Hoy es 7 de agosto, una fecha que no debería pasar inadvertida en la memoria de ningún colombiano. Es el día en que se selló nuestra independencia en 1819, cuando un puñado de valientes patriotas, bajo el mando del Libertador Simón Bolívar, enfrentaron y derrotaron al ejército realista en el Puente de Boyacá. Pero también, y no menos importante, es el día en que celebramos la existencia de una de las instituciones más nobles, sacrificadas y leales de nuestra historia republicana: el Ejército Nacional de Colombia.
Han pasado 206 años desde aquel histórico momento, y el Ejército ha sido, desde entonces, el centinela de la democracia, la garantía de la soberanía, la muralla frente a la tiranía del narcotráfico, el terrorismo y la violencia política. Sin el Ejército, simplemente, Colombia no existiría como la conocemos. Es por eso que hoy elevo mi voz (una voz que, por razones médicas, no pude llevar físicamente a la marcha) para decir, desde lo más profundo de mi alma: ¡Gracias, Ejército Nacional! ¡Gracias, soldados de Colombia!
Como exoficial del Ejército Nacional, como uno de los miles de militares que han sido heridos en combate, entiendo el peso de la guerra, el dolor de las heridas —visibles e invisibles— y la carga que representa haber portado con honor el uniforme de la institución y las armas de la patria. No hablo desde la distancia ni desde el romanticismo. Hablo desde la experiencia: he visto morir a superiores, compañeros y subalternos; he sentido el estruendo de las minas, el zumbido de las balas, el miedo que se enfrenta con coraje, y el orgullo de servir sin esperar nada a cambio.
Por eso duele —y mucho— que en ocasiones como esta, el Ejército pase a un segundo plano, opacado por intereses políticos y debates legítimos, sí, pero que bien pudieron esperar un día más.
Hoy, la palabra que debió retumbar en cada rincón de Colombia, en cada emisora, en cada red social, no era otra que «GRACIAS».
- Gracias a cada madre, padre, esposa, hijo, hermano de esos hombres y mujeres que decidieron,
- voluntariamente, ponerse al servicio de la nación, aunque eso implicara ponerles el pecho a las balas.
- Gracias a los que partieron y no volvieron.
- Gracias a los que quedaron con sus cuerpos marcados por la guerra.
- Gracias a los que aún luchan internamente contra heridas psicológicas que no salen en los periódicos, pero que viven día a día en la mente y el alma.
He escrito muchas columnas en defensa del expresidente Álvaro Uribe Vélez, a quien respeto y valoro por su liderazgo y por su papel histórico en el rescate de la seguridad democrática. No me arrepiento. Pero hoy no es su día.
Hoy —sin desconocer la causa de quienes lo apoyan— debemos reconocer que el foco debió estar en quienes desde hace más de dos siglos nos han defendido con honor y sin pedir aplausos: los soldados de Colombia.
Colombia es un país sin memoria. Muchos ya no recuerdan las tragedias de Saiza, Patascoy, El Villar, Miraflores, Arauca, Casanare, Cauca, y tantos otros rincones donde nuestros militares entregaron su vida. Se olvida que fue el Ejército quien resistió en el Palacio de Justicia, que fue el Ejército quien contuvo el avance del terrorismo en los años más oscuros, que fue el Ejército quien permitió que hoy podamos caminar tranquilos por las ciudades. Se olvida, y eso duele más que cualquier herida física.
Decía un ilustre personaje: “Al soldado en la guerra se le premia, se le felicita hipócritamente, se le llena el pecho de medallas, pero en la paz se le investiga y se le juzga cruelmente, hasta llevarlo al más oscuro de los panópticos. Se le olvida por siempre.”
No es mentira. Es una triste realidad. Llevan años las reservas y los veteranos de todas las fuerzas luchando por ser reconocidos como un grupo poblacional con los derechos que merecen, pero la indiferencia ha sido la respuesta habitual.
Hoy, desde mi rincón, desde mis cicatrices, desde la incapacidad médica que me impidió salir a marchar, escribo con la firmeza de un soldado que aún sigue en pie espiritualmente:
Respetemos los días patrios. Respetemos al Ejército. Respetemos al soldado.
- Porque ellos —y solo ellos— son quienes nos pueden salvar tanto en la paz como en la guerra.
- Son los que luchan para que otros no tengan que hacerlo.
- Son los que cargan el peso de la patria cuando esta está en riesgo.
- Son los que sangran para que otros puedan vivir.



