Anhelábamos un pronunciamiento sereno y justo. El juicio contra Álvaro Uribe Vélez capturaba la atención nacional, y muchos esperábamos que una sentencia absolutoria diera inicio a estos días con tranquilidad. Sin embargo, tras una extensa lectura de los argumentos, la sentencia se redujo a una sola palabra: culpable.
Me causó extrañeza, rabia y sorpresa. No concebía que un juez de la República pudiera declarar culpable a quien ha sido una de las figuras más importantes del país. En mi mente pasaban las cifras elocuentes de su gobierno y cómo, durante su mandato, los problemas más graves del Estado empezaron a resolverse. Uno de los más significativos: la seguridad. Volvimos a viajar por las carreteras de Colombia. La nación respiraba distinto; el oxígeno de la concordia y el orden era lo que nos alimentaba.
Al escuchar la condena, la extrañeza por sus términos fue evidente: 12 años de prisión y detención domiciliaria inmediata. Peor que un delincuente habitual, así trataron al expresidente. Comprendí entonces que no fue un juicio justo, sino una venganza política. La justicia, pieza clave de la democracia, fue manipulada. El juicio fue dirigido por intereses ajenos a la verdad y la ley: una estrategia de guerra jurídica (lawfare) para lesionar a Uribe Vélez.
En Colombia hemos sido testigos de sentencias miserables, inhumanas y contrarias a los principios democráticos. Este tipo de decisiones no solo comprometen la integridad de la justicia, sino que también socavan la protección de los derechos humanos fundamentales. Una sentencia injusta perpetúa la desigualdad, desvirtúa el sentido de equidad y termina sirviendo como herramienta para perseguir enemigos políticos.
Así ocurrió con la sentencia contra Uribe Vélez: una decisión viciada por el prejuicio y por una interpretación torcida de la ley.
Además de ser mi amigo, sigo sus orientaciones como líder político. Comparto sus ideas y la visión que tiene para el país. Álvaro Uribe goza de una empatía contagiosa, disfruta de la compañía de los más humildes, y tiene la capacidad de enseñar lo que la experiencia le ha dado. Escucharlo es aprender; seguirlo es comprometerse con una causa patriótica.
Colombia necesita a Uribe libre. Necesita su liderazgo. Necesita su voz. Porque una democracia se enriquece con ideas, no con persecuciones políticas.



