De los potreros del Tolima a convertirse en la primera mujer carabinera del Departamento de Policía Bolívar. La historia de la subteniente Liliana Marcela Leyva Lozano, en el Día Nacional de la Mujer Policía, revela que detrás de un uniforme también hay sueños de infancia, sacrificios silenciosos y una sensibilidad capaz de transformar vidas.
Un caballo de más de 450 kilos puede imponer respeto con solo mover la cabeza. Su fuerza, sus reacciones y su temperamento exigen algo más que firmeza para conducirlo: hay que aprender a comprenderlo, reconocer sus señales y ganarse su confianza. No basta con sujetar las riendas. Hay que saber cuándo avanzar, cuándo esperar y cuándo una mano serena vale más que cualquier demostración de autoridad.
La subteniente Liliana Marcela Leyva Lozano conoce bien esa lección. A sus 32 años, esta mujer nacida en El Guamo, Tolima, se convirtió en la primera mujer carabinera del Departamento de Policía Bolívar, abriendo un camino que otras uniformadas podrán recorrer después de ella. Sin embargo, su historia no comienza con un caballo, un grado o una ceremonia institucional. Empieza mucho antes, en una tierra de cultivos y animales, donde una niña campesina aprendió a mirar el mundo con humildad y a entender que los sueños, por difíciles que parezcan, también pueden abrirse paso.
Antes de vestir el uniforme, fue una muchacha que creció entre los amaneceres del campo, las labores cotidianas y el contacto con la naturaleza. Allí se formó su carácter y comenzó a descubrir el valor del esfuerzo. En su hogar encontró las primeras enseñanzas que todavía la acompañan: trabajar con disciplina, no avergonzarse de los propios orígenes y no renunciar a aquello que le da sentido a la vida.
Desde niña admiraba a los policías. No veía únicamente un uniforme ni los símbolos de autoridad que lo acompañaban. En aquella imagen encontraba una posibilidad de servir, de proteger y de hacer algo que tuviera significado para los demás. Esa ilusión se fortaleció gracias al ejemplo de Aurora Trujillo Arias y Uldarico Garcés Valencia, intendentes jefes en uso de buen retiro, quienes dejaron una huella importante en su formación y alimentaron su vocación.
Estudió Ingeniería Ambiental. Su formación académica le permitió profundizar en su relación con la naturaleza, pero había una aspiración que seguía llamándola desde adentro: pertenecer a Carabineros de la Policía Nacional. No era un capricho pasajero ni una decisión tomada a la ligera. Era un sueño que había sobrevivido al paso de los años y que, llegado el momento, le exigió convertir la ilusión en preparación, disciplina y perseverancia.

Para alcanzar esa meta tuvo que asumir las exigencias de una especialidad que demanda resistencia física, dominio emocional, capacidad de liderazgo y una relación especial con los caballos. También debió abrirse paso en un entorno donde durante mucho tiempo la presencia masculina fue predominante.
Cada desafío le recordaba que desear algo no siempre es suficiente: hay que prepararse para merecer la oportunidad y tener la fortaleza necesaria para sostenerla. Su fe fue una compañía importante en ese recorrido. En los momentos difíciles encontró razones para continuar, y en cada obstáculo aprendió a confiar un poco más en sus capacidades. Así fue construyendo una convicción que hoy expresa con una frase espontánea, nacida de su experiencia cotidiana: «Si puedo trabajar con un caballo de más de 450 kilos, no existe reto que me quede grande».
No hay arrogancia en esas palabras. Hay memoria. La memoria de quien sabe cuánto esfuerzo cuesta llegar a un lugar que alguna vez pareció lejano y cuánto valor se necesita para no abandonar el sueño cuando el camino se vuelve exigente.
Ser la primera mujer carabinera de Bolívar es un logro profesional, pero también una manera de decirles a otras jóvenes que sus aspiraciones no tienen por qué detenerse ante las barreras ni ante los prejuicios. Liliana no llegó allí para demostrar que podía ser igual a alguien más. Llegó con su propia historia, sus capacidades y una manera particular de entender el servicio.
Para Liliana, un bonito recuerdo ocurrió durante un servicio en el que una niña con discapacidad se acercó tímidamente al caballo que la acompañaba. La pequeña quería acariciar al animal. Al mismo tiempo, su tamaño y su imponencia parecían despertar en ella cierta inseguridad. Frente a aquella escena, la oficial permitió el acercamiento y propició un encuentro que pronto dejó de ser un simple momento de curiosidad. La niña pudo aproximarse al caballo y, poco después, apareció una sonrisa que convirtió aquel instante en un inolvidable recuerdo para la subteniente.
El uniforme, en aquel momento, no representó distancia ni temor, fue un puente y el caballo, más allá de su fuerza, se convirtió en el protagonista de un encuentro en el que la paciencia y la sensibilidad tuvieron tanto valor como la disciplina.
Es posible que aquella niña no alcance a dimensionar lo que significó para la oficial compartir ese instante. Tal vez, con el paso del tiempo, solo conserve el recuerdo de un caballo grande, una mujer uniformada y una sonrisa. Para Liliana, en cambio, la experiencia confirmó que la labor policial también se construye con pequeños gestos, de esos que no cambian el mundo entero, pero sí pueden cambiar el día —y hasta el recuerdo— de alguien.
Proteger no siempre significa intervenir frente al peligro. A veces significa acercarse sin intimidar, escuchar sin juzgar y permitir que una persona descubra que, detrás de las insignias, también hay alguien dispuesto a tratarla con humanidad.
La trayectoria de Liliana forma parte de una transformación institucional que comenzó mucho antes de su llegada a Carabineros. El 26 de octubre de 1953, 46 mujeres ingresaron por primera vez a la Policía Nacional de Colombia. Aquella incorporación abrió una puerta que, con el paso de las décadas, permitió a miles de uniformadas asumir responsabilidades en distintas especialidades y alcanzar posiciones de liderazgo.
Setenta y tres años después, según las cifras oficiales divulgadas para esta conmemoración, 44.237 mujeres integran la institución, entre ellas 14.410 madres que comparten las exigencias del servicio con la responsabilidad de acompañar a sus familias.
Conmemorar el Día Nacional de la Mujer Policía significa mucho más que reconocer una fecha en el calendario. Es detenerse a mirar a las mujeres que sostienen la institución con su trabajo, su preparación y su capacidad para responder a situaciones difíciles sin dejar de ser seres humanos con sentimientos, necesidades y proyectos propios.
Gabriel García Márquez escribió en Vivir para contarla: «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla». En la historia de Liliana, esas palabras adquieren un sentido especial. Porque, más allá de los reconocimientos, los grados y el hecho de haber sido la primera mujer carabinera del Departamento de Policía Bolívar, existe una persona que conserva los recuerdos de la infancia, las enseñanzas familiares y la satisfacción de haber convertido un sueño en su forma de vida.
Fuera del servicio, disfruta viajar, compartir con sus seres queridos y encontrar tranquilidad en los paisajes naturales. La fe sigue ocupando un lugar importante en su existencia. Y los caballos, compañeros de su labor, le han enseñado algo que trasciende cualquier entrenamiento: la confianza no se impone por la fuerza. Se construye con paciencia, cuidado y respeto.
Para el coronel Diego Fernando Pinzón Poveda, comandante del Departamento de Policía Bolívar, la trayectoria de Liliana representa el valor del liderazgo femenino y la importancia de reconocer las capacidades de quienes integran la institución. «La subteniente Liliana Marcela Leyva Lozano demuestra que la vocación, la disciplina y el amor por lo que hace no conocen barreras. Su ejemplo inspira a nuestras mujeres policías y fortalece el compromiso institucional con la comunidad, la protección de los animales y la construcción de una Policía cada vez más cercana a los ciudadanos», destacó el oficial.
Es un reconocimiento a una profesional que ha sabido abrirse camino en una especialidad exigente, pero también a una mujer que comprende que el respeto se gana con el trabajo y que la cercanía puede ser tan importante como la autoridad.
Algún día, cuando una joven llegue a Carabineros y pregunte por las mujeres que estuvieron antes que ella, quizá escuche el nombre de Liliana Marcela Leyva Lozano. Le contarán que nació en El Guamo, Tolima, que creció entre los cultivos y los animales, que estudió Ingeniería Ambiental y que nunca abandonó el sueño de convertirse en carabinera. Le dirán que se preparó, que superó desafíos y que llegó a ser la primera mujer en desempeñar esa especialidad en el Departamento de Policía Bolívar y ojalá también le cuenten otra parte de su historia.
La de la muchacha campesina que creyó en su vocación cuando todavía estaba lejos de imaginar hasta dónde podría llegar. La de la mujer que encontró en los caballos una escuela de paciencia y confianza. La de la oficial que permitió que una niña con discapacidad se acercara a uno de esos animales y descubriera, detrás de la incertidumbre, una razón para sonreír.



