárselos de encima.
Lo penoso de todo esto, es que los quejosos de cuidado, jamás van a tener una vida plena ni a mejorar o resolver su desajuste emocional, ya que dejan de percibir lo bueno, para enredarse en lo malo. Lo positivo, no les funciona, no alimenta su crisis existencial y terminarán los aplausos y complacencias.
Hace mucho, que escogieron su estilo de vida: quejarse de todo, no solo de una experiencia traumática. El egoísmo de pretender demostrar que son los únicos que sufren, y padecen, los mantiene activos. Estas personas, son altamente toxicas para quienes les rodean. Se vuelven insoportables con el tiempo. Cuando los demás le expresen sus reparos, el quejoso estará feliz: ya tendrá un nuevo motivo para lamentarse. Esa es su tragedia.

