Cartagena vuelve a estremecerse. El asesinato del médico Gian Carlos Gómez Arnedo, de 35 años, perpetrado en cuestión de segundos por sicarios en el barrio El Campestre, ha encendido todas las alarmas y profundizado la percepción de que la violencia ya no respeta profesión, estrato ni lugar.
El ataque ocurrió a las 6:50 p.m. del martes 18 de noviembre, cuando dos hombres en motocicleta se le acercaron y le dispararon sin advertencia mientras se movilizaba en su vehículo Mazda blanco, placas IHU-481. Uno de esos crímenes rápidos, fríos y calculados que se están volviendo parte del paisaje urbano.
La Fundación Médicos Amigos donde el médico aportaba con vocación genuina consternada, expresó: “Despedimos a un gran médico y ser humano extraordinario. La muerte del Dr. Gian Carlos Gómez deja un profundo dolor en su familia y en todo el gremio de la salud”.
El homenaje resaltó su empatía, su calidad humana y su capacidad para ayudar incluso mientras atravesaba sus propios desafíos. Una vida entera dedicada a servir, arrancada sin explicación, sin justicia y sin compasión.
Momentos después del ataque, la madre del médico llegó al lugar y, al confirmar que la víctima era su hijo, lanzó un grito desgarrador que paralizó a todos los presentes. Una muestra cruda de lo que está dejando la violencia: familias destruidas, proyectos truncados, una niña de cinco años que ahora crece sin su padre.
La Fundación Médicos Amigos lanzó un mensaje contundente: “Exigimos verdad, justicia y garantías reales de seguridad para todos los trabajadores de la salud. Cumplimos un deber que jamás debería costarnos la vida”.
En medio de la presión ciudadana por conocer la verdad detrás del crimen, las palabras de Mercedes Arnedo, madre de Gian Carlos, agregan un elemento que prende aún más el debate sobre lo que realmente ocurrió. Su testimonio derrumba cualquier especulación sobre supuestas amenazas o vínculos con extorsiones, una línea que a menudo intenta justificar lo injustificable en los casos de sicariato en Cartagena.
“Él era muy reservado en sus cosas, muy callado, pero nunca me habló de amenazas ni de extorsión. Yo lo veía siempre muy contento… salía y entraba a la casa, iba a su gimnasio”, dijo consternada su progenitora, quien precisó además que su hijo incluso solía transportarse en bus para ir a trabajar, conducta que difícilmente adoptaría alguien que se sintiera perseguido o en riesgo.

Este testimonio no solo humaniza aún más la tragedia: enciende alarmas sobre la creciente violencia indiscriminada que golpea a la ciudad, donde cualquier ciudadano puede convertirse en víctima sin explicación aparente. Para el entorno cercano del médico, lo ocurrido no encaja en ninguna narrativa de amenazas previas, lo que incrementa las exigencias de transparencia, investigación profunda y resultados concretos por parte de las autoridades.
Este crimen no es un caso aislado. Se suma a una cadena creciente de ataques armados en distintos sectores de la ciudad, en una Cartagena donde los ciudadanos dicen sentir que “la muerte anda en moto”, que el sicariato circula con la misma libertad que quienes salen a trabajar.
El asesinato de Gian Carlos Gómez Arnedo revive el debate sobre el abandono de la seguridad pública, la falta de controles, la ausencia de respuestas y la sensación de que el crimen organizado lleva ventaja. Cartagena no soporta otro crimen más. No otro padre. No otro profesional. No otro ciudadano indefenso.

