Bajo un sol que parece derretir hasta las sombras, el soldado José Hernán Ulloa se agacha lentamente. Sus botas están cubiertas de barro seco y polvo fino. No busca una mina esta vez. Encuentra una botella plástica, opaca por el sol, atorada entre las raíces de un árbol. La levanta con cuidado, como si también pudiera estallar.
“Antes, solo veníamos a buscar lo que podía matar a alguien. Ahora buscamos también lo que está matando la tierra”, dice mientras la guarda en una bolsa de tela que cuelga de su cintura.
Se dedica al desminado pero también es padre, campesino en sus tiempos de permiso, y desde hace tres años, promotor ambiental de la Brigada de Ingenieros de Desminado Humanitario. Su historia es la de muchos hombres y mujeres que hoy, en silencio, hacen una guerra diferente. Una guerra que no busca vencer al enemigo, sino cuidar la vida.
Desde 2022, han recogido más de 6.500 kilos de residuos sólidos en caminos rurales de Antioquia, Huila y Caquetá. Lo hacen con disciplina militar, pero con el alma de quien ha aprendido a ver en cada pedazo de tierra la posibilidad de un futuro sin miedo. En cada jornada, además de las sondas y detectores, cargan guantes, bolsas reutilizables y un mensaje que ya no se grita, pero se siembra: el planeta necesita ayuda.
Alejandra Espitia, ingeniera ambiental que acompaña estas misiones, lo resume con un nudo en la garganta: “Los vemos jugándose la vida limpiando de minas los caminos… pero también se detienen a recoger una bolsa plástica, una llanta vieja, una cuchara. Porque saben que eso, aunque no explota, también destruye”.
En la vereda El Vergel, en el Caquetá profundo, una niña de siete años corre con una botella en la mano. No juega, recicla. Aprendió de los soldados. “Ellos nos dijeron que si el río se tapa, los peces se mueren”, explica con la seriedad que solo los niños entienden.
Las minas ya no explotan con la misma frecuencia de antes, pero la guerra sigue: contra la indiferencia, contra el olvido, contra un plástico que no se degrada y contamina los nacimientos de agua que dan vida a comunidades enteras.
En las pausas de sus operaciones, los desminadores hablan con los campesinos. No solo les enseñan dónde pisar, sino también cómo clasificar residuos, cómo construir puntos ecológicos, cómo ver en una botella algo más que basura.
“Muchos de nosotros venimos de veredas como estas. Sabemos lo que es caminar dos horas para estudiar, cargar el agua en pimpinas, cultivar con las manos… Yo no quiero que los hijos de ellos vivan con miedo ni con basura”, dice Ulloa, mirando el camino que recorre todos los días con su detector y su conciencia limpia.
El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) ha hecho un llamado mundial para combatir los plásticos. Pero aquí, ese llamado tiene rostro, sudor y botas embarradas. Aquí se responde con hechos, con acciones pequeñas que construyen un legado.
Al final de la jornada, el sol se oculta entre los árboles. En un costal verde militar, hay más de 50 botellas. No hay aplausos, no hay cámaras. Solo un grupo de soldados que, al marcharse, dejan el monte un poco más limpio y el corazón de la comunidad un poco más consciente.
La guerra no terminó. Solo cambió de enemigo. Y en esta lucha por la vida, los héroes ya no solo desactivan minas. También siembran esperanza, una bolsa menos a la vez.





