La Pascua es la más antigua y la más grande de todas las fiestas cristianas, más importante incluso que la Navidad. Su celebración en la Vigilia Pascual constituye el corazón del año litúrgico. Dicha celebración, precedida por los cuarenta días de Cuaresma, se prolonga a lo largo de todo el período de cincuenta días que llamamos Tiempo Pascual. Esta es la gran época de gozo, que culmina en la fiesta de Pentecostés, que completa nuestras celebraciones pascuales, lo mismo que la primera fiesta de Pentecostés fue la culminación y plenitud de la obra redentora de Cristo.
La resurrección de Jesús no es un sueño ni una fantasía. La Resurrección de Jesucristo es un hecho, no una intuición perspicaz, ni una teoría genial, ni una experiencia puramente psicológica. Sólo la solidez de un hecho ha podido mantener un retorno a escena de quien, según el parecer de todos, había sido vencido, humillado y aniquilado con la muerte de cruz. Un Jesús que fuese un fantasma no hubiera conseguido que sus discípulos volvieran a creer en Él.
Hay hechos que la acreditan y han sido narrados con impresionante unanimidad por los cuatro evangelistas. Los discípulos de Jesús eran reacios a creer en la resurrección y, en un primer momento, no aceptaban el testimonio de las mujeres.
El misterio de la Resurrección de Cristo de entre los muertos pertenece a la predicación fundamental del anuncio evangélico. Desde el mismo día de Pentecostés, los Apóstoles con la fuerza del Espíritu anuncian con confianza y sin temor el misterio de Cristo. «A este Jesús, dice Pedro, Dios lo resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos» (He 2:32). Es este el anuncio fundamental de la fe, la ‘buena noticia’ que resuena con fuerza en la predicación de la Iglesia también hoy.
La resurrección de Jesucristo es el punto central de una espiritualidad verdaderamente cristiana, plasmada definitivamente por su victoria sobre el pecado y sobre la muerte. La vida tiene un nuevo sentido: ya se puede morir para vivir, aceptar la muerte para resucitar, cambiar el sentido y el destino de las cosas en un dinamismo y en una cultura de la Resurrección. El misterio pascual de Cristo es el arquetipo fundamental de la vida de la Iglesia y de la existencia de todo cristiano. Una vida, por lo tanto, de hombres resucitados, no de hombres abocados a la muerte. Una vida de testigos que llevan luz en los ojos, contagia la alegría del corazón, demuestran su fortaleza ante la adversidad, testifican el amor del Resucitado hasta dar su vida por Él. Vivir así significa «no pecar contra la resurrección» sino vivir en la atmósfera de la Pascua.
Reducir la Pascua al recuerdo de algo pasado nos deja sin la fuerza y el motivo para vivir ahora la alegría y los desafíos que llenan de sentido la vida. Cuando se celebra la Pascua como los primeros cristianos, se viene abajo el “mundo viejo” y nace algo verdaderamente nuevo; se derrumba también la imagen que tenemos de nosotros mismos y de nuestros hermanos. Las injusticias y el dolor seguirán ahí, lloraremos y sufriremos, pero nada será igual. Iluminados por esa nueva manera de vivir que Jesús de Nazaret llamó “El Reino de Dios” podremos, como él lo hizo, atravesar el misterio de la muerte y anunciar y vivir una vida nueva.



