En este país, la libertad de prensa es una bandera que muchos izan, pero que pocos respetan. Detrás de los micrófonos, las cámaras y las columnas de opinión, se esconde una realidad incómoda: la prensa también se arrodilla. Y no siempre por convicción, sino por presión, plata o miedo.
Hay políticos que no toleran la crítica. No soportan que alguien les diga la verdad en la cara, mucho menos cuando esa verdad queda grabada, publicada y compartida. ¿Entonces qué hacen? Compran el silencio. A veces con acciones en los medios; otras, metiéndole billete a los directores para que «alineen» la línea editorial. Y cuando la plata no convence, aparece la amenaza disfrazada de consejo: “bájale el tono”, “cuida tu familia”, “piensa en tu seguridad”.
No estamos hablando de ficción. Esto pasa todos los días. Se presiona a periodistas para que omitan nombres, maquillen cifras y escondan escándalos. ¿Y el periodismo independiente? Ese sobrevive a punta de pulmón, crowdfundings o pura valentía suicida.
Pero lo más preocupante —y lo que muy pocos se atreven a decir— es que algunos corresponsales de televisión nacional se han convertido en peones del poder. Cobran en cuerpo ajeno para manejar la imagen de los gobernantes de turno. Y cada vez que salen al aire, lo único que se escucha es una pieza de propaganda disfrazada de “noticia”.
Noticias que, casualmente, siempre están directa o indirectamente relacionadas con los intereses de las administraciones locales. ¿Coincidencia? No lo creemos. ¿Complicidad de los directores de medios? ¿O actuación por cuenta propia? Preguntas sin respuesta… al menos por ahora.
Lo que sí es evidente es que cada vez que les dan cambio desde Bogotá, sacrifican la noticia real por el reportaje oficial. Dejan atrás lo que realmente importa al televidente: el hospital sin médicos, el barrio sin luz, el contrato sin licitación. Todo eso se queda en la sombra mientras ellos sacan al aire al político tomándose selfies con niños o entregando mercados en zonas que siguen abandonadas.
Gracias a estos “periodistas de bolsillo”, la corrupción sigue galopando tranquila por nuestras ciudades. No tiene quien la confronte, porque quienes deberían hacerlo están ocupados cobrando, obedeciendo y sirviendo de voceros de la mentira.
Y mientras tanto, los medios que deberían vigilar el poder terminan siendo lacayos del poder. Desde gobernadores hasta congresistas, pasando por alcaldes, concejales y demás caciques locales, muchos no quieren medios… quieren altoparlantes de su ego, promotores de su imagen y borradores de sus errores.
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Quieren periodistas que pregunten lo que ellos escriben, que publiquen lo que ellos aprueban y que se callen lo que realmente importa. Así no se construye democracia, así se fabrica propaganda.
Y al que le pique, que se rasque. porque aquí no hay nombres, pero sí hay verdades. Y si el guante le queda, que se lo chante… y no se lo quite.



