Gustavo Petro ha convocado a una marcha para defender su reforma del “cambio”, una serie de propuestas que, lejos de beneficiar al país, solo lo hunden en más crisis. Pero lo más irónico no es la insistencia del gobierno en medidas nefastas, sino quiénes serán los protagonistas de esta manifestación. No serán empresarios, comerciantes, ni trabajadores formales, los verdaderos afectados por las reformas. No. Serán aquellos a quienes las reformas ni los benefician ni los perjudican, pero que, por conveniencia política, sirven de carne de cañón para presionar al Congreso.
Ahí estarán los docentes, a quienes les desmejoraron el sistema de salud, pero que siguen sintiéndose comprometidos con el gobierno porque financiaron su campaña. Irán también las organizaciones indígenas del Cauca, que no crean empresas, no generan empleo y ni siquiera pagan impuestos, pero que son el brazo de apoyo del presidente en su afán de imponer sus caprichos. ¿Con qué dinero viajarán a Bogotá? Con recursos públicos, por supuesto. Es decir, el Estado financiando marchas políticas en lugar de solucionar los problemas reales del país.
Aquí no hay un genuino clamor ciudadano. No es el pueblo que protesta contra la injusticia. Es un espectáculo montado por el gobierno, un intento burdo de mostrar apoyo popular donde realmente hay clientelismo. Mientras tanto, los colombianos que sí ven sus empleos y empresas en riesgo por estas reformas no pueden darse el lujo de perder un día de trabajo para marchar. Ellos no reciben subsidios ni transporte pago para ir a Bogotá.
Este es el país de lo absurdo. Un gobierno que se dice popular, pero golpea a los trabajadores. Un gobierno que habla de equidad, pero financia movilizaciones mientras hay hospitales sin insumos, niños sin alimentación escolar y regiones sin inversión. Un gobierno que predica la democracia, pero usa las calles para presionar al Congreso y gobernar por intimidación.
Lo que veremos en esta marcha no es apoyo real. Es un chantaje político disfrazado de manifestación ciudadana. Y el Congreso, si aún tiene dignidad, debería ignorar la farsa y cumplir con su deber: frenar unas reformas que solo traerán más miseria y desempleo al país.

