Aquel viernes 18 de enero de 1980 amaneció distinto, aunque entonces yo no sabía cómo nombrarlo. Era un niño, pero en Sincelejo los niños también aprenden pronto a leer los gestos de los adultos, a escuchar los murmullos, a desconfiar de los silencios prolongados. Hoy, décadas después, al recoger testimonios y entrelazar recuerdos ajenos con los míos, confirmo que ese día ya flotaba en el ambiente un presagio oscuro.
Las Fiestas de Enero estaban en su punto más alto. La ciudad hervía entre música, aguardiente y la expectativa inevitable de las corralejas. En las esquinas, en los corrillos de ganaderos y aficionados, un nombre se repetía con insistencia casi ritual: Arturo Cumplido. Para muchos no era solo un ganadero más; era el hombre que durante años había tenido el privilegio —y el peso simbólico— de “jugar” los toros el 20 de enero. Esa tarde le pertenecía por tradición. Y en Sincelejo, la tradición no se discute: se respeta.
Pero ese viernes algo se rompió. La noticia corrió como pólvora: Arturo Cumplido había sido excluido del encierro del lunes 20, y en su lugar aparecía el nombre de Pedro Juan Tulena. Algunos dijeron que fue una decisión organizativa; otros, que obedeció a intereses políticos. Lo cierto es que se trataba de un hecho inusual, casi una afrenta. No solo al ganadero Cumplido Sierra, sino al pueblo y al propio Santo Patrono. Recuerdo a los mayores hablando en voz baja, como si temieran que pronunciar el asunto atrajera la desgracia. “Eso no va a terminar bien”, escuché más de una vez.
Con los años, varios protagonistas me lo confirmaron: don Arturo estaba dolido. No era únicamente el dinero ni el protagonismo; era haber sido despojado de un lugar que sentía suyo por historia y por fe. Algunos aseguran que, en medio de su frustración, pronunció palabras que quedaron grabadas en la memoria colectiva, frases que el pueblo terminó interpretando como advertencia o maldición. No sé si habló de tragedia. Lo que sí sé —porque también lo comprobé en vida, de su propia voz— es que aquello fue, según él, un mal chiste ajeno que terminó convertido en mito popular. Don Arturo era un hombre creyente, y sufrió la tragedia como tantos otros.
Ese viernes 18, Sincelejo seguía celebrando, pero ya había grietas invisibles. Los palcos de madera se levantaban como siempre: a las carreras, frágiles, sostenidos más por la costumbre que por la técnica. Nadie hablaba de normas ni de cálculos estructurales; se hablaba de vender, de llenar, de no dejar un solo espacio vacío. La expectativa era total. Se esperaba una asistencia masiva, como nunca antes. Hoteles llenos, casas abarrotadas de visitantes, graderías pensadas para resistirlo todo… o eso creíamos.
Yo observaba a mi padre y a otros ganaderos comentar el ambiente con una seriedad poco habitual. No era miedo; era algo más profundo, una sensación de que se había forzado el destino. Hoy, al escuchar a quienes estuvieron allí, entiendo que ese viernes fue el día en que se rompió el equilibrio entre la fiesta y la responsabilidad.
También supe después que el clima ya enviaba señales. Enero no suele regalar aguaceros caprichosos, pero ese año nada parecía normal. Algunos recuerdan cielos cerrados, un calor espeso, como si el aire mismo estuviera cargado. Nadie podía imaginar que, dos días después, la lluvia empujaría a la gente hacia la parte trasera de los palcos, sumando peso sobre una estructura débil, condenada desde su origen.
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El viernes 18 pasó sin tragedia, pero no sin advertencias. Fue el día de los rumores, de los comentarios incómodos, de la exclusión que rompió una tradición y abrió la puerta a la fatalidad. Hoy sé que la tragedia del 20 de enero no comenzó cuando colapsaron los palcos. Comenzó antes: en decisiones mal tomadas, en presagios ignorados y en un pueblo que siguió bailando sin escuchar las señales. Yo era un niño. Pero incluso los niños, a veces, sienten cuando la historia empieza a torcerse.





